lunes, 12 de marzo de 2018

Las dos caras de la moneda



El terrible asesinato del niño Gabriel Cruz, presuntamente cometido por la pareja de su padre, vuelve a abrir el debate sobre la pena de Prisión Permanente Revisable, aprobada por el PP en el año 2015 y que contempla la posibilidad de que en casos de extrema excepcionalidad, los condenados puedan pasar el resto de sus vidas encarcelados, si los tribunales habilitados para tal fin, así lo considerasen, tras estudiar periódicamente su caso de manera individual y no quedara clara la imposibilidad de que estos individuos, cometieran nuevos delitos.
Casos como el de Marta del Castillo, Sandra Palo, Mari Luz Cortés o más recientemente el de Diana Quer, han llevado a sus familiares más directos a promover movilizaciones y recogidas masivas de firmas en favor de la permanencia de esta Ley, que precisamente en breve, podría ser derogada, si PSOE y Podemos, logran atraer a los Ciudadanos de Albert Rivera, al bando de los Partidos políticos que piensan que el Código español  contempla un cumplimiento de penas suficientemente duras y que todos los condenados tienen el derecho a intentar una reinserción en la sociedad, una vez cumplidas, integra o parcialmente, sus deudas con la justicia.
Sobrecogidos por las circunstancias que han venido rodeando a estos casos excepcionales  y a otros directamente relacionados con atentados terroristas, por ejemplo, una buena parte de los ciudadanos de este país se ha posicionado, claramente, al lado de los familiares de las víctimas, demostrando, sobre todo a través de las redes sociales, una solidaridad basada fundamentalmente en la empatía que sintieron o sienten con las terribles situaciones que se han visto obligados a vivir los allegados a los protagonistas de estas historias horripilantes, pero que no ahonda en profundidad, en la verdadera importancia que tendría la permanencia de esta Ley, ni en los medios que serían necesarios para llevar a cabo, con auténtica imparcialidad, la revisión de cada uno de estos casos y  las consecuencias que pudieran derivarse de tales revisiones, para el futuro de los delincuentes.
Resulta evidente que uno tiende a ponerse en el lugar de los que han perdido a seres muy queridos, a manos de asesinos sin piedad y que intenta por todos los medios colaborar en que puedan llegar a superar su sufrimiento, pero todos los sucesos, por horrendos que sean, deben ser entendidos como dos caras de una misma moneda y tampoco habría que olvidar el estigma con que quedan señalados para siempre las familias de los que cometen este tipo de delitos, llegando a vulnerarse incluso, en la mayoría de los casos, su propia presunción de inocencia.
Recordaba yo esta mañana, en relación con este tema, la película dirigida por Tim Robbins, “Pena de muerte”, que por cierto recomiendo para quienes no hayan tenido la oportunidad de visionarla y en la que se analizan, con exquisita minuciosidad, los dos puntos de vista de una misma historia de terror, a través de los ojos de una monja que visita regularmente al condenado y también a las familias de las víctimas, construyendo un imponente relato de los métodos carcelarios empleados, en este caso en Estados Unidos, hasta la descripción final de la aplicación de la inyección letal, que sin embargo, no devuelve la vida a los fallecidos, ni consigue mitigar el intenso dolor de quiénes perdieron a sus hijos, en un acto de extrema violencia.
Por esa y otras varias razones, la Prisión Permanente Revisable podría convertirse en un arma de doble filo, pues supondría, ya en sus comienzos, una dejación de la obligación de intentar reinsertar a cualquier tipo de preso, con la ayuda profesional que hubiera menester y evidentemente, si la penas se cumplieran íntegramente, en estos casos excepcionales que estamos tratando, probablemente ni siquiera estaríamos hablando de este problema, en estos momentos, por otra parte, tan delicados, especialmente para la familia del pequeño Gabriel.
Decía Concepción Arenal, mujer pionera dónde las haya, que pasó una buena parte de su vida, tratando de mejorar las condiciones en que se vivía en las cárceles del momento, que había que odiar el delito y apiadarse del delincuente.  Tenía toda la razón. Cualquiera que sea capaz de cometer este tipo de atrocidades con las que nos tropezamos a diario en las páginas de todos los medios, no merece siquiera ser odiado, sino más bien, compadecido por no haber elegido la opción de saborear las cosas buenas que nos ofrece la vida y haberse decantado, en su lugar, por tomar un camino sin retorno del que su propia conciencia no le permitirá escapar jamás, seguramente.
El mejor ejemplo, lo ofrecía hoy mismo la madre del pequeño Gabriel, que entre lágrimas, nos suplicaba a todos que abandonáramos la senda del odio, pues  estos durísimos días, que ha pasado sin conocer el paradero de su hijo, la vida le ha ofrecido una lección de amor que no podrá olvidar jamás, en los años que viva.
El mensaje, que arrancaba de todos nosotros los mejores sentimientos que cada uno pudiera albergar, resulta ser una señal que todos debiéramos seguir, sobre todo por venir de quién viene.
Sobran las palabras, cuando en medio de tan extenso dolor, uno toma el camino de la esperanza, por encima de un rencor que resultaría, lógico y comprensible, en un momento como el presente.


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