A estas horas de la tarde y con un viento endiablado
recorriendo una gran parte de la península, todas las miradas de los medios se
dirigen al Parlament catalán, en dónde
mañana se intentará por todos los medios
celebrar una Sesión de investidura, sin que por el momento se sepa cuáles son
las intenciones del único candidato
propuesto, Carles Puigdemont , después de la resolución que adoptara el
Tribunal Constitucional, la noche del pasado sábado.
Todas las conjeturas que podamos hacer entre este momento y
las tres de la tarde del día de mañana, son meramente especulativas y nadie se
atreve a aventurar afirmaciones sobre cuál será la postura que finalmente
adopte el ex President de la Generalitat o si finalmente asumirá el riesgo que
podría suponer para él salir de Bruselas
y regresar a España, para hacer frente a las cuentas que tiene pendientes con
la justicia.
La jornada de mañana será, sin ningún género de dudas, una de
las más extrañas de cuántas hemos vivido, en la vida parlamentaria de este país,
desde que se instaurara la Democracia y desafía todas las reglas conocidas
hasta ahora por los ciudadanos, tiñendo de una sórdida anormalidad, un proceso
que debiera ser rutinario y esperanzador, como ha venido sucediendo en todas
nuestras Comunidades, cada vez que se elige un nuevo Presidente.
Tanto se ha tensado la cuerda, tanto se ha enrevesado este
proceso que incumbe sobre todo a los que habitan en tierras catalanas y tantas
cosas han sucedido en tan sólo el último año, que resulta prácticamente
imposible arriesgar un cálculo aproximado de lo que podría suceder en la Sesión
prevista para mañana o predecir, simplemente, si al menos llegará a celebrarse,
si finalmente Puigdemont decide no regresar, como parece probable, aunque no se
podría descartar tampoco, porque nada es seguro en estos tiempos.
La posición adoptada por los partidos independentistas,
descabezados en su totalidad, por el exilio de unos y la prisión de otros, es
sin embargo, firme y serena y al menos, de cara a la galería, no parecen estar
dispuestos a elegir otro candidato que no sea el acordado, por lo que esta
investidura podría alargarse, quizá, demasiado tiempo.
Estas horas de reflexión, de tensa espera, que todos aprovechan
para reafirmarse en lo dicho con anterioridad y para lanzar dardos envenenados
contra sus oponentes en esta absurda lucha de banderas y patrioterismo, deben
estar siendo vividas por los catalanes en general, piensen como piensen, con
grandes dosis de incertidumbre, pues si la investidura no se materializara en
la jornada de mañana, la aplicación del 155 podría prolongarse, sine die,
impidiendo una vuelta a la normalidad que resulta ser absolutamente necesaria
para que las Instituciones y Organismos catalanes recuperen un ritmo que
perdieron y que es vital para salir
adelante.
En su línea, el Presidente del Gobierno español deja que el tiempo
transcurra, medianamente satisfecho por el fallo del Constitucional, pero sin
hacer nada más, que forzar una vigilancia policial exhaustiva de fronteras,
calles y hasta cloacas, en un intento desesperado de impedir que Puigdemont
pudiera presentarse por sorpresa en un Parlament, en el que seguramente se le
permitiría hacerse fuerte, rodeado por una multitud de personas dispuestas a no
dejar que detuvieran, al que consideran como mártir de su causa.
Echando la vista atrás, este tipo de acciones no le han
salido demasiado bien a Rajoy y la colocación de las urnas el uno de octubre,
fue una prueba más que evidente de su fracaso, por lo que si fuera ésta la
opción elegida por los separatistas, su prestigio personal quedaría seriamente
dañado, probablemente esta vez, de manera irrecuperable.
Por otro lado, están los tribunales, que han vuelto a negar a
Junqueras y a Jordi Sánchez la posibilidad de poder hacer acto de presencia en
el pleno, pero que quizá, sintiéndose burlados por las mil circunstancias
acaecidas de un tiempo acá y resentidos contra el modo de actuar que ha caracterizado
a un separatismo que no acepta sus decisiones, harán todo lo posible porque se
cumpla estrictamente la Ley, sin ninguna contemplación hacia Puigdemont,
represente lo que represente.
El PSC, herido por los resultados obtenidos en las pasadas
elecciones, ha dado hoy un paso al frente, en un intento de anticiparse a la
hecatombe que se prevé para mañana y se ha atrevido a pedir, naturalmente en
contra de lo que opinan quiénes simpatizan con la causa independentista, un
aplazamiento de la Sesión prevista, aunque esta petición, podría volverse en
contra de las aspiraciones en Catalunya, de este Partido.
La expectación, que no puede ser mayor, preocupa y mucho por
las contingencias que pudieran producirse a partir de mañana y no puede, sino
generar además, una cierta inquietud, en lo que atañe al futuro de esta Catalunya
a la que tanto respetamos y queremos, aunque las cosas se hayan torcido entre
nosotros, últimamente.
Lo único que se puede hacer es esperar, a ver cómo se
desarrollan los acontecimientos y en estos momentos, rogar que alguna de las
partes ponga un poco de voluntad en recuperar la cordura, para poder salir de
este agujero negro que nos absorbe a todos, querámoslo o no, sin que se adivine
una brizna de luz que nos aporte un poco de esperanza, en este desierto.

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