Este fin de Semana, en el que perduraba aún entre nosotros la
borrachera de placer que nos había reportado el éxito rotundo de las
manifestaciones que habíamos protagonizado las mujeres de este país, el pasado
jueves, nos hemos visto, de repente, sobrecogidos por la terrible noticia de la
aparición del cadáver del niño Gabriel, que
había desaparecido hace ya doce días,
de una pequeña pedanía perteneciente a la localidad de Nijar y al que
los medios de seguridad y cientos de voluntarios, habían estado buscando
incansablemente, sobre un terreno difícil y abrupto, sin dar lugar al
desaliento.
La información, que nos llegaba como un jarro de agua fría,
al haberse hallado el cuerpo del pequeño en el maletero del coche de la pareja
de su propio padre y que daba como resultado la inmediata detención de esta
persona, conmovía los sentimientos de la Sociedad en general, causando al mismo
tiempo, una especie de incredulidad contenida, al no poder entender qué tipo de
locura puede afectar, en un momento determinado, a una persona aparentemente
normal, para robar la vida a un menor, con el que ha convivido durante algún
tiempo y a poder fingir, durante los peores momentos que sin duda han debido
sufrir sus familiares más cercanos, una
aparente preocupación, que hoy queda destrozada, por la espantosa
evidencia de los hechos.
El ser humano, que suele tender por naturaleza a buscar una
explicación medianamente lógica a cuánto sucede a su alrededor, tropieza de
pronto de bruces, con sucesos que destruyen indefectiblemente, la consistencia
de sus argumentos y hay acciones, que en sí mismas, escapan de cualquier línea
de actuación imaginable, sobrepasando todos los límites de la racionalidad y
demostrando que nuestra aparente cordura, es susceptible de ser vulnerada, en
cualquier momento, por motivos que afortunadamente, desconocemos.
La detenida, que lo ha sido mientras intentaba trasladar el cadáver
del niño, en el maletero de su propio coche y que hace unos días sorprendió a
los más de quinientos voluntarios que rastreaban el terreno, con el supuesto
hallazgo casual de una camiseta perteneciente al menor, cerca de una depuradora
de la zona, ha permanecido al lado de su pareja y de la madre de Gabriel,
impávida, durante los doce días que ha durado esta búsqueda a la desesperada,
con un tipo de frialdad, que no deja de aterrorizar a los que desde el primer
momento empatizamos con la angustia por la que deben haber pasado los padres y
que parece impropia de una persona que ya pertenecía plenamente a un entorno
familiar, que confiaba plenamente en la imposibilidad de su participación en los hechos.
Qué puede llevar a una persona a tomar una decisión tan
horripilante como ésta, es digno de ser minuciosamente analizado por un equipo
de profesionales en pleno, pero la sola sospecha de que el móvil haya podido
tener que ver con los celos o que su defensa para cometer esta deleznable
locura pueda basarse en un relato de amor a su pareja y padre del pequeño,
produce, en sí misma, una clase de incontrolable indignación, que no hace, sino corroborar que
este tipo de terrorismo doméstico , lo cometan hombres o mujeres, se está
instalando cada vez con más fuerza en nuestra sociedad y que de algún modo,
habrá que luchar por arbitrar algún tipo de solución, que detenga el error de
entender las relaciones personales, como un tipo de posesión tiránica y
violenta.
La pérdida de Gabriel y de todos los menores que son y han
sido víctimas de sus propios progenitores o de gente sentimentalmente cercana a
ellos, hace que se nos plantee la duda de hasta qué punto podemos, en el momento
actual, permitir la convivencia de nuestros hijos con personas cuya situación
ha cambiado de manera radical, después de una separación conyugal y muy especialmente, si entran en juego
terceras personas a las que aún no hemos podido conocer, por lo que quizá sería
bueno que cuando se produce un divorcio, ambos cónyuges, e incluso sus nuevos
compañeros, fueran obligatoriamente sometidos a una valoración psicológica, por
si existieren indicios que desaconsejaran, al menos mientras curan las heridas,
una relación que luego pudiera derivar en acciones, que ya no tendrían remedio.
Ya sé, que son éstos, afortunadamente, casos aislados y que
en la mayor parte de las ocasiones, las
personas somos capaces de rehacer nuestras vidas, superando el trauma inicial
que pueda causarnos una separación, en los primeros momentos, pero en este
caso, los números, altos o bajos, no pueden restar importancia a la gravedad de
los hechos acontecidos y merecen, al menos, por parte de los expertos y
legisladores, la necesaria consideración para que crímenes como éstos, no
vuelvan a repetirse jamás, pues los niños son precisamente, el colectivo más
vulnerable de nuestra sociedad y también el bien más preciado con el que contamos,
por la naturaleza de su inocencia.
A los padres de Gabriel, a los que se les ha roto
irremediablemente la vida, al perder a su hijo en circunstancias tan
espantosas, sólo cabe ofrecerles amor, solidaridad y respeto.
Hoy, no podemos hacer otra cosa que acompañarles en
su dolor. Pero mañana, exigir que se tomen las oportunas medidas que logren
impedir que historias como estas se repitan, ha de ser una obligación, porque
nadie está exento de encontrarse en el lugar que se encuentran ellos en estos
momentos y todos debemos poner nuestro
grado de arena, para tratar de evitar más sufrimiento.

No hay comentarios:
Publicar un comentario