Será el de mañana, un día histórico, en el que millones de
mujeres españolas iremos a una huelga organizada exclusivamente por nosotras y
para nuestra defensa, en la que trataremos de demostrar la certeza indiscutible
de que si nosotros paramos, se para inmediatamente el mundo y en la que
reclamaremos, a viva voz y sin rubores, una igualdad que se nos ha negado desde
la misma Prehistoria, en la que ya se decidió que la supremacía de los hombres
debía permanecer intocable y que la fuerza bruta otorgaría, indefectiblemente,
el poder a aquellos que la poseyeran, sometiendo a una esclavitud permanente a
un sexo que venía marcado, por sus características físicas, exclusivamente para
procrear y al que desde entonces, se ha intentado de mil formas posibles, vilipendiar,
por medio de todo tipo de violencia.
Es verdad, que a lo largo de los siglos, las mujeres nos
hemos ido rebelando contra la injusticia que contra nosotras se cometía y a la
que por cierto, las religiones han contribuido en gran manera, con sus dogmas y
sus idearios absolutamente concebidos para perpetuar la hegemonía de los
hombres y que a base de las duras batallas que nos hemos visto obligadas a
librar, afortunadamente, hemos ido ganando derechos hasta colocarnos en un
plano que nos va permitiendo demostrar que no sólo somos capaces de realizar
las mismas labores que tradicionalmente eran consideradas como “cosas de
hombres”, sino que en muchos casos, por nuestro afán de superación y nuestro
espíritu de sacrificio, hemos conseguido sacar una ventaja, que sin embargo,
nunca ha sido del todo reconocida y mucho menos, premiada, como realmente se
merece.
En este siglo XXI, en el que vivimos, hay que reconocer a boca
llena que las desigualdades entre sexos, son aún una constante que nos vemos obligadas
a soportar, en el ámbito laboral y en nuestros propios hogares y que cualquier iniciativa
para tratar de cambiar radicalmente esta situación, se ve inmediatamente
respondida por un recrudecimiento, consciente
o inconsciente, de violencia, quizá porque en el fondo, el hecho de
tener que ceder una buena parte de los privilegios que los hombres han disfrutado
durante siglos, activa unos mecanismos de defensa que mal gestionados, suelen
acabar en dramas de incalculables consecuencias, como ocurre en el caso del maltrato
o del terrorismo de género.
Mañana, las mujeres saldremos a las calles de todo el país, demandando
ocupar el lugar que en justicia, nos
pertenece, independientemente de nuestra edad, vivencia o condición y lo
haremos, en unidad, explorando nuevos caminos en una lucha que puede empezar a
ser diferente, pues el momento histórico que vivimos, nuestra manera de pensar
y opinar y nuestro imparable acceso a la educación, nos permite afrontar este
reto que se nos pone por delante, como una cuestión de mera dignidad, que
resulta ser innegociable y que nos ofrece nuevas armas con las que defendernos
de la desigualdad y el machismo.
Nuestras demandas son claras, justas y precisas y porque nos
asiste la razón, probablemente ha llegado el momento de ponerlas sobre la mesa
sin paliativos y sin miedo, aclarando, que no es ésta una lucha política, ni
partidista, ni de banderas y que los hombres, por su condición, no son ni serán
nuestros enemigos, sino personas a las que exigimos un trato de igualdad y el mismo respeto que exigiríamos para
ellos, en el caso de que estuvieran sufriendo una violación de sus derechos.
Queremos, poder caminar por la vida sin lastres que, por
nuestra condición de mujeres, nos impiden avanzar en todos los ámbitos, con la misma naturalidad
con que pueden hacerlo los hombres, compartir, al cincuenta por ciento con
ellos, las responsabilidades que se derivan del cuidado de los hijos y los
hogares, cobrar, exactamente los mismos salarios que perciben los que ocupan
puestos de trabajo similares a los nuestros y por supuesto, no ser jamás,
abusadas, maltratadas, heridas, violadas o muertas, ni tener que mirar
continuamente atrás, mientras ejercemos nuestro derecho de libre circulación
por las calles, por si en algún momento somos atacadas por uno o varios individuos.
Exigimos, que se acabe inmediatamente el abuso de poder que
permanece intacto en muchos de nuestros hogares y centros de trabajo, que
termine el acoso a que venimos siendo sometidas en muchas ocasiones, por
nuestros propios compañeros, que éstos hechos que relatamos sean inmediatamente
reconocidos como gravísimos delitos y que se endurezcan las penas contra estos sujetos
que anclados en la animalidad, todavía, a día de hoy, piensan sencillamente,
que son nuestros dueños.
Esta brecha abierta entre los sexos, que permanece como un
bastión inamovible, denigrando a las mujeres a la categoría de objetos, ha de
ser, necesariamente, cerrada y es nuestra obligación procurar que se haga de la
manera menos traumática posible, pero intentando, sin dar un solo paso atrás,
que se haga con urgencia.
Yo soy hija de una mujer que empezó a trabajar a los nueve
años para ayudar a la supervivencia familiar y que vivió, en condiciones durísimas,
sin que nadie reconociera jamás, la trascendencia de su sacrificio. Soy, madre
de dos hijas mujeres y abuela de una nieta que empieza a dar sus primeros pasos
por el mundo, ignorando aún que por su condición, le negará las mismas
oportunidades que tendrán los niños varones, si a día de hoy nos remitimos.
Por respeto a todas ellas y a mí misma y también por el que
les debo a todas las mujeres con las que comparto emociones y sueños, afronto
el día de mañana, con enorme ilusión y con la esperanza de que todas secundemos
esta huelga de veinticuatro horas que puede cambiar el transcurso de nuestra
historia futura y la herencia que dejemos a las que lleguen luego.
Por supuesto, mañana no estaré con ustedes. Estaré, poniendo
mi grano de arena, para intentar parar el mundo.

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