Tras un año frenético, en el que el problema catalán adquirió
repentinamente una importancia desmesurada, desbancando inexplicablemente a los
conflictos personales que han venido afectando a los ciudadanos durante los
terribles tiempos de la crisis, como si un halo de patriotismo obsoleto se
hubiera apoderado de pronto de las conciencias de las mayorías, poco a poco, parece que vamos despertando del
espejismo que creímos ver en la lejanía del paisaje y recobrando la razón que
perdimos, abducidos por una batalla que aún continúa sin encontrar un camino
por el que ser resuelta.
Ahora que amaina la tormenta y que ha quedado demostrado que
el asunto de la independencia no sólo resultaba ser una mera ilusión que ha
sido reprimida con dureza por los poderes del Estado, nos percatamos de que
este tiempo que hemos empleado en absurdas guerras de banderas y símbolos y en
enfrentarnos los unos con los otros, muchas veces, como si nos fuera la vida en
ello, no ha servido para sacarnos del oscuro pozo en el que nos encontrábamos
sumidos y que a nuestro alrededor, la gente continúa malviviendo en la misma
precariedad laboral que soportaba, antes de que diera comienzo el conflicto,
que los precios de productos fundamentales como la electricidad, el agua o el
gas, siguen disparándose sin que nadie les ponga freno, como cada primero de
año y que los sueldos permanecen estancados en unos niveles irrisorios que
nadie se atreve a discutir, por miedo a ser enviado directamente a unas colas
del INEM, que no premian en absoluto, las exacerbadas manifestaciones de
españolidad que algunos han protagonizado, en los últimos tiempos.
Los asuntos de corrupción, que aparecen a diario sumándose a
la larga lista que ya conocíamos todos y que no acaban de ser juzgados y
sentenciados por la justicia, pero que parecieron quedar relegados a un segundo
plano por la otra actualidad, son ahora retomados por los medios de
comunicación como si acabaran de producirse en estos momentos y hasta los parlamentarios
de la oposición, que no han hecho otra cosa durante este largo año, que prestar toda su atención a lo que sucedía en Catalunya,
vuelven a una carga que desde luego, jamás debieron abandonar, pues sería importante
defender que todos los delincuentes monetarios devolvieran la totalidad de lo
robado, a la mayor brevedad posible.
Comenzar la cuesta de Enero con un frío del demonio, vuelve a
convertirse para muchas familias en un auténtico infierno, porque nada se ha
hecho para resolver la pobreza energética y la opción de los alquileres se ha
disparado ahora que la banca ha perdido el filón que para ella supuso durante
muchos años el asunto de las hipotecas eternas, que alguna gente nunca podrá
terminar de pagar, bien porque perdieron el empleo, bien, porque su salario fue
degradado a niveles asiáticos, sin esperanza de poder recuperar el estado de
bienestar del que gozaban, en los tiempos de la bonanza que se fueron.
La epidemia de gripe, hacina a los enfermos en los pasillos
de los hospitales públicos, en los que nuestros excelentes profesionales no dan
abasto para atender las miles de urgencias que les llegan, porque aunque ya nadie
lo recuerde, sufrieron unas pérdidas de personal irreparables, cuando se
hicieron los recortes y nuestros escolares han vuelto de las vacaciones a unos
Centros gélidos en los que han de permanecer con los abrigos puestos, porque
las Delegaciones carecen de fondos para cubrir el presupuesto que debiera
dedicarse a calefacción, amén de otras carencias importantes, de las que no se
hablaba, casi desde que Mas decidiera reclamar su amada independencia.
Y por si fuera poco, el saqueo a que ha sido sometida la hucha
de las pensiones mantienen a nuestros ancianos con el alma en vilo, pues no
debemos olvidar que en muchos casos, son ellos los que salvaguardan la
economía de varias familias y perder de repente ese soporte, haría peligrar la
estabilidad del país, irremediablemente.
Así, que permítanme la osadía de no prestar demasiada
atención a lo que pueda ocurrirle al señor Puigdemont en Bruselas, ni tampoco a
cómo piensan solucionar la constitución del Parlament, en los próximos días,
los de uno y otro bando, porque sinceramente, en mi opinión, los asuntos que
conciernen a Catalunya, siendo como son importantes, no constituyen en
absoluto, una vía que pueda solucionar la multitud de problemas que se ciernen
a nuestro alrededor y me parece que ya hemos dedicado demasiadas horas de
nuestras vidas a este peliagudo asunto, que no parece tener remedio.
Habrá que luchar, porque mejoremos todos en general, haciendo
frente a las injusticias que contra este sufrido pueblo se cometen a diario impunemente
y habrá que hacerlo, por una evidente razón: no podemos ni queremos continuar
así y hemos desperdiciado un año entero, en el que tal vez, podríamos haber
ganado infinidad de cosas necesarias para nuestro sustento.
Quería, hacer un recordatorio de la interminable lista de
amargas vicisitudes que nos afligen y dejar claro, para quiénes lo quieran
entender, que el mundo ni empieza ni acaba en Catalunya. Afortunadamente,
existen otros muchos y diversos lugares donde la gente reclama su derecho
inalienable a vivir dignamente y habrá que combatir por ello.

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