domingo, 11 de marzo de 2018

Otra historia de violencia

 
Este fin de Semana, en el que perduraba aún entre nosotros la borrachera de placer que nos había reportado el éxito rotundo de las manifestaciones que habíamos protagonizado las mujeres de este país, el pasado jueves, nos hemos visto, de repente, sobrecogidos por la terrible noticia de la aparición del cadáver del niño Gabriel, que  había desaparecido hace ya doce días,  de una pequeña pedanía perteneciente a la localidad de Nijar y al que los medios de seguridad y cientos de voluntarios, habían estado buscando incansablemente, sobre un terreno difícil y abrupto, sin dar lugar al desaliento.
La información, que nos llegaba como un jarro de agua fría, al haberse hallado el cuerpo del pequeño en el maletero del coche de la pareja de su propio padre y que daba como resultado la inmediata detención de esta persona, conmovía los sentimientos de la Sociedad en general, causando al mismo tiempo, una especie de incredulidad contenida, al no poder entender qué tipo de locura puede afectar, en un momento determinado, a una persona aparentemente normal, para robar la vida a un menor, con el que ha convivido durante algún tiempo y a poder fingir, durante los peores momentos que sin duda han debido sufrir sus familiares más cercanos, una  aparente preocupación, que hoy queda destrozada, por la espantosa evidencia de los hechos.
El ser humano, que suele tender por naturaleza a buscar una explicación medianamente lógica a cuánto sucede a su alrededor, tropieza de pronto de bruces, con sucesos que destruyen indefectiblemente, la consistencia de sus argumentos y hay acciones, que en sí mismas, escapan de cualquier línea de actuación imaginable, sobrepasando todos los límites de la racionalidad y demostrando que nuestra aparente cordura, es susceptible de ser vulnerada, en cualquier momento, por motivos que afortunadamente, desconocemos.
La detenida, que lo ha sido mientras intentaba trasladar el cadáver del niño, en el maletero de su propio coche y que hace unos días sorprendió a los más de quinientos voluntarios que rastreaban el terreno, con el supuesto hallazgo casual de una camiseta perteneciente al menor, cerca de una depuradora de la zona, ha permanecido al lado de su pareja y de la madre de Gabriel, impávida, durante los doce días que ha durado esta búsqueda a la desesperada, con un tipo de frialdad, que no deja de aterrorizar a los que desde el primer momento empatizamos con la angustia por la que deben haber pasado los padres y que parece impropia de una persona que ya pertenecía plenamente a un entorno familiar, que confiaba plenamente en la imposibilidad  de su participación en los hechos.
Qué puede llevar a una persona a tomar una decisión tan horripilante como ésta, es digno de ser minuciosamente analizado por un equipo de profesionales en pleno, pero la sola sospecha de que el móvil haya podido tener que ver con los celos o que su defensa para cometer esta deleznable locura pueda basarse en un relato de amor a su pareja y padre del pequeño, produce, en sí misma, una clase de incontrolable  indignación, que no hace, sino corroborar que este tipo de terrorismo doméstico , lo cometan hombres o mujeres, se está instalando cada vez con más fuerza en nuestra sociedad y que de algún modo, habrá que luchar por arbitrar algún tipo de solución, que detenga el error de entender las relaciones personales, como un tipo de posesión tiránica y violenta.
La pérdida de Gabriel y de todos los menores que son y han sido víctimas de sus propios progenitores o de gente sentimentalmente cercana a ellos, hace que se nos plantee la duda de hasta qué punto podemos, en el momento actual, permitir la convivencia de nuestros hijos con personas cuya situación ha cambiado de manera radical, después de una separación conyugal  y muy especialmente, si entran en juego terceras personas a las que aún no hemos podido conocer, por lo que quizá sería bueno que cuando se produce un divorcio, ambos cónyuges, e incluso sus nuevos compañeros, fueran obligatoriamente sometidos a una valoración psicológica, por si existieren indicios que desaconsejaran, al menos mientras curan las heridas, una relación que luego pudiera derivar en acciones, que ya no tendrían remedio.
Ya sé, que son éstos, afortunadamente, casos aislados y que en la mayor parte  de las ocasiones, las personas somos capaces de rehacer nuestras vidas, superando el trauma inicial que pueda causarnos una separación, en los primeros momentos, pero en este caso, los números, altos o bajos, no pueden restar importancia a la gravedad de los hechos acontecidos y merecen, al menos, por parte de los expertos y legisladores, la necesaria consideración para que crímenes como éstos, no vuelvan a repetirse jamás, pues los niños son precisamente, el colectivo más vulnerable de nuestra sociedad y también el bien más preciado con el que contamos, por la naturaleza de su inocencia.
A los padres de Gabriel, a los que se les ha roto irremediablemente la vida, al perder a su hijo en circunstancias tan espantosas, sólo cabe ofrecerles amor, solidaridad y respeto.
Hoy, no  podemos hacer otra cosa que acompañarles en su dolor. Pero mañana, exigir que se tomen las oportunas medidas que logren impedir que historias como estas se repitan, ha de ser una obligación, porque nadie está exento de encontrarse en el lugar que se encuentran ellos en estos momentos y  todos debemos poner nuestro grado de arena, para tratar de evitar más sufrimiento.
 

 

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