Los
aguerridos representantes de las derechas han encontrado en la crisis de Catalunya
la excusa perfecta para mostrar , el día de Las Fuerzas Armadas, su particular
españolidad, exhibiendo a los cuatro vientos un sinfín de esos símbolos de los que
se han ido apropiando poco a poco, convirtiéndolos en el
instrumento perfecto para hacer reivindicación de un concepto de Patria que
deje claro ante las “hordas izquierdistas” y todos los que aún son susceptibles
de ser captados para esa suerte de nacionalismo obsoleto que defienden como los
toreros, con la montera en la mano y dando la vuelta al ruedo, ávidos de lograr
algún triunfo, ignorando olímpicamente, quizá porque la cerrazón mental nunca
se lo permitió, que la diversidad de pensamiento y la libertad de expresión son
derechos inalienables de todos los seres humanos y que ese mundo exclusivo y
clasista, creado con la única intención de perpetuar su superioridad, ha
cambiado, afortunadamente, con el paso inexorable de los tiempos.
Los
desfiles conmemorativos que se celebran anualmente en este país, como en otros
muchos del mundo, remueve sin embargo puntualmente esos sentimientos que
constituyen una especie de catecismo que ocultan cuando se disfrazan de
demócratas convencidos y juegan, porque no les queda otro remedio, a la práctica
de un ejercicio político que muestra la evidencia de lo que realmente son, cada
vez que ganan las elecciones y les insufla el ardor guerrero que entonan en sus
cánticos preferidos, ofreciéndoles alas para dejar volar su imaginación, simple
y calenturienta, anclada irremediablemente al tamaño de las banderas y pendones que lucen con enardecido orgullo en vestimentas y balcones, reclamando
de todos una colaboración obligatoria, a riesgo de ser tildados de traidores,
si no siguen, al pie de la letra, lo que de ellos exige la exaltación de estos
momentos.
Hombres
de pelo en pecho y cabellos engominados que suelen jactarse de encabezar
cualquier manifestación en la que ondee la rojigualda o que salvaguarde la
firmeza de los valores conservadores que llevan inyectados en sangre desde la
infancia, sin que pueda influir en ellos el sufrimiento por las desigualdades y
miserias que padece la sociedad en la que viven y mujeres que sin entender ni
compartir el mensaje que transmite la verdadera definición del feminismo, les
acompañan a muerte en sus cruzadas antediluvianas, bendecidas por la influencia
de esa Iglesia que les es afín, aceptando la existencia de unos dogmas
religiosos e ideológicos, siempre enfundadas en ropajes adquiridos en las
millas de oro de las principales ciudades, sin advertir cuánto se parecen unas
a otras, quizá porque los uniformes forman parte necesaria, del argumentarlo
que representan.
Este
año, cómo no podía ser de otra manera, al haber sido apeados del poder de
manera intempestiva y vergonzante, se han atrevido a poner toda la carne en el
asador, pues ahora que se encuentran divididos en tres fracciones de un mismo
todo e intuir que les va a resultar difícil volver a retomar la gloria de
tiempos pasados, a pesar de sus muchos e inenarrables esfuerzos por denostar al nuevo Gobierno, acudir
a la estrategia de la españolidad, alejarse de la esa centralidad falaz que tantos
réditos les ha producido desde que se
hiciera real la llegada de la Democracia, puede asegurarles, al menos, los
ansiados votos de todos aquellos que permanecen anclados en el tradicionalismo feroz
y que no pueden tolerar la idea de que en este país puedan convivir
pacíficamente pueblos de identidades diversas, creyendo como creen, en una
España monocolor que procede directamente de los años oscuros de la Dictadura y
que sólo se ilumina al paso del estandarte nacional, portado por “soldados” de
mano alzada y rígidas facciones que son considerados como héroes, por el grueso
de las enardecidas masas que los aplauden.
Han
intentado vendernos, sin ninguna consideración hacia nuestra propia inteligencia,
tacitas, cinturones, pulseras, banderines, escudos, corbatas, cuadernitos de
notas, pegatinas, sombreros, paraguas, insignias, platitos, pañuelos, playeras,
camisetas, pantalones y hasta unas nubes dulces para los niños, que si no fuera porque no
sabemos a dónde va el dinero que se recauda y lo que pretenden conseguir con
este comercio, carecerían de toda importancia, pues dichos objetos constituyen
sin ningún género de duda, una enorme horterada.
Para
los que permanecemos al margen de estas veleidades y tenemos la suerte de
poseer un pensamiento propio, por cierto bastante alejado de estas banalidades
sin sentido que evidentemente en nada representan para nosotros el concepto de
Patria, las derechas españolas, con sus principales líderes a la cabeza, no
sólo están perdiendo la oportunidad de sumarse a la modernidad, sino que están
protagonizando, con estas acciones ciertamente circenses, un retroceso que dañará gravemente su imagen
en el mundo actual en el que vivimos, convirtiéndolas en una especie de bastión
exótico e inexpugnable, en el que no tienen cabida los avances del progreso.
Bien
harían en preocuparse un poco más de los problemas de esos ciudadanos a los que
pretenden atraer con la magia ilusoria de sus distintivos y banderas, pues
resulta ser un hecho probado e innegable, que la simbología nunca, en ningún
momento de la Historia, aportó soluciones efectivas a las dificultades que afectaron
a los seres humanos, ni mejoraron nunca las situaciones de crisis que la
humanidad padeciera, en cualquier parte del universo.
Así
que esta parafernalia desfasada y cateta, sólo puede ser interpretada como una
respuesta desesperada al pavor que sienten las derechas, al intuir que los
pactos que las izquierdas barajan, puedan finalmente triunfar.
Nunca fueron capaces de admitir, en buena lid, las
derrotas, pero créanme si les digo, que para ofrecer una imagen de seriedad,
conviene alejarse, urgentemente, de todo lo que conlleve hacer el más espantoso
de los ridículos.

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