El terrible asesinato del niño Gabriel Cruz, presuntamente
cometido por la pareja de su padre, vuelve a abrir el debate sobre la pena de
Prisión Permanente Revisable, aprobada por el PP en el año 2015 y que contempla
la posibilidad de que en casos de extrema excepcionalidad, los condenados
puedan pasar el resto de sus vidas encarcelados, si los tribunales habilitados
para tal fin, así lo considerasen, tras estudiar periódicamente su caso de
manera individual y no quedara clara la imposibilidad de que estos individuos,
cometieran nuevos delitos.
Casos como el de Marta del Castillo, Sandra Palo, Mari Luz
Cortés o más recientemente el de Diana Quer, han llevado a sus familiares más
directos a promover movilizaciones y recogidas masivas de firmas en favor de la
permanencia de esta Ley, que precisamente en breve, podría ser derogada, si
PSOE y Podemos, logran atraer a los Ciudadanos de Albert Rivera, al bando de
los Partidos políticos que piensan que el Código español contempla un cumplimiento de penas
suficientemente duras y que todos los condenados tienen el derecho a intentar
una reinserción en la sociedad, una vez cumplidas, integra o parcialmente, sus
deudas con la justicia.
Sobrecogidos por las circunstancias que han venido rodeando a
estos casos excepcionales y a otros
directamente relacionados con atentados terroristas, por ejemplo, una buena
parte de los ciudadanos de este país se ha posicionado, claramente, al lado de
los familiares de las víctimas, demostrando, sobre todo a través de las redes
sociales, una solidaridad basada fundamentalmente en la empatía que sintieron o
sienten con las terribles situaciones que se han visto obligados a vivir los
allegados a los protagonistas de estas historias horripilantes, pero que no
ahonda en profundidad, en la verdadera importancia que tendría la permanencia de
esta Ley, ni en los medios que serían necesarios para llevar a cabo, con
auténtica imparcialidad, la revisión de cada uno de estos casos y las consecuencias que pudieran derivarse de
tales revisiones, para el futuro de los delincuentes.
Resulta evidente que uno tiende a ponerse en el lugar de los
que han perdido a seres muy queridos, a manos de asesinos sin piedad y que
intenta por todos los medios colaborar en que puedan llegar a superar su
sufrimiento, pero todos los sucesos, por horrendos que sean, deben ser
entendidos como dos caras de una misma moneda y tampoco habría que olvidar el
estigma con que quedan señalados para siempre las familias de los que cometen
este tipo de delitos, llegando a vulnerarse incluso, en la mayoría de los
casos, su propia presunción de inocencia.
Recordaba yo esta mañana, en relación con este tema, la película
dirigida por Tim Robbins, “Pena de muerte”, que por cierto recomiendo para quienes
no hayan tenido la oportunidad de visionarla y en la que se analizan, con exquisita
minuciosidad, los dos puntos de vista de una misma historia de terror, a través
de los ojos de una monja que visita regularmente al condenado y también a las
familias de las víctimas, construyendo un imponente relato de los métodos
carcelarios empleados, en este caso en Estados Unidos, hasta la descripción
final de la aplicación de la inyección letal, que sin embargo, no devuelve la vida
a los fallecidos, ni consigue mitigar el intenso dolor de quiénes perdieron a
sus hijos, en un acto de extrema violencia.
Por esa y otras varias razones, la Prisión Permanente Revisable
podría convertirse en un arma de doble filo, pues supondría, ya en sus
comienzos, una dejación de la obligación de intentar reinsertar a cualquier
tipo de preso, con la ayuda profesional que hubiera menester y evidentemente, si
la penas se cumplieran íntegramente, en estos casos excepcionales que estamos
tratando, probablemente ni siquiera estaríamos hablando de este problema, en
estos momentos, por otra parte, tan delicados, especialmente para la familia
del pequeño Gabriel.
Decía Concepción Arenal, mujer pionera dónde las haya, que
pasó una buena parte de su vida, tratando de mejorar las condiciones en que se
vivía en las cárceles del momento, que había que odiar el delito y apiadarse del
delincuente. Tenía toda la razón.
Cualquiera que sea capaz de cometer este tipo de atrocidades con las que nos
tropezamos a diario en las páginas de todos los medios, no merece siquiera ser
odiado, sino más bien, compadecido por no haber elegido la opción de saborear
las cosas buenas que nos ofrece la vida y haberse decantado, en su lugar, por
tomar un camino sin retorno del que su propia conciencia no le permitirá
escapar jamás, seguramente.
El mejor ejemplo, lo ofrecía hoy mismo la madre del pequeño Gabriel,
que entre lágrimas, nos suplicaba a todos que abandonáramos la senda del odio,
pues estos durísimos días, que ha pasado
sin conocer el paradero de su hijo, la vida le ha ofrecido una lección de amor
que no podrá olvidar jamás, en los años que viva.
El mensaje, que arrancaba de todos nosotros los mejores sentimientos
que cada uno pudiera albergar, resulta ser una señal que todos debiéramos
seguir, sobre todo por venir de quién viene.
Sobran las palabras, cuando en medio de tan extenso dolor,
uno toma el camino de la esperanza, por encima de un rencor que resultaría,
lógico y comprensible, en un momento como el presente.

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