miércoles, 7 de marzo de 2018

Parando el mundo



Será el de mañana, un día histórico, en el que millones de mujeres españolas iremos a una huelga organizada exclusivamente por nosotras y para nuestra defensa, en la que trataremos de demostrar la certeza indiscutible de que si nosotros paramos, se para inmediatamente el mundo y en la que reclamaremos, a viva voz y sin rubores, una igualdad que se nos ha negado desde la misma Prehistoria, en la que ya se decidió que la supremacía de los hombres debía permanecer intocable y que la fuerza bruta otorgaría, indefectiblemente, el poder a aquellos que la poseyeran, sometiendo a una esclavitud permanente a un sexo que venía marcado, por sus características físicas, exclusivamente para procrear y al que desde entonces, se ha intentado de mil formas posibles, vilipendiar, por medio de todo tipo de violencia.
Es verdad, que a lo largo de los siglos, las mujeres nos hemos ido rebelando contra la injusticia que contra nosotras se cometía y a la que por cierto, las religiones han contribuido en gran manera, con sus dogmas y sus idearios absolutamente concebidos para perpetuar la hegemonía de los hombres y que a base de las duras batallas que nos hemos visto obligadas a librar, afortunadamente, hemos ido ganando derechos hasta colocarnos en un plano que nos va permitiendo demostrar que no sólo somos capaces de realizar las mismas labores que tradicionalmente eran consideradas como “cosas de hombres”, sino que en muchos casos, por nuestro afán de superación y nuestro espíritu de sacrificio, hemos conseguido sacar una ventaja, que sin embargo, nunca ha sido del todo reconocida y mucho menos, premiada, como realmente se merece.
En este siglo XXI, en el que vivimos, hay que reconocer a boca llena que las desigualdades entre sexos,  son aún una constante que nos vemos obligadas a soportar, en el ámbito laboral y en nuestros propios hogares y que cualquier iniciativa para tratar de cambiar radicalmente esta situación, se ve inmediatamente respondida por un recrudecimiento, consciente  o inconsciente, de violencia, quizá porque en el fondo, el hecho de tener que ceder una buena parte de los privilegios que los hombres han disfrutado durante siglos, activa unos mecanismos de defensa que mal gestionados, suelen acabar en dramas de incalculables consecuencias, como ocurre en el caso del maltrato o del terrorismo de género.
Mañana, las mujeres saldremos a las calles de todo el país, demandando  ocupar el lugar que en justicia, nos pertenece, independientemente de nuestra edad, vivencia o condición y lo haremos, en unidad, explorando nuevos caminos en una lucha que puede empezar a ser diferente, pues el momento histórico que vivimos, nuestra manera de pensar y opinar y nuestro imparable acceso a la educación, nos permite afrontar este reto que se nos pone por delante, como una cuestión de mera dignidad, que resulta ser innegociable y que nos ofrece nuevas armas con las que defendernos de la desigualdad y el machismo.
Nuestras demandas son claras, justas y precisas y porque nos asiste la razón, probablemente ha llegado el momento de ponerlas sobre la mesa sin paliativos y sin miedo, aclarando, que no es ésta una lucha política, ni partidista, ni de banderas y que los hombres, por su condición, no son ni serán nuestros enemigos, sino personas a las que exigimos un trato de igualdad  y el mismo respeto que exigiríamos para ellos, en el caso de que estuvieran sufriendo una violación de sus derechos.
Queremos, poder caminar por la vida sin lastres que, por nuestra condición de mujeres, nos impiden avanzar en  todos los ámbitos, con la misma naturalidad con que pueden hacerlo los hombres, compartir, al cincuenta por ciento con ellos, las responsabilidades que se derivan del cuidado de los hijos y los hogares, cobrar, exactamente los mismos salarios que perciben los que ocupan puestos de trabajo similares a los nuestros y por supuesto, no ser jamás, abusadas, maltratadas, heridas, violadas o muertas, ni tener que mirar continuamente atrás, mientras ejercemos nuestro derecho de libre circulación por las calles, por si en algún momento somos atacadas por uno o varios individuos.
Exigimos, que se acabe inmediatamente el abuso de poder que permanece intacto en muchos de nuestros hogares y centros de trabajo, que termine el acoso a que venimos siendo sometidas en muchas ocasiones, por nuestros propios compañeros, que éstos hechos que relatamos sean inmediatamente reconocidos como gravísimos delitos y que se endurezcan las penas contra estos sujetos que anclados en la animalidad, todavía, a día de hoy, piensan sencillamente, que son nuestros dueños.
Esta brecha abierta entre los sexos, que permanece como un bastión inamovible, denigrando a las mujeres a la categoría de objetos, ha de ser, necesariamente, cerrada y es nuestra obligación procurar que se haga de la manera menos traumática posible, pero intentando, sin dar un solo paso atrás, que se haga con urgencia.
Yo soy hija de una mujer que empezó a trabajar a los nueve años para ayudar a la supervivencia familiar y que vivió, en condiciones durísimas, sin que nadie reconociera jamás, la trascendencia de su sacrificio. Soy, madre de dos hijas mujeres y abuela de una nieta que empieza a dar sus primeros pasos por el mundo, ignorando aún que por su condición, le negará las mismas oportunidades que tendrán los niños varones, si a día de hoy nos remitimos.
Por respeto a todas ellas y a mí misma y también por el que les debo a todas las mujeres con las que comparto emociones y sueños, afronto el día de mañana, con enorme ilusión y con la esperanza de que todas secundemos esta huelga de veinticuatro horas que puede cambiar el transcurso de nuestra historia futura y la herencia que dejemos a las que lleguen luego.
Por supuesto, mañana no estaré con ustedes. Estaré, poniendo mi grano de arena, para intentar parar el mundo.




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