Poco después de las once de esta mañana, en la pequeña
localidad alemana de Schuby, a sólo treinta Kilómetros de la frontera danesa, Carles
Puigdemont era detenido en una gasolinera, mientras regresaba en coche desde
Finlandia, del que ha sido el último
viaje, de los muchos que ha realizado durante su etapa en el exilio.
La activación de la orden de captura internacional, dictada
por el juez Llarena, después de los procesamientos del viernes, ha sido el
detonante que ha desencadenado su inmediata persecución y la idea de cruzar
territorio alemán, a bordo de un vehículo con matrícula belga, al que se había
colocado en algún momento un chip de seguimiento, ha puesto un amargo final al camino emprendido tras la efímera
proclamación de la República, cerrando un capítulo de una historia en la que
seguramente había basado una buena parte de sus sueños.
Ha sido Puigdemont, un exiliado atípico, que ha dedicado todo
su tiempo a internacionalizar el conflicto catalán, exponiendo continuamente su
libertad en una gira continua por diversos países europeos y tratando de crear
un reducto indestructible de catalanidad con sede en Bruselas, desde el que
dirigir, con mano firme, todos los movimientos del separatismo latente en las
ciudades y los pueblos de su país, aunque olvidando la gravísima situación en
la que se han visto inmersos una buena parte de los antiguos compañeros que
decidieron permanecer en el territorio patrio y que se han visto absolutamente
desbordados por las decisiones judiciales tomadas en los últimos días, teniendo
que enfrentarse, como ya ocurriera a Oriol Junqueras, Joaquin Forn y los Jordis,
primero, a la prisión y después a un procesamiento por los delitos de rebelión
y malversación, que sin duda cambiará sus vidas para siempre.
Creyó erróneamente el ex President haber encontrado un paraíso
de inmunidad, junto a los ex consellers que optaron por seguirle, en territorio
belga y contemplando únicamente esa opción, que pasaba por la supuesta
legitimidad que le otorgaron las urnas en las elecciones del pasado Diciembre,
nunca quiso renunciar al puesto que desde su punto de vista le correspondía,
complicando superlativamente un momento de extrema gravedad e
impidiendo reiteradamente el nombramiento de otro candidato a la Presidencia de
la Generalitat, que hubiera calmado los ánimos del Estado español y probablemente,
también los del juez encargado de un caso que finalmente ha sido llevado hasta
el peor de los escenarios que se hubiera podido imaginar, sin que haya indicio
alguno de que pueda suavizarse en un futuro cercano y que ha cercenado de raíz,
la cúpula formada por los principales líderes independentistas en Catalunya.
Su flagrante equivocación al pensar que el aparato del Estado
español, en manos de una derecha tradicional e imperturbable, terminaría por
ceder a las presiones de dos millones de ciudadanos y a la perseverancia
demostrada por los principales implicados en la lucha separatista, ha sido
simplemente, mayúsculo, sobre todo si a esto se añade la machacona insistencia
de acusar a la justicia de obrar en
connivencia con los dirigentes del Partido Popular, poniendo en entredicho no
sólo la objetividad del encargado de juzgar esta causa, sino también, que fuera
capaz de llegar hasta dónde ha llegado, retándole continuamente con peligrosos
juegos de palabras, acciones que rozaban el filo de la ilegalidad y fugas al
extranjero de algunas personalidades implicadas en el proceso, que han
perjudicado ostensiblemente las posibilidades que aún quedaban, al resto de sus
compañeros.
En cuanto a la política se refiere, quedaba claro para muchos
de nosotros, desde la experiencia que ofrece la edad, que Mariano Rajoy jamás
perdonaría el ridículo a que se vio abocado por la celebración del Referendum
del Primero de Octubre y menos aún, la burla que para él debió suponer la huida
apresurada, en sus propias narices, de Puigdemont y sus consellers a Bruselas, ni el
contenido incendiario de los mensajes lanzados a nivel internacional, en sus
conferencias, por el antiguo President y que comprometían, de alguna manera, su
obsesión declarada por mantener la unidad de un Estado, que se ha visto
permanentemente cuestionada, desde foros establecidos en varias naciones
europeas, siempre con Puigdemont como protagonista.
La ingenuidad demostrada al creer que la misma persona que
decidió aplicar el 155 en Catalunya, podría admitir después que aspirantes como
Jordi Sánchez o Turull, pudieran presentarse como candidatos a la Presidencia
de la Generalitat, sin forzar inmediatamente una actuación de la justicia, ha
resultado, para los independentistas y sus seguidores, sancionada con el peor
de los castigos y no ya porque el juez haya, como algunos apuntan, prevaricado
en sus conclusiones sobre este conflicto, sino porque las Leyes del Estado y
también la Constitución, fueron escritas en su mayoría por políticos españoles
y diseñadas milimétricamente a su imagen y semejanza, por lo que su estricta
aplicación ha de dañar, necesariamente, a todo aquel que pretenda alejarse del
camino marcado, actuando sin tener en cuenta lo establecido, consciente o
inconscientemente.
Los recortes en las libertades que nos trajo la Ley mordaza,
aprobada por cierto con el beneplácito de la antigua Convergencia, han contribuido
en gran parte al emponzoñamiento de una situación que podría haber sido
resuelta, con diálogo y voluntad, si ambas partes se hubieran empeñado a fondo
en conseguirlo, pero la intransigencia de Rajoy y el empecinamiento de los
separatistas, en mantener cada cual su postura, tensando la cuerda y esperando
que se rompiera por el otro lado, no hizo posible hallar un camino de solución,
arrastrándonos a todos hasta el mismo centro de la tormenta y lo que es peor,
generando entre nosotros un ambiente de animadversión muy difícil de corregir,
si no se abandona la judicialización del conflicto y se comienza a intentar, de
verdad, practicar el arte de la política.
Con Puigdemont detenido, se rompen los sueños de más de dos
millones de catalanes a los que se hizo creer
que la independencia era posible y que hoy se encuentran, solos, con
todos sus líderes encarcelados y un proyecto pisoteado sin piedad, ante sus
propios ojos, sin otra salida posible que reclamar en las calles, de momento de
manera pacífica, que les devuelvan la dignidad y la libertad de poder
manifestar abiertamente lo que piensan, sin ser inmediatamente reprimidos.
A su Líder, le espera uno de los momentos más difíciles de
cuántos haya tenido que afrontar en su vida, pues al haber sido detenido en
Alemania, el delito de rebelión del que se le acusa, se equipara allí al de
alta traición y podría acarrear, a quién lo haya
cometido, unas penas que oscilan entre
los diez años de cárcel y la cadena perpetua,
por lo que no resultará fácil decidir si debe quedarse o regresar, a pesar de
haber expuesto en numerosas ocasiones, que en España jamás sería juzgado de manera objetiva.
Puede que muchos se alegren del cariz que están tomando los
acontecimientos estos últimos días e incluso que alberguen la sensación de
haber conseguido derrotar a los que consideraban, desde hace un tiempo, como
sus peores enemigos.
A otros, a los que pensamos que las guerras terminan perdiéndolas todos y cada
uno de los que participan en ellas, nos parece que estamos viviendo un periodo
de terrible desolación. Nos duelen, las familias de los encarcelados y
fundamentalmente, volver a vivir en un país en el que se considera que hay
vencedores y vencidos.
Que verdad es, que los hombres no aprendemos casi nada de
nuestra propia historia y que por tanto, quedamos permanentemente condenados a
que en cualquier momento, pueda volver a repetirse.

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