La decisión del Tribunal Constitucional, que no permitirá Puigdemont
ser investido telemáticamente o por delegación en otra persona, pero que no
colma todas las expectativas que albergaba el Partido Popular, cuando
presentaba el recurso, admite sin embargo, que el candidato presentado por el
independentismo catalán pueda ser investido, si compareciera en el Parlament, por
lo que el ex President, ha optado por
solicitar permiso al juez Llerena, para poder estar presente en la sesión del
próximo Martes, sin que por el momento se sepa cuál
será la respuesta que reciba, dada la situación judicial en la que se
encuentra.
Naturalmente, los
conservadores y también los Ciudadanos
de Rivera esperaban una mayor
contundencia, por parte de los diez magistrados, que ayer tardaron casi ocho
horas en lograr un consenso, pues estaban prácticamente seguros de que el
Tribunal prohibiría tajantemente la posibilidad de que Puigdemont pudiera ser
candidato a la Presidencia de la Generalitat, pero el clima de tensión que se
ha extendido como la pólvora en la judicatura, en los últimos tiempos, ha hecho
que se optara por la moderación, en lugar de elegir un camino que sólo podría
haber acarreado, un nuevo recrudecimiento de los enfrentamientos.
Así que el gran triunfo que se han atribuido los populares está
lejos de ser auténticamente cierto y la verdad es que ahora todo vuelve a quedar
en manos de lo que diga el Juez encargado del caso, que se encuentra ante un
problema de extrema dificultad, que deberá quedar resuelto antes del Martes,
día fijado por el Parlament, para la sesión de investidura del nuevo President.
Porque si Llerena permite la presencia de Puigdemont, estaría
incurriendo en una especie de agravio comparativo que perjudicaría ostensiblemente
a Junqueras y a los demás encarcelados,
a los que se ha denegado la posibilidad de acudir al Parlament, justamente ese
mismo día, por lo que se crearía un malestar generalizado en la sociedad
catalana, haciendo prácticamente imposible la necesaria conciliación, que tanto
conviene arbitrar, en esta nueva etapa que se abre y que nace herida de
gravedad, por la naturaleza misma del conflicto.
Entretanto, en Afganistán, los talibanes perpetran uno de los
mayores atentados conocidos, en los últimos tiempos, que deja un centenar de
muertos y más de doscientos heridos en Kabul, una tragedia que empequeñece
hasta hacerlo casi invisible, esta especie de episodio esperpéntico que aquí
estamos viviendo.
En este Domingo de Enero, nos invade la sensación de que
estamos haciendo una gran montaña de un grano de arena y mirando lo que ocurre,
no tan lejos de nosotros, no puede, sino parecernos que en cierto sentido,
estamos haciendo el ridículo más espantoso, ante la ingente multitud de
personas que sufren a diario los espantosos efectos de las guerras.
Este enfrentamiento nuestro,
queda indiscutiblemente empequeñecido por la magnitud del drama que se
ven obligadas a vivir cientos de miles de personas y por la extrema violencia
en que se ven envueltos una serie de países, que no debieran sernos ajenos.
Mientras incurrimos en el error de adherirnos a una guerra de
banderas y territorios que no tiene otro sentido más que el de reclamar una identidad
y que bien podría resolverse por la vía del diálogo y la negociación, el terror
de las armas, el hambre, la miseria y la desolación, la destrucción paulatina
de un buen número de naciones y la degradación de sus muertos y sus
supervivientes, nos ofrecen un ejemplo preclaro de hasta dónde somos capaces de
llegar los hombres, cuando nos empecinamos en poseer, en exclusividad la razón,
para desgracia de nuestra propia especie.
Las noticias de ese holocausto inaceptable y de la situación
en que se encuentran los refugiados y los que huyen, como pueden de la
violencia y de las guerras, habrían de constituir, en sí mismas, una fuente
inmediata de reflexión, no sea que cuando nos queramos dar cuenta, nos
encontremos inmersos en una vorágine parecida a la que ellos sufren, siendo
como son, igual que nosotros, inocentes.
Contar la actualidad de mi país, no me reconcilia en
absoluto, con el horror que siento hacia lo que está ocurriendo. Es más, me avergüenza
enormemente estar hablando hoy de si Puigdemont estará o no el martes en Catalunya o de si el
Gobierno de Rajoy seguirá aplicando allí el 155, en caso de que apareciera.
Ojalá y todos los problemas de este mundo, fueran como éste
nuestro.

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