Calla
hoy, una de las voces más hermosas que hemos tenido el privilegio de poder
escuchar tantas veces y que nunca podrá desaparecer de la memoria colectiva de
los que amamos la música y la belleza, pues hace tiempo que su figura traspasó
todos los límites que impone la a mortalidad para transformarse en una leyenda
atemporal que circulaba por un mundo sin fronteras que se rendía incondicionalmente
al poder ensoñador de las notas transformadas
por el temple de su prodigiosa garganta.
Provenía
según propias palabras, Monserrat Caballé, de un ambiente de humildad casi
rayano, por circunstancias, en la indigencia y fue quizá, esa imborrable remembranza
de su ayer, la que insufló en sus venas, para toda su vida, un sello de
esperanzadora humanidad que la alejaba ostensiblemente de todos los
estereotipos establecidos sobre las estrellas rutilantes del Bel Canto,
convirtiéndola en un ser cercano y que
solía contagiar un sentimiento de paz y alegría, a todos aquellos con los que
coincidía, sin enorgullecerse jamás de la magnitud de su propia grandeza.
Fue
precisamente ese gesto de permanente gratitud, hacia todos los que la habían
ayudado a canalizar el regalo impagable que le había hecho la vida y también al
azar, que tanto tiene que ver con el destino que nos acompaña a cada uno en el
camino que decidimos recorrer libremente, la que logró acercarla al público en
general, a través de una disciplina que hasta entonces había sido injustamente
reservada para determinadas élites, generalmente clasistas y pudientes, hasta
convertirla en un personaje absolutamente popular que primero enamoraba con su
discurso sencillo y plenamente identificable con el de cualquier otro que
pudiera estar escuchando, despertando después la curiosidad de los oyentes, por
saber qué tenía de extraordinario, a nivel profesional, esta mujer, a la que
bastaba oír cantar una vez, para amarla incondicionalmente.
Ejemplo
innegable de que la constancia y el esfuerzo pueden transformar para siempre el
rumbo de una vida y de que la posesión de una gracia nunca es suficiente para
conseguir hacer realidad los sueños, trabajadora incansable y amante
incondicional de su oficio, estudiosa
impenitente y valedora desde su lugar de privilegio de la popularización de la
Ópera, la Caballé se convirtió, por mérito propio, en una parte de nuestra
realidad cotidiana y en un referente para todas las jóvenes promesas que
empezaban a caminar por la senda de esta difícil disciplina.
Estrella
en todos los Grandes Teatros del Mundo, orgullosa de su origen, de su cultura y
de su dedicación a un arte pensado para potenciar el entendimiento entre los
hombres, uniéndoles incondicionalmente alrededor de la belleza y para salvar,
aunque sea por unos momentos cualquier diferencia, por grave que sea, que
pudiera existir antes entre ellos, arrastrándoles a cohabitar en comunión
alrededor de la obra que están oyendo, Monserrat Caballé no sólo manifestó
estar convencida de estas maravillosas ideas, sino que demostró, con sus
acciones, que cuando ella cantaba, sobre el silencio de cualquier teatro, la
magia se convertía en una tangible realidad, que nos hacía flotar en una nube de fantasía, creada por su voz irrepetible
y su innegable talento.
Muchos
la recordareis por alguna de sus innumerables actuaciones sobre los mejores
escenarios del planeta o por su interpretación de alguna de las Arias de las
obras más conocidas de los grandes maestros o quizá, por aquellas incursiones
que tantas veces hizo en la música popular, en cualquiera de los Conciertos
benéficos en los que participó o muy particularmente, por su intervención,
junto a Freddie Mercury, en los Juegos Olímpicos de Barcelona.
Yo
guardaré por siempre un recuerdo especial de un momento sencillo, vivido desde
mi casa, en relación con Monserrat Caballé, que ni siquiera tiene que ver con
ningún evento especial y que viví, para
mayor satisfacción, en plena soledad, pero que me quedó grabado en el corazón para
siempre.
Estaba
ese día viendo un programa de televisión, cuya cabecera ni
siquiera recuerdo y un presentador o presentadora, tampoco lo podría precisar,
entrevistaba a la Diva más humana, que hablaba, con toda naturalidad, como
siempre, de los avatares de su vida personal y también de los ajetreos lógicos
que acarreaba una profesión como la
suya, que no le permitían estar demasiado tiempo en un mismo lugar, aunque
aclaró que ella consideraba hacer posible la pertenencia a un hogar al que
regresar, siempre que uno contara, como era su caso, con el apoyo de personas
queridas dispuestas a bregar incondicionalmente con el sacrificio que presuponía
el éxito.
No
sé cuánto duró la entrevista, pero sí que en un momento determinado, el
interlocutor le rogó a Monserrat que esbozara unas notas de cualquier obra,
esperando posiblemente, que la Gran Dama de la Ópera, pudiera negarse
tajantemente a hacerlo.
Ella
se concentró un momento y entonó, a capella, “El Cisne”, de Camille
Saint-Saens
y el mundo quedó detenido mientras duró la breve, pero bellísima obra, causándome
una emoción que siempre perdurará en mi
pensamiento.
Algunas
veces, he tratado de recuperar, a través de la red, el hechizo de aquel instante.
Jamás lo he conseguido. Supongo que debo dar las gracias por ello.
Hay
sensaciones que por su intensidad, deben ser, necesariamente, irrepetibles.
Esta fue una de ellas, estoy segura. Por eso quisiera decir adiós a Monserrat
Caballé, rememorando y agradeciendo haber vivido aquel regalo de su voz,
indeleble en el tiempo.

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