martes, 30 de enero de 2018

El precio de la arrogancia



Justo a las diez de la mañana, Roger Torrent, President de la mesa del Parlament de Catalunya, comparecía ante los medios para explicar que se había tomado la decisión de aplazar el pleno para la Investidura, previsto para las tres de esta tarde, hasta el momento en que se dieran las circunstancias precisas para que Carles Puigdemont pudiera ser nombrado President de la Generarlitat, aclarando literalmente, que el independentismo no se moverá ni un milímetro de la postura adoptada ni presentará a otro candidato que no sea el ex President, ahora exiliado en Bruselas.
 Desafiando en cierto modo, el fallo del Tribunal Constitucional o quizá, esperando que pasen los diez días previstos hasta que se resuelva el recurso presentado por el PdeCat, a Torrent no le ha temblado el pulso a la hora de reconocer su apoyo incondicional a las tesis defendidas por los separatistas, aunque esta decisión incide aún más, si cabe, en la  brecha abierta en la sociedad catalana, prolongando la incertidumbre que produce no saber qué puede ocurrir, a partir de ahora, con el futuro que les concierne.
A pesar de que han sido muchas las voces que pedían un cambio de candidato para la investidura, en vista de que las posibilidades de Puigdemont, parecen estar cada vez más agotadas, nadie ha querido escenificar, en vivo y en directo, sus discrepancias con el acuerdo adoptado por los dirigentes independentistas, temiendo quizá una reacción adversa de las masas enfervorizadas que siguen fielmente las consignas establecidas para intentar alcanzar el objetivo que les mueve.
Puede que Torrent tenga previsto iniciar conversaciones con  el Gobierno español, en los próximos días e incluso que esté verdaderamente convencido de poder conseguir superar todos los obstáculos que impiden a Puigdemont regresar de Bruselas, pero si el empecinamiento independentista se ha convertido en doctrina, el del Presidente español no será menor, sobre todo porque si cediera en estos momentos a lo que se le propone, todos estaríamos de acuerdo en decir que habría fracasado en sus tesis, estrepitosamente.
Así que estamos, exactamente dónde estábamos hace sólo unos meses, pero con una multitud de complicaciones añadidas, que enmarañan superlativamente la posibilidad de que Catalunya pueda recuperar la normalidad, en un breve espacio de tiempo.
Todo lo que se ha hecho, aplicación del 155 y celebración de elecciones incluidas, no ha servido absolutamente para nada, si no es para que se alargue en el tiempo el gravísimo enfrentamiento que sacude la médula de Catalunya y también del país y que nos aleja cada vez con más fuerza de la resolución del conflicto, ahondando en las diferencias que nos separan y convirtiéndolas casi en irreconciliables, como todos estamos viendo.
Podría ser incluso, que el Gobierno español moviera ficha dilatando la aplicación del 155, hasta dentro de un par de años, a ver si las cosas se tranquilizan, pues como bien sabemos, Rajoy suele confiar en que el paso del tiempo produzca un desgaste en los acontecimientos que generaron los problemas, dulcificando el fragor de los primeros momentos y concediéndole la oportunidad de buscar una solución conveniente para sus intereses, cuando mejo le cuadre.
El hartazgo que produce la eternización que está sufriendo este conflicto en el Estado español, bien podría contagiarse a los partidarios del separatismo, haciendo decaer de manera considerable el ímpetu y la ilusión con que afrontaron el transcurso del proces y haciéndoles desear que se arbitre un camino para que las Instituciones catalanas vuelvan a manos nativas, en lugar de ser gobernadas por políticos procedentes del Partido Popular, como ocurre en estos momentos.
Así que el aplazamiento dictado por la mesa esta mañana, podría volverse en su contra, definitivamente y sólo el milagro de que el Constitucional fallase a favor de los independentistas, cosa hartamente improbable, lograría que las aspiraciones expuestas por Torrent pudieran hacerse efectivas, coronando a Puigdemont como President.
Entretanto, los comentarios de la calle, empiezan a sugerir que el exiliado debería echarse a un lado, si su amor por Catalunya es cierto y permitir que fuera nombrado cualquier otro candidato, con tal de acabar a la mayor brevedad posible, con la humillación de depender directamente de las decisiones de los conservadores, que sólo representan a una minoría testimonial, en el Parlament de Catalunya.
Ya veremos. Pero el camino, en lugar de allanarse, se ha llenado de nuevos escollos que hacen impracticable recorrerlo, con la concordia que sería necesaria, para poder cerrar una herida que momentáneamente, sangra y empeora considerablemente.
Las dotes de los políticos implicados en esta historia, quedan definitivamente en entredicho y se podría afirmar, sin temor a equivocarse, que ninguno de ellos nació para afrontar el arte de la diplomacia, tan necesario para limar asperezas.




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