jueves, 25 de octubre de 2018

Rompiendo las reglas de juego




Una sesión parlamentaria que en principio prometía ser tranquila y que se encaminaba fundamentalmente  a decidir si se iba o no a continuar suministrando armas al Gobierno de Arabia Saudí, se convirtió ayer en una guerra abierta entre el líder del PP, Pablo Casado y el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que se enzarzaron en una violenta discusión, después de que  el dirigente conservador traspasara todas las líneas de la ética y el respeto y acusara, literalmente, al socialista de estar colaborando en el golpe de estado que, según sus propias palabras, se estaba perpetrando en Catalunya.
Haciéndose eco de unas palabras pronunciadas justamente el día anterior por el ex Presidente Aznar, en un acto al que acudieron  todos los representantes del ala ultra conservadora del Partido Popular, como Esperanza Aguirre, Mayor Oreja o el ex Ministro Soria, Casado, que también estuvo presente, demostrando abiertamente su apoyo incondicional a las ideas que mueven a este grupo de  viejas glorias, cada vez más próximos a la extrema derecha, decidió ayer inesperadamente o tal vez aconsejado por los pesos pesados que le habían rodeado en la víspera, ponerse el mundo por montera y exhibir la rancia ideología que parece llevar en su interior, lanzando este mensaje absolutamente fuera de lugar, inexacto e hiriente para quién está tratando de remediar la crisis catalana por medio de la negociación y también para todos los ciudadanos  que vemos en este proyecto la única salida posible para el conflicto, lejos de las vías judiciales y represivas que viene reclamando reiterativamente la derecha.
Coreado y secundado por Albert Rivera en  sus ignominiosas afirmaciones, pues todos sabemos que estaría encantado de suscribir la aplicación del 155, sine die, Casado ofreció ante todos los que en esos momentos nos encontrábamos  presenciando el desarrollo del debate, la imagen de quien no perdona a quién legítimamente le arrebatara a su Partido el poder y que está dispuesto a llegar a dónde sea, con tal de volver a recuperarlo, aunque para ello haya que dirigir ataques furibundos, plagados de soberbia y mentiras, contra quien representa, desde que ganara la Moción de Censura, el enemigo público número uno de todas las derechas.
Visiblemente contrariado y con evidentes signos de enojo, por la acusación que acababa de oír, Sánchez conminó hasta tres veces al líder popular para que se retractara de sus palabras y advirtiendo que no sólo no estaba dispuesto a hacerlo, sino que además recibía el mensaje con una actitud ciertamente provocadora y chulesca, le indicó  con meridiana claridad que hasta que  no lo hiciera daba por roto cualquier tipo de contacto entre ellos, cosa  que no pareció afectar a Casado, a juzgar por la divertida conversación que parecía mantener con Dolors Monserrat, mientras el Presidente lanzaba esta advertencia.
Anonadados por la crudeza de las acusaciones vertidas por el líder popular ,a los espectadores nos costó un buen rato dar crédito a lo que acabábamos de oír y poder asimilar la extrema gravedad del contenido de un mensaje que nos llegaba como justificado por un amor a España que sonó más bien a nacionalismo exacerbado y patrioterismo barato de símbolos y banderas y que naturalmente, no pudimos ni compartir, ni procesar, porque el núcleo principal de la idea que se estaba emitiendo desde las bancadas populares, no era otro que seguir manteniendo abierta una herida que ya en sus tiempos en  el poder no fueron capaces de cerrar y que ahora temen que pueda ir curándose poco a poco, lo que les dejaría en una situación definitivamente ridícula.
Quedó claro que Casado ha decidido definitivamente dónde quiere estar y esa intuición que una lleva dentro cuando hace tantos años que dedica su tiempo a comentar el mundo de la política, hizo que su mensaje nos llevara inmediatamente a considerar que quién estaba sentado, en esencia, en el escaño del principal líder de la oposición, era José María Aznar, enfundado mágicamente en la apariencia del  recién llegado o  quizá manejando en la sombra todos y cada uno de los movimientos que está protagonizando y protagonizará a partir de ahora, esta marioneta seguramente aupada al poder con tal fin y que consiente en ser manejada por  quien ya  lo intentó con Rajoy, fracasando estrepitosamente.
El inconfundible estilo de agresividad incontrolada empleado ayer por Casado le delata en este sentido, pues todos conocemos a la perfección las maneras que solía utilizar el ex Presidente antes y después de llegar a serlo   y no nos cabe la menor duda, de que su ambición y sus ansias por permanecer en primera línea de juego, permanecen intactas, fundamentalmente ahora que ha encontrado en Casado el abrigo necesario para relanzar una carrera que había quedado prácticamente anulada por las desavenencias que siempre tuvo con Mariano Rajoy y sus  Gobiernos.
La extrema derecha, la de la soberbia y el ordeno y mando, la que nos metió en la guerra de Irak contra nuestra voluntad soberana, la que intentó engañarnos sobre la autoría de los atentados de Madrid, ha vuelto con la intención de quedarse y aunque no veamos en puestos de responsabilidad, aún, a quienes protagonizaron aquella época de nuestra Historia, no les quepa la menor duda que ahí están, agazapados, como asesores o simple y llanamente como ideólogos ocultos de lo que será la nueva posición del PP, al menos mientras Sánchez continúe en el poder, cosa que les incomoda tremendamente.
Y no importa tener que romper todas las reglas de juego, mentir o disfrazar la verdad, recurrir a los insultos personales o a rebuscar en las cloacas cualquier cosa que pueda servir para atacar a este Gobierno. Es la única manera de paliar el deshonor y la vergüenza de haber tenido que salir por la puerta de atrás y haber sido literalmente aplastados por las Fuerzas de progreso.
Vamos a tener que ir acostumbrándonos a  este tipo de intervenciones, por lo que aconsejamos al Gobierno de Sánchez que extreme, a ser posible la paciencia.
Felizmente, los ciudadanos gozamos de inteligencia propia y sabemos distinguir, perfectamente, qué clase de dirigentes queremos al frente de la gestión del país. Dejemos pues, que se vayan retratando tal como son.
Al final, seremos nosotros los que decidiremos.

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