domingo, 25 de marzo de 2018

El amargo final del camino



Poco después de las once de esta mañana, en la pequeña localidad alemana de Schuby, a sólo treinta Kilómetros de la frontera danesa, Carles Puigdemont era detenido en una gasolinera, mientras regresaba en coche desde Finlandia, del que ha sido el  último viaje, de los muchos que ha realizado durante su etapa en el exilio.
La activación de la orden de captura internacional, dictada por el juez Llarena, después de los procesamientos del viernes, ha sido el detonante que ha desencadenado su inmediata persecución y la idea de cruzar territorio alemán, a bordo de un vehículo con matrícula belga, al que se había colocado en algún momento un chip de seguimiento, ha puesto un amargo final  al camino emprendido tras la efímera proclamación de la República, cerrando un capítulo de una historia en la que seguramente había basado una buena parte de sus sueños.
Ha sido Puigdemont, un exiliado atípico, que ha dedicado todo su tiempo a internacionalizar el conflicto catalán, exponiendo continuamente su libertad en una gira continua por diversos países europeos y tratando de crear un reducto indestructible de catalanidad con sede en Bruselas, desde el que dirigir, con mano firme, todos los movimientos del separatismo latente en las ciudades y los pueblos de su país, aunque olvidando la gravísima situación en la que se han visto inmersos una buena parte de los antiguos compañeros que decidieron permanecer en el territorio patrio y que se han visto absolutamente desbordados por las decisiones judiciales tomadas en los últimos días, teniendo que enfrentarse, como ya ocurriera a Oriol Junqueras, Joaquin Forn y los Jordis, primero, a la prisión y después a un procesamiento por los delitos de rebelión y malversación, que sin duda cambiará sus vidas para siempre.
Creyó erróneamente el ex President haber encontrado un paraíso de inmunidad, junto a los ex consellers que optaron por seguirle, en territorio belga y contemplando únicamente esa opción, que pasaba por la supuesta legitimidad que le otorgaron las urnas en las elecciones del pasado Diciembre, nunca quiso renunciar al puesto que desde su punto de vista le correspondía, complicando superlativamente un momento de extrema gravedad   e impidiendo reiteradamente el nombramiento de otro candidato a la Presidencia de la Generalitat, que hubiera calmado los ánimos del Estado español y probablemente, también los del juez encargado de un caso que finalmente ha sido llevado hasta el peor de los escenarios que se hubiera podido imaginar, sin que haya indicio alguno de que pueda suavizarse en un futuro cercano y que ha cercenado de raíz, la cúpula formada por los principales líderes independentistas en Catalunya.
Su flagrante equivocación al pensar que el aparato del Estado español, en manos de una derecha tradicional e imperturbable, terminaría por ceder a las presiones de dos millones de ciudadanos y a la perseverancia demostrada por los principales implicados en la lucha separatista, ha sido simplemente, mayúsculo, sobre todo si a esto se añade la machacona insistencia de acusar  a la justicia de obrar en connivencia con los dirigentes del Partido Popular, poniendo en entredicho no sólo la objetividad del encargado de juzgar esta causa, sino también, que fuera capaz de llegar hasta dónde ha llegado, retándole continuamente con peligrosos juegos de palabras, acciones que rozaban el filo de la ilegalidad y fugas al extranjero de algunas personalidades implicadas en el proceso, que han perjudicado ostensiblemente las posibilidades que aún quedaban, al resto de sus compañeros.
En cuanto a la política se refiere, quedaba claro para muchos de nosotros, desde la experiencia que ofrece la edad, que Mariano Rajoy jamás perdonaría el ridículo a que se vio abocado por la celebración del Referendum del Primero de Octubre y menos aún, la burla que para él debió suponer la huida apresurada, en sus propias narices,  de  Puigdemont y sus consellers a Bruselas, ni el contenido incendiario de los mensajes lanzados a nivel internacional, en sus conferencias, por el antiguo President y que comprometían, de alguna manera, su obsesión declarada por mantener la unidad de un Estado, que se ha visto permanentemente cuestionada, desde foros establecidos en varias naciones europeas, siempre con Puigdemont como protagonista.
La ingenuidad demostrada al creer que la misma persona que decidió aplicar el 155 en Catalunya, podría admitir después que aspirantes como Jordi Sánchez o Turull, pudieran presentarse como candidatos a la Presidencia de la Generalitat, sin forzar inmediatamente una actuación de la justicia, ha resultado, para los independentistas y sus seguidores, sancionada con el peor de los castigos y no ya porque el juez haya, como algunos apuntan, prevaricado en sus conclusiones sobre este conflicto, sino porque las Leyes del Estado y también la Constitución, fueron escritas en su mayoría por políticos españoles y diseñadas milimétricamente a su imagen y semejanza, por lo que su estricta aplicación ha de dañar, necesariamente, a todo aquel que pretenda alejarse del camino marcado, actuando sin tener en cuenta lo establecido, consciente o inconscientemente.
Los recortes en las libertades que nos trajo la Ley mordaza, aprobada por cierto con el beneplácito de la antigua Convergencia, han contribuido en gran parte al emponzoñamiento de una situación que podría haber sido resuelta, con diálogo y voluntad, si ambas partes se hubieran empeñado a fondo en conseguirlo, pero la intransigencia de Rajoy y el empecinamiento de los separatistas, en mantener cada cual su postura, tensando la cuerda y esperando que se rompiera por el otro lado, no hizo posible hallar un camino de solución, arrastrándonos a todos hasta el mismo centro de la tormenta y lo que es peor, generando entre nosotros un ambiente de animadversión muy difícil de corregir, si no se abandona la judicialización del conflicto y se comienza a intentar, de verdad, practicar el arte de la política.
Con Puigdemont detenido, se rompen los sueños de más de dos millones de catalanes a los que se hizo creer  que la independencia era posible y que hoy se encuentran, solos, con todos sus líderes encarcelados y un proyecto pisoteado sin piedad, ante sus propios ojos, sin otra salida posible que reclamar en las calles, de momento de manera pacífica, que les devuelvan la dignidad y la libertad de poder manifestar abiertamente lo que piensan, sin ser inmediatamente reprimidos.
A su Líder, le espera uno de los momentos más difíciles de cuántos haya tenido que afrontar en su vida, pues al haber sido detenido en Alemania, el delito de rebelión del que se le acusa, se equipara allí al de alta traición y podría acarrear, a quién   lo haya cometido, unas  penas que oscilan entre los  diez años de cárcel y la cadena perpetua, por lo que no resultará fácil decidir si debe quedarse o regresar, a pesar de haber expuesto en numerosas ocasiones, que en España jamás sería  juzgado de manera objetiva.
Puede que muchos se alegren del cariz que están tomando los acontecimientos estos últimos días e incluso que alberguen la sensación de haber conseguido derrotar a los que consideraban, desde hace un tiempo, como sus peores enemigos.
 A otros, a  los que pensamos que  las guerras terminan perdiéndolas todos y cada uno de los que participan en ellas, nos parece que estamos viviendo un periodo de terrible desolación. Nos duelen, las familias de los encarcelados y fundamentalmente, volver a vivir en un país en el que se considera que hay vencedores y vencidos.
Que verdad es, que los hombres no aprendemos casi nada de nuestra propia historia y que por tanto, quedamos permanentemente condenados a que en cualquier momento, pueda volver a repetirse.

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