domingo, 7 de octubre de 2018

La Diva más humana




Calla hoy, una de las voces más hermosas que hemos tenido el privilegio de poder escuchar tantas veces y que nunca podrá desaparecer de la memoria colectiva de los que amamos la música y la belleza, pues hace tiempo que su figura traspasó todos los límites que impone la a mortalidad para transformarse en una leyenda atemporal que circulaba por un mundo sin fronteras que se rendía incondicionalmente al poder ensoñador de las notas  transformadas por el temple de su prodigiosa garganta.
Provenía según propias palabras, Monserrat Caballé, de un ambiente de humildad casi rayano, por circunstancias, en la indigencia y fue quizá, esa imborrable remembranza de su ayer, la que insufló en sus venas, para toda su vida, un sello de esperanzadora humanidad que la alejaba ostensiblemente de todos los estereotipos establecidos sobre las estrellas rutilantes del Bel Canto, convirtiéndola en un ser cercano y  que solía contagiar un sentimiento de paz y alegría, a todos aquellos con los que coincidía, sin enorgullecerse jamás de la magnitud de su propia grandeza.
Fue precisamente ese gesto de permanente gratitud, hacia todos los que la habían ayudado a canalizar el regalo impagable que le había hecho la vida y también al azar, que tanto tiene que ver con el destino que nos acompaña a cada uno en el camino que decidimos recorrer libremente, la que logró acercarla al público en general, a través de una disciplina que hasta entonces había sido injustamente reservada para determinadas élites, generalmente clasistas y pudientes, hasta convertirla en un personaje absolutamente popular que primero enamoraba con su discurso sencillo y plenamente identificable con el de cualquier otro que pudiera estar escuchando, despertando después la curiosidad de los oyentes, por saber qué tenía de extraordinario, a nivel profesional, esta mujer, a la que bastaba oír cantar una vez, para amarla incondicionalmente.
Ejemplo innegable de que la constancia y el esfuerzo pueden transformar para siempre el rumbo de una vida y de que la posesión de una gracia nunca es suficiente para conseguir hacer realidad los sueños, trabajadora incansable y amante incondicional de su  oficio, estudiosa impenitente y valedora desde su lugar de privilegio de la popularización de la Ópera, la Caballé se convirtió, por mérito propio, en una parte de nuestra realidad cotidiana y en un referente para todas las jóvenes promesas que empezaban a caminar por la senda de esta difícil disciplina.
Estrella en todos los Grandes Teatros del Mundo, orgullosa de su origen, de su cultura y de su dedicación a un arte pensado para potenciar el entendimiento entre los hombres, uniéndoles incondicionalmente alrededor de la belleza y para salvar, aunque sea por unos momentos cualquier diferencia, por grave que sea, que pudiera existir antes entre ellos, arrastrándoles a cohabitar en comunión alrededor de la obra que están oyendo, Monserrat Caballé no sólo manifestó estar convencida de estas maravillosas ideas, sino que demostró, con sus acciones, que cuando ella cantaba, sobre el silencio de cualquier teatro, la magia se convertía en una tangible realidad, que nos hacía flotar en una  nube de fantasía, creada por su voz irrepetible y su innegable talento.
Muchos la recordareis por alguna de sus innumerables actuaciones sobre los mejores escenarios del planeta o por su interpretación de alguna de las Arias de las obras más conocidas de los grandes maestros o quizá, por aquellas incursiones que tantas veces hizo en la música popular, en cualquiera de los Conciertos benéficos en los que participó o muy particularmente, por su intervención, junto a Freddie Mercury, en los Juegos Olímpicos de Barcelona.
Yo guardaré por siempre un recuerdo especial de un momento sencillo, vivido desde mi casa, en relación con Monserrat Caballé, que ni siquiera tiene que ver con ningún evento especial y que  viví, para mayor satisfacción, en plena soledad, pero que me quedó grabado en el corazón para siempre.
Estaba ese día viendo un programa de televisión, cuya cabecera   ni siquiera recuerdo y un presentador o presentadora, tampoco lo podría precisar, entrevistaba a la Diva más humana, que hablaba, con toda naturalidad, como siempre, de los avatares de su vida personal y también de los ajetreos lógicos que acarreaba  una profesión como la suya, que no le permitían estar demasiado tiempo en un mismo lugar, aunque aclaró que ella consideraba hacer posible la pertenencia a un hogar al que regresar, siempre que uno contara, como era su caso, con el apoyo de personas queridas dispuestas a bregar incondicionalmente con el sacrificio que presuponía el éxito.
No sé cuánto duró la entrevista, pero sí que en un momento determinado, el interlocutor le rogó a Monserrat que esbozara unas notas de cualquier obra, esperando posiblemente, que la Gran Dama de la Ópera, pudiera negarse tajantemente a hacerlo.
Ella se concentró un momento y entonó, a capella, “El Cisne”, de Camille
Saint-Saens y el mundo quedó detenido mientras duró la breve, pero bellísima obra, causándome  una emoción que siempre perdurará en mi pensamiento.
Algunas veces, he tratado de recuperar, a través de la red, el hechizo de aquel instante. Jamás lo he conseguido. Supongo que debo dar las gracias por ello.
Hay sensaciones que por su intensidad, deben ser, necesariamente, irrepetibles. Esta fue una de ellas, estoy segura. Por eso quisiera decir adiós a Monserrat Caballé, rememorando y agradeciendo haber vivido aquel regalo de su voz, indeleble en el tiempo.

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