domingo, 14 de octubre de 2018

La España chirigotera



Los aguerridos representantes de las derechas han encontrado en la crisis de Catalunya la excusa perfecta para mostrar , el día de Las Fuerzas Armadas, su particular españolidad, exhibiendo a los cuatro vientos un sinfín de esos símbolos de los que se han ido apropiando poco a poco, convirtiéndolos   en el instrumento perfecto para hacer reivindicación de un concepto de Patria que deje claro ante las “hordas izquierdistas” y todos los que aún son susceptibles de ser captados para esa suerte de nacionalismo obsoleto que defienden como los toreros, con la montera en la mano y dando la vuelta al ruedo, ávidos de lograr algún triunfo, ignorando olímpicamente, quizá porque la cerrazón mental nunca se lo permitió, que la diversidad de pensamiento y la libertad de expresión son derechos inalienables de todos los seres humanos y que ese mundo exclusivo y clasista, creado con la única intención de perpetuar su superioridad, ha cambiado, afortunadamente, con el paso inexorable de los tiempos.
Los desfiles conmemorativos que se celebran anualmente en este país, como en otros muchos del mundo, remueve sin embargo puntualmente esos sentimientos que constituyen una especie de catecismo que ocultan cuando se disfrazan de demócratas convencidos y juegan, porque no les queda otro remedio, a la práctica de un ejercicio político que muestra la evidencia de lo que realmente son, cada vez que ganan las elecciones y les insufla el ardor guerrero que entonan en sus cánticos preferidos, ofreciéndoles alas para dejar volar su imaginación, simple y calenturienta, anclada irremediablemente al tamaño de las  banderas y pendones que lucen con enardecido  orgullo en vestimentas y balcones, reclamando de todos una colaboración obligatoria, a riesgo de ser tildados de traidores, si no siguen, al pie de la letra, lo que de ellos exige la exaltación de estos momentos.
Hombres de pelo en pecho y cabellos engominados que suelen jactarse de encabezar cualquier manifestación en la que ondee la rojigualda o que salvaguarde la firmeza de los valores conservadores que llevan inyectados en sangre desde la infancia, sin que pueda influir en ellos el sufrimiento por las desigualdades y miserias que padece la sociedad en la que viven y mujeres que sin entender ni compartir el mensaje que transmite la verdadera definición del feminismo, les acompañan a muerte en sus cruzadas antediluvianas, bendecidas por la influencia de esa Iglesia que les es afín, aceptando la existencia de unos dogmas religiosos e ideológicos, siempre enfundadas en ropajes adquiridos en las millas de oro de las principales ciudades, sin advertir cuánto se parecen unas a otras, quizá porque los uniformes forman parte necesaria, del argumentarlo que representan.
Este año, cómo no podía ser de otra manera, al haber sido apeados del poder de manera intempestiva y vergonzante, se han atrevido a poner toda la carne en el asador, pues ahora que se encuentran divididos en tres fracciones de un mismo todo e intuir que les va a resultar difícil volver a retomar la gloria de tiempos pasados, a pesar de sus muchos e inenarrables  esfuerzos por denostar al nuevo Gobierno, acudir a la estrategia de la españolidad, alejarse de la esa centralidad falaz que tantos réditos  les ha producido desde que se hiciera real la llegada de la Democracia, puede asegurarles, al menos, los ansiados votos de todos aquellos que permanecen anclados en el tradicionalismo feroz y que no pueden tolerar la idea de que en este país puedan convivir pacíficamente pueblos de identidades diversas, creyendo como creen, en una España monocolor que procede directamente de los años oscuros de la Dictadura y que sólo se ilumina al paso del estandarte nacional, portado por “soldados” de mano alzada y rígidas facciones que son considerados como héroes, por el grueso de las enardecidas masas que los aplauden.
Han intentado vendernos, sin ninguna consideración hacia nuestra propia inteligencia, tacitas, cinturones, pulseras, banderines, escudos, corbatas, cuadernitos de notas, pegatinas, sombreros, paraguas, insignias, platitos, pañuelos, playeras, camisetas, pantalones y hasta unas nubes dulces  para los niños, que si no fuera porque no sabemos a dónde va el dinero que se recauda y lo que pretenden conseguir con este comercio, carecerían de toda importancia, pues dichos objetos constituyen sin ningún género de duda, una enorme horterada.
Para los que permanecemos al margen de estas veleidades y tenemos la suerte de poseer un pensamiento propio, por cierto bastante alejado de estas banalidades sin sentido que evidentemente en nada representan para nosotros el concepto de Patria, las derechas españolas, con sus principales líderes a la cabeza, no sólo están perdiendo la oportunidad de sumarse a la modernidad, sino que están protagonizando, con estas acciones ciertamente circenses,  un retroceso que dañará gravemente su imagen en el mundo actual en el que vivimos, convirtiéndolas en una especie de bastión exótico e inexpugnable, en el que no tienen cabida los avances del progreso.
Bien harían en preocuparse un poco más de los problemas de esos ciudadanos a los que pretenden atraer con la magia ilusoria de sus distintivos y banderas, pues resulta ser un hecho probado e innegable, que la simbología nunca, en ningún momento de la Historia, aportó soluciones efectivas a las dificultades que afectaron a los seres humanos, ni mejoraron nunca las situaciones de crisis que la humanidad padeciera, en cualquier parte del universo.
Así que esta parafernalia desfasada y cateta, sólo puede ser interpretada como una respuesta desesperada al pavor que sienten las derechas, al intuir que los pactos que las izquierdas barajan, puedan finalmente triunfar.
Nunca fueron capaces de admitir, en buena lid, las derrotas, pero créanme si les digo, que para ofrecer una imagen de seriedad, conviene alejarse, urgentemente, de todo lo que conlleve hacer el más espantoso de los ridículos.

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