Una
sesión parlamentaria que en principio prometía ser tranquila y que se
encaminaba fundamentalmente a decidir si
se iba o no a continuar suministrando armas al Gobierno de Arabia Saudí, se
convirtió ayer en una guerra abierta entre el líder del PP, Pablo Casado y el
Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que se enzarzaron en una violenta
discusión, después de que el dirigente
conservador traspasara todas las líneas de la ética y el respeto y acusara,
literalmente, al socialista de estar colaborando en el golpe de estado que,
según sus propias palabras, se estaba perpetrando en Catalunya.
Haciéndose
eco de unas palabras pronunciadas justamente el día anterior por el ex
Presidente Aznar, en un acto al que acudieron todos los representantes del ala ultra conservadora
del Partido Popular, como Esperanza Aguirre, Mayor Oreja o el ex Ministro
Soria, Casado, que también estuvo presente, demostrando abiertamente su apoyo
incondicional a las ideas que mueven a este grupo de viejas glorias, cada vez más próximos a la extrema
derecha, decidió ayer inesperadamente o tal vez aconsejado por los pesos
pesados que le habían rodeado en la víspera, ponerse el mundo por montera y
exhibir la rancia ideología que parece llevar en su interior, lanzando este
mensaje absolutamente fuera de lugar, inexacto e hiriente para quién está
tratando de remediar la crisis catalana por medio de la negociación y también para
todos los ciudadanos que vemos en este proyecto
la única salida posible para el conflicto, lejos de las vías judiciales y
represivas que viene reclamando reiterativamente la derecha.
Coreado
y secundado por Albert Rivera en sus ignominiosas
afirmaciones, pues todos sabemos que estaría encantado de suscribir la
aplicación del 155, sine die, Casado ofreció ante todos los que en esos
momentos nos encontrábamos presenciando
el desarrollo del debate, la imagen de quien no perdona a quién legítimamente
le arrebatara a su Partido el poder y que está dispuesto a llegar a dónde sea,
con tal de volver a recuperarlo, aunque para ello haya que dirigir ataques
furibundos, plagados de soberbia y mentiras, contra quien representa, desde que
ganara la Moción de Censura, el enemigo público número uno de todas las
derechas.
Visiblemente
contrariado y con evidentes signos de enojo, por la acusación que acababa de
oír, Sánchez conminó hasta tres veces al líder popular para que se retractara
de sus palabras y advirtiendo que no sólo no estaba dispuesto a hacerlo, sino
que además recibía el mensaje con una actitud ciertamente provocadora y
chulesca, le indicó con meridiana
claridad que hasta que no lo hiciera
daba por roto cualquier tipo de contacto entre ellos, cosa que no pareció afectar a Casado, a juzgar por
la divertida conversación que parecía mantener con Dolors Monserrat, mientras
el Presidente lanzaba esta advertencia.
Anonadados
por la crudeza de las acusaciones vertidas por el líder popular ,a los espectadores
nos costó un buen rato dar crédito a lo que acabábamos de oír y poder asimilar
la extrema gravedad del contenido de un mensaje que nos llegaba como
justificado por un amor a España que sonó más bien a nacionalismo exacerbado y
patrioterismo barato de símbolos y banderas y que naturalmente, no pudimos ni
compartir, ni procesar, porque el núcleo principal de la idea que se estaba
emitiendo desde las bancadas populares, no era otro que seguir manteniendo abierta
una herida que ya en sus tiempos en el
poder no fueron capaces de cerrar y que ahora temen que pueda ir curándose poco
a poco, lo que les dejaría en una situación definitivamente ridícula.
Quedó
claro que Casado ha decidido definitivamente dónde quiere estar y esa intuición
que una lleva dentro cuando hace tantos años que dedica su tiempo a comentar el
mundo de la política, hizo que su mensaje nos llevara inmediatamente a
considerar que quién estaba sentado, en esencia, en el escaño del principal
líder de la oposición, era José María Aznar, enfundado mágicamente en la
apariencia del recién llegado o quizá manejando en la sombra todos y cada uno
de los movimientos que está protagonizando y protagonizará a partir de ahora,
esta marioneta seguramente aupada al poder con tal fin y que consiente en ser
manejada por quien ya lo intentó con Rajoy, fracasando
estrepitosamente.
El
inconfundible estilo de agresividad incontrolada empleado ayer por Casado le
delata en este sentido, pues todos conocemos a la perfección las maneras que
solía utilizar el ex Presidente antes y después de llegar a serlo y no
nos cabe la menor duda, de que su ambición y sus ansias por permanecer en
primera línea de juego, permanecen intactas, fundamentalmente ahora que ha encontrado
en Casado el abrigo necesario para relanzar una carrera que había quedado
prácticamente anulada por las desavenencias que siempre tuvo con Mariano Rajoy
y sus Gobiernos.
La
extrema derecha, la de la soberbia y el ordeno y mando, la que nos metió en la
guerra de Irak contra nuestra voluntad soberana, la que intentó engañarnos
sobre la autoría de los atentados de Madrid, ha vuelto con la intención de
quedarse y aunque no veamos en puestos de responsabilidad, aún, a quienes
protagonizaron aquella época de nuestra Historia, no les quepa la menor duda
que ahí están, agazapados, como asesores o simple y llanamente como ideólogos ocultos
de lo que será la nueva posición del PP, al menos mientras Sánchez continúe en
el poder, cosa que les incomoda tremendamente.
Y
no importa tener que romper todas las reglas de juego, mentir o disfrazar la
verdad, recurrir a los insultos personales o a rebuscar en las cloacas
cualquier cosa que pueda servir para atacar a este Gobierno. Es la única manera
de paliar el deshonor y la vergüenza de haber tenido que salir por la puerta de
atrás y haber sido literalmente aplastados por las Fuerzas de progreso.
Vamos
a tener que ir acostumbrándonos a este
tipo de intervenciones, por lo que aconsejamos al Gobierno de Sánchez que
extreme, a ser posible la paciencia.
Felizmente,
los ciudadanos gozamos de inteligencia propia y sabemos distinguir, perfectamente,
qué clase de dirigentes queremos al frente de la gestión del país. Dejemos
pues, que se vayan retratando tal como son.
Al
final, seremos nosotros los que decidiremos.

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