Justo a las diez de la mañana, Roger Torrent, President de la
mesa del Parlament de Catalunya, comparecía ante los medios para explicar que
se había tomado la decisión de aplazar el pleno para la Investidura, previsto
para las tres de esta tarde, hasta el momento en que se dieran las circunstancias
precisas para que Carles Puigdemont pudiera ser nombrado President de la Generarlitat,
aclarando literalmente, que el independentismo no se moverá ni un milímetro de
la postura adoptada ni presentará a otro candidato que no sea el ex President,
ahora exiliado en Bruselas.
Desafiando en cierto
modo, el fallo del Tribunal Constitucional o quizá, esperando que pasen los
diez días previstos hasta que se resuelva el recurso presentado por el PdeCat,
a Torrent no le ha temblado el pulso a la hora de reconocer su apoyo
incondicional a las tesis defendidas por los separatistas, aunque esta decisión
incide aún más, si cabe, en la brecha
abierta en la sociedad catalana, prolongando la incertidumbre que produce no saber
qué puede ocurrir, a partir de ahora, con el futuro que les concierne.
A pesar de que han sido muchas las voces que pedían un cambio
de candidato para la investidura, en vista de que las posibilidades de
Puigdemont, parecen estar cada vez más agotadas, nadie ha querido escenificar,
en vivo y en directo, sus discrepancias con el acuerdo adoptado por los
dirigentes independentistas, temiendo quizá una reacción adversa de las masas
enfervorizadas que siguen fielmente las consignas establecidas para intentar
alcanzar el objetivo que les mueve.
Puede que Torrent tenga previsto iniciar conversaciones
con el Gobierno español, en los próximos
días e incluso que esté verdaderamente convencido de poder conseguir superar
todos los obstáculos que impiden a Puigdemont regresar de Bruselas, pero si el
empecinamiento independentista se ha convertido en doctrina, el del Presidente
español no será menor, sobre todo porque si cediera en estos momentos a lo que se
le propone, todos estaríamos de acuerdo en decir que habría fracasado en sus
tesis, estrepitosamente.
Así que estamos, exactamente dónde estábamos hace sólo unos
meses, pero con una multitud de complicaciones añadidas, que enmarañan
superlativamente la posibilidad de que Catalunya pueda recuperar la normalidad,
en un breve espacio de tiempo.
Todo lo que se ha hecho, aplicación del 155 y celebración de
elecciones incluidas, no ha servido absolutamente para nada, si no es para que
se alargue en el tiempo el gravísimo enfrentamiento que sacude la médula de Catalunya
y también del país y que nos aleja cada vez con más fuerza de la resolución del
conflicto, ahondando en las diferencias que nos separan y convirtiéndolas casi
en irreconciliables, como todos estamos viendo.
Podría ser incluso, que el Gobierno español moviera ficha dilatando
la aplicación del 155, hasta dentro de un par de años, a ver si las cosas se tranquilizan,
pues como bien sabemos, Rajoy suele confiar en que el paso del tiempo produzca
un desgaste en los acontecimientos que generaron los problemas, dulcificando el
fragor de los primeros momentos y concediéndole la oportunidad de buscar una
solución conveniente para sus intereses, cuando mejo le cuadre.
El hartazgo que produce la eternización que está sufriendo
este conflicto en el Estado español, bien podría contagiarse a los partidarios
del separatismo, haciendo decaer de manera considerable el ímpetu y la ilusión
con que afrontaron el transcurso del proces y haciéndoles desear que se arbitre
un camino para que las Instituciones catalanas vuelvan a manos nativas, en
lugar de ser gobernadas por políticos procedentes del Partido Popular, como
ocurre en estos momentos.
Así que el aplazamiento dictado por la mesa esta mañana,
podría volverse en su contra, definitivamente y sólo el milagro de que el
Constitucional fallase a favor de los independentistas, cosa hartamente
improbable, lograría que las aspiraciones expuestas por Torrent pudieran
hacerse efectivas, coronando a Puigdemont como President.
Entretanto, los comentarios de la calle, empiezan a sugerir
que el exiliado debería echarse a un lado, si su amor por Catalunya es cierto y
permitir que fuera nombrado cualquier otro candidato, con tal de acabar a la
mayor brevedad posible, con la humillación de depender directamente de las
decisiones de los conservadores, que sólo representan a una minoría
testimonial, en el Parlament de Catalunya.
Ya veremos. Pero el camino, en lugar de allanarse, se ha llenado
de nuevos escollos que hacen impracticable recorrerlo, con la concordia que
sería necesaria, para poder cerrar una herida que momentáneamente, sangra y
empeora considerablemente.
Las dotes de los políticos implicados en esta historia,
quedan definitivamente en entredicho y se podría afirmar, sin temor a
equivocarse, que ninguno de ellos nació para afrontar el arte de la diplomacia,
tan necesario para limar asperezas.

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