Desde
que Pedro Sánchez consiguiera sacar adelante la Moción de Censura que apeó
inopinadamente del Gobierno a un Mariano
Rajoy, acogotado por la gravedad de los casos de corrupción que habían estado
protagonizando un buen número de personajes de relevancia de su Partido, el
grueso de la derecha española que ya había empezado a escindirse a partir de
que Ciudadanos, con su líder Albert Rivera, se decidiera a dar el salto desde
la política catalana al ámbito nacional, reivindicando los valores que
caracterizaron a la transición y auto proclamándose adalides de la solidez y la
limpieza, ha ido entando en el ojo de una tormenta en la que se han ido
desatando todas las furias posibles de los elementos, incluso de aquellos que
permanecían aparentemente dormidos, desde que se dejaron atrás los cuarenta
años de una Dictadura, de infausto recuerdo.
Los
más de diez millones de votos que tradicionalmente habían constituido el granero de los populares, a
causa de una lealtad que en algunos casos se nos antojaba inexplicable, a raíz
de todo lo que estaba ocurriendo, empezaron a dividirse, por las medidas que sobre la crisis y otros
asuntos estaba tomando el Gobierno anterior y sobre todo, desde que el problema
del separatismo catalán fue agrandándose de manera desmesurada y sin freno,
despertando, por defecto, una especie de nacionalismo exacerbado en el
conservadurismo español, que Rivera supo inmediatamente canalizar, en su propio
beneficio.
Estos
electores se vieron entonces obligados a tener que elegir entre las dos
corrientes que coexistían en una especie de sociedad inteligentemente
habilitada por Ciudadanos para dureza del momento, pero que luego se quebró, en
cuanto las encuestas empezaron a vaticinar el crecimiento inusitado de los de
Rivera, mucho más carismáticos y activos durante el recorrido del procés y
mucho menos acartonados que los activos de un PP que agonizaba sostenido por la única ayuda
de aquellos en quiénes confiaron y que les garantizaron la
gobernabilidad, mientras preparaban un asalto al poder que sólo trucó la unidad
de los Partidos que apoyaron a Sánchez, colocándole en La Moncloa,
inesperadamente.
Esta
irrupción, provocó una reacción inmediata de parte de los Partidos de derechas
que se dieron de cara con una realidad
que frustraba todos los planes de futuro que habían dado ya como hechos y que
además, les dejaba en herencia un espacio dividido que habrían necesariamente
de ganar, a base de un duro trabajo de convicción que les obligaría
a llamar puerta a puerta, en los domicilios de los electores, teniendo que
empezar desde cero, una labor que habían dado por resuelta, hace ya mucho
tiempo.
La retirada incuestionable de Rajoy y
la llegada de Casado como sustituto a
la Dirección del Partido, que supuso un
claro giro hacia el
tradicionalismo más feroz, había estado hasta
ahora permitiendo a Rivera
jugar
con la ambigüedad de erigirse en representante del Centro- Derecha
español, reservando al nuevo líder popular la
oportunidad de reconciliarse
con el ala más dura de su Formación,
representada por personajes del
estilo de Aguirre o Aznar, que habían estado siendo muy
críticos con la gestión del antiguo
Presidente.
Pero
en Política, en cuanto alguien vislumbra que queda libre un espacio por repartir, enseguida surgen grupos que
ávidos de poder, inventan o resucitan fórmulas funcionales para poder ocuparlo,
por lo que era de esperar que VOX, el Partido ultra derechista dirigido por
Santiago Abascal, aprovechara la ocasión que le brindan estos desacuerdos palpables, para reclamar su pare del pastel,
en base a una ideología de tintes claramente fascistas, que muchos creían había
sido desterrada del panorama nacional, pero que ha encontrado el momento idóneo para resurgir de sus
cenizas.
Ayer,
miles de personas llenaban la Plaza de Vista Alegre ondeando banderas
españolas, reafirmando la presencia de este pensamiento, a través de un
discurso claramente machista, xenófobo, ultranacionalista y obsoleto, lanzando
un meridiano mensaje a Casado y Rivera y aclarándoles que disputarán con uñas y
dientes, un lugar en el Parlamento español, basando su actuación en tesis
populistas similares a las de Le Penn en Francia o el propio Bolsonaro, que en
estos instantes arrasa en Brasil.
Esta
misma mañana, Casado, visiblemente nervioso ante este nuevo competidor que
puede restarle un buen puñado de votos con los que empezaba a contar como suyos,
tendía una mano a Abascal, con el que afirmaba compartir algunas opiniones y
estar en desacuerdo en otras, alegando que la unidad era el único medio que
quedaba a la derecha, para derrotar a Sánchez en las urnas. En ningún momento
ha clarificado el líder popular, si entre los conceptos que comparte con VOX se
encuentran, por ejemplo, la derogación de la Ley de Violencia de Género, la de
la Ley de Memoria Histórica, la
devolución inmediata de los migrantes a sus lugares de origen, el abandono de
la Unión Europea, la abolición de todas las Autonomías o la liberalización de
la compra de armas por particulares, cuestiones que defendieron ayer los oradores, en Vista Alegre, acaloradamente, en
un mensaje que recordaba inevitablemente a los de Donald Trump, con su “American
First”, que se ha hecho tristemente famoso en todo el mundo.
Rivera,
mucho más cauto y ciertamente prudente, callaba, concediéndose tiempo para
digerir esta irrupción inopinada de Vox, en el terreno de las derechas.
El
“Divide y vencerás”, que siempre se ha atribuido a Julio Cesar, podría
convertirse a partir de ahora en la estrategia a seguir por la izquierda, si es
que por una vez en nuestra Historia, somos capaces de mantener una unidad que
rompa esa maldición que siempre terminó haciendo trizas todos los proyectos que
durante el pasado iniciamos.
De
momento, parece que las aguas conservadoras andan revueltas.

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