Ni el frío, ni la lluvia, ni las inclemencias del tiempo,
pudieron impedir ayer que casi seis millones de mujeres saliéramos a las
calles, en todo el territorio peninsular, ofreciendo una lección de concordia,
dignidad, pacifismo e inteligencia en la práctica del ejercicio de una
libertad, que a muchas de nosotras se nos ha venido negando sistemáticamente.
Desde primeras horas de la mañana, empezaron a notarse de
manera considerable los efectos de la primera huelga feminista que se ha
conocido en nuestra Historia y un clamor unánimemente concebido para dar una
señal de alerta a la Sociedad patriarcal, se elevó hasta los cielos de todas y
cada una de las ciudades de nuestro país, tiñéndolo de un color morado intenso.
Ancianas, jóvenes y niñas, estudiantes, obreras,
funcionarias, amas de casa, autónomas y asalariadas de todos los sectores conocidos,
unimos nuestras manos, nuestras voces y nuestras emociones contenidas, quizá
desde hacía demasiado tiempo, para reclamar a los políticos y a la ciudadanía
en general y muy fundamentalmente a los muchos que aún continúan anclados en la
profunda oscuridad del ideario machista, justicia e igualdad, respeto, seriedad
en la toma de posiciones y la urgencia de arbitrar soluciones para solucionar
el problema de la violencia de género y la brecha salarial que nos separa de
aquellos hombres que ocupan los mismos puestos que nosotras.
El día, que transcurrió sin incidentes y al que se sumaron y
así hay que decirlo, un buen número de compañeros, que sin embargo, no mermaron
nuestro protagonismo, se convirtió mágicamente en un momento histórico
inolvidable, en el que fue todo un honor participar y que nos permitió
comprobar, in situ, la fuerza que somos capaces de generar, cuando estamos
unidas, frente al abuso y la violencia.
Para muchos, entre ellos los partidarios del PP y de Ciudadanos,
que se negaron a respaldar el paro desde el primer momento, la sorpresa de las
cifras de participación tuvo que constituir una sorpresa descomunal, que debiera
empujarles a la obligación de reflexionar profundamente sobre su actual
posicionamiento ante los problemas de las mujeres, si no quieren ser finalmente
arrastrados por una marea que está empezando a levantar las conciencias de
millones de ciudadanas y que no se va a detener, ahora que hemos podido
comprobar el éxito que hemos sido capaces de generar, en estas veinticuatro
horas, críticas para nuestro movimiento.
Tendremos, porque es de justicia, que agradecer a nuestros
compañeros su inestimable colaboración y que ejerciendo nuestras tareas
mientras acudíamos a las concentraciones, manifestaciones y encuentros, nos
ofrecieran una ayuda impagable, entendiendo que la importancia del momento que
vivimos también les afectaba a ellos y solidarizándose con unas peticiones que
por ser absolutamente justas, podrían cambiar, para mejor, el mundo de las
relaciones laborales, personales, familiares y de pareja.
El paso que dimos ayer y que debiera considerarse como el
primero en la transformación que intentamos conseguir las mujeres, en un corto espacio de tiempo,
abre una nueva forma de entender la lucha del feminismo para todas y nos impone
un compromiso real de resistencia, hasta que se hayan logrado, todos y cada uno
de nuestros objetivos propuestos.
Impresionaba, no sólo la corrección en las maneras de
afrontar la masiva participación en los actos programados en todas partes, sino
también, la fantástica sensación de habernos liberado de las muchas ataduras
que durante siglos nos oprimían, sin permitirnos alcanzar la categoría de
personas y sobre todo, la satisfacción de poder ser, aunque sólo fuera durante
un día, nosotras mismas, simplemente.
Fue el día de ayer, la prueba de que las utopías se pueden
transformar en realidad y que si se pone el empeño necesario, se permanece en
unidad y se quiere, no puede haber traba que frene nuestro ascenso imparable hacia
la igualdad que por nuestra perseverancia, merecemos.
Tres o cuatro generaciones de mujeres, se codearon unas con otras en las calles, sin
otra motivación que poder finalmente, cumplir sus sueños y el mundo, pueden
creerme, se paró y aunque haya después nuevos instantes que contribuyan al éxito de este proceso, éste de ayer,
irrepetible, quedará siempre grabado en nosotras como el mejor de cuántos
habíamos vivido en todos los años de duras batallas que hemos librado, sin
apoyos de nadie, durante tanto tiempo.
Queda hoy, en las aceras y en el recuerdo, una estela morada
de ensueño que nos hace sonreír, al pisar los mismos lugares que ayer pisamos,
mucho más vacíos, pero impregnados de un olor a triunfo, intenso.
Y aunque habrá que seguir, por las que estuvimos y por las
que desgraciadamente no pudieron estar, la tranquilidad de conciencia que deja
haber escrito esta página de nuestra historia, nos permite afrontar lo que
venga, con un espíritu bien diferente.
A todas nos quedó meridianamente claro que si queremos,
podemos.

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