lunes, 8 de octubre de 2018

Arañando el espacio




Desde que Pedro Sánchez consiguiera sacar adelante la Moción de Censura que apeó inopinadamente  del Gobierno a un Mariano Rajoy, acogotado por la gravedad de los casos de corrupción que habían estado protagonizando un buen número de personajes de relevancia de su Partido, el grueso de la derecha española que ya había empezado a escindirse a partir de que Ciudadanos, con su líder Albert Rivera, se decidiera a dar el salto desde la política catalana al ámbito nacional, reivindicando los valores que caracterizaron a la transición y auto proclamándose adalides de la solidez y la limpieza, ha ido entando en el ojo de una tormenta en la que se han ido desatando todas las furias posibles de los elementos, incluso de aquellos que permanecían aparentemente dormidos, desde que se dejaron atrás los cuarenta años de una Dictadura, de infausto recuerdo.
Los más de diez millones de votos que tradicionalmente habían  constituido el granero de los populares, a causa de una lealtad que en algunos casos se nos antojaba inexplicable, a raíz de todo lo que estaba ocurriendo, empezaron a dividirse,  por las medidas que sobre la crisis y otros asuntos estaba tomando el Gobierno anterior y sobre todo, desde que el problema del separatismo catalán fue agrandándose de manera desmesurada y sin freno, despertando, por defecto, una especie de nacionalismo exacerbado en el conservadurismo español, que Rivera supo inmediatamente canalizar, en su propio beneficio.
Estos electores se vieron entonces obligados a tener que elegir entre las dos corrientes que coexistían en una especie de sociedad inteligentemente habilitada por Ciudadanos para dureza del momento, pero que luego se quebró, en cuanto las encuestas empezaron a vaticinar el crecimiento inusitado de los de Rivera, mucho más carismáticos y activos durante el recorrido del procés y mucho menos acartonados que los activos de un  PP que agonizaba sostenido por la única ayuda de aquellos en quiénes   confiaron y que les garantizaron la gobernabilidad, mientras preparaban un asalto al poder que sólo trucó la unidad de los Partidos que apoyaron a Sánchez, colocándole en La Moncloa, inesperadamente.
Esta irrupción, provocó una reacción inmediata de parte de los Partidos de derechas que se  dieron de cara con una realidad que frustraba todos los planes de futuro que habían dado ya como hechos y que además, les dejaba en herencia un espacio dividido que habrían necesariamente de  ganar, a base de un  duro trabajo de convicción que les obligaría a llamar puerta a puerta, en los domicilios de los electores, teniendo que empezar desde cero, una labor que habían dado por resuelta, hace ya mucho tiempo.
La retirada incuestionable de Rajoy y la llegada de Casado como sustituto a
la Dirección del Partido, que supuso un claro giro hacia el

 tradicionalismo más feroz, había estado hasta ahora permitiendo a Rivera
jugar con la ambigüedad de erigirse en representante del Centro- Derecha
 español, reservando al nuevo líder popular la oportunidad de reconciliarse
con el ala más dura de su Formación, representada por personajes del
estilo de Aguirre o Aznar, que  habían estado siendo muy
críticos con la gestión del antiguo Presidente.
Pero en Política, en cuanto alguien vislumbra que queda libre un espacio  por repartir, enseguida surgen grupos que ávidos de poder, inventan o resucitan fórmulas funcionales para poder ocuparlo, por lo que era de esperar que VOX, el Partido ultra derechista dirigido por Santiago Abascal, aprovechara la ocasión que le brindan estos desacuerdos  palpables, para reclamar su pare del pastel, en base a una ideología de tintes claramente fascistas, que muchos creían había sido desterrada del panorama nacional, pero que ha encontrado  el momento idóneo para resurgir de sus cenizas.
Ayer, miles de personas llenaban la Plaza de Vista Alegre ondeando banderas españolas, reafirmando la presencia de este pensamiento, a través de un discurso claramente machista, xenófobo, ultranacionalista y obsoleto, lanzando un meridiano mensaje a Casado y Rivera y aclarándoles que disputarán con uñas y dientes, un lugar en el Parlamento español, basando su actuación en tesis populistas similares a las de Le Penn en Francia o el propio Bolsonaro, que en estos instantes arrasa en Brasil.
Esta misma mañana, Casado, visiblemente nervioso ante este nuevo competidor que puede restarle un buen puñado de votos con los que empezaba a contar como suyos, tendía una mano a Abascal, con el que afirmaba compartir algunas opiniones y estar en desacuerdo en otras, alegando que la unidad era el único medio que quedaba a la derecha, para derrotar a Sánchez en las urnas. En ningún momento ha clarificado el líder popular, si entre los conceptos que comparte con VOX se encuentran, por ejemplo, la derogación de la Ley de Violencia de Género, la de la  Ley de Memoria Histórica, la devolución inmediata de los migrantes a sus lugares de origen, el abandono de la Unión Europea, la abolición de todas las Autonomías o la liberalización de la compra de armas por particulares, cuestiones que defendieron ayer los  oradores, en Vista Alegre, acaloradamente, en un mensaje que recordaba inevitablemente a los de Donald Trump, con su “American First”, que se ha hecho tristemente famoso en todo el mundo.
Rivera, mucho más cauto y ciertamente prudente, callaba, concediéndose tiempo para digerir esta irrupción inopinada de Vox, en el terreno de las derechas.
El “Divide y vencerás”, que siempre se ha atribuido a Julio Cesar, podría convertirse a partir de ahora en la estrategia a seguir por la izquierda, si es que por una vez en nuestra Historia, somos capaces de mantener una unidad que rompa esa maldición que siempre terminó haciendo trizas todos los proyectos que durante el pasado iniciamos.
De momento, parece que las aguas conservadoras andan revueltas.

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