Abandona Artur Mas la presidencia de su Partido, alegando que
sus problemas judiciales no le permiten, en el momento actual, una asunción
plena de las responsabilidades que conlleva el cargo, aunque las razones que
esgrime no terminan de convencer a los que han seguido la deriva que ha ido
tomando el problema catalán y las actitudes que han caracterizado, hasta ahora, a los que han
sido considerados como sus principales protagonistas.
La verdad es que los resultados electorales, aunque han
consolidado la fuerza que poseen los
partidos independentistas, no han alcanzado esas cotas que imaginaban en sus
mejores sueños los que consideraban que sus partidarios podrían aportarles una
cifra que superara, con mucho, el ansiado cincuenta por ciento y han tenido que
conformarse, no sólo con la cruda realidad de quedarse aproximadamente con un
cuarenta y siete, sino que además, han debido sentirse profundamente
defraudados por el vertiginosos crecimiento que ha experimentado Ciudadanos en
un territorio que ya consideraban como suyo, ganando, en números reales, los
comicios.
Así que aquella unión que pareció ser para siempre, entre líderes
y Formaciones ideológicamente tan distintas y los caminos tomados después por
los que las capitaneaban, en sentidos diametralmente opuestos, han comenzado a
horadar unos cimientos que se construyeron de manera precipitada, con el único
fin de poder lograr la independencia, que ahora se resienten, cuando llega la
disyuntiva de tener que constituir el Parlament y los candidatos a ocupar la
Presidencia de la Generalitat se encuentran, uno en Bruselas y otro en prisión,
creándose un conflicto de intereses, cuyas consecuencias no podemos augurar
todavía, por mucho que lo intentemos.
Porque en la vida real, si Puigdemont se atreviera a cruzar
la frontera y entrase en territorio español sería inmediatamente detenido y a
una gran mayoría de políticos catalanes, aunque pretenden aparentar normalidad,
no les parece serio que un President sea investido a través de una imagen de
plasma, es natural que se hayan empezado a barajar tácitamente, pero con firmeza,
otras posibilidades, aunque la segunda opción, la de Junqueras, tampoco es que
ofrezca demasiadas garantías, a no ser que fuera puesto inmediatamente en
libertad, cosa que parece, al menos por ahora, bastante improbable.
Dicen que Artur Mas y también Carles Mundó, que renunció ayer
mismo a su acta de diputado para abandonar la política, han sido los primeros
en apartarse de una línea de actuación fuertemente idealizada por la naturaleza
de unos sentimientos que no se corresponden con la cruda realidad que se cierne
sobre Catalunya y que hubieran preferido, como otros muchos que seguramente les
seguirán, apostar porque Puigdemont renunciara a la Presidencia, optando por
otro candidato que pudiera dirigir el mandato in situ, libre de cargas
judiciales y abandonando, de momento, la idea de volver a reclamar la frustrada
idea de la independencia.
Pero el ex President no parece dispuesto a renunciar
fácilmente a sus ínfulas de poder, pensando cómo piensa que su estancia en
Bruselas es una especie de exilio dorado en el que recibir a unos y a otros,
dirigiendo las operaciones que fueran menester desde la distancia, como un
auténtico héroe de la causa a la que representa y continúa empeñado en un proyecto que quedó absolutamente frustrado
por la aplicación del 155 y que no tiene otra salida que apartar un pasado que
nunca volverá y afrontar el futuro con cierta seriedad, si de verdad lo que
importa es lo que pueda ocurrir en Catalunya.
No parece siquiera importarle la suerte que puedan correr los
encarcelados, como Junqueras o los Jordis, pues no basta con lucir una gran
bufanda amarilla para lograr su libertad, decisión que corresponde únicamente a
los jueces, aunque su opción de permanecer en Bruselas, sin afrontar sus
asuntos judiciales, perjudica sin duda y mucho, a esta causa, por ahora
perdida.
La impresión que da y
así han debido entenderlo todos aquellos que como Gabriel Rufián se han atrevido
a sugerir que habría que buscar rápidamente otra salida, es la de estar viviendo
un sueño de gloria que le ha catapultado a una popularidad que jamás hubiera
obtenido, de haber permanecido en el
país y que le produce una satisfacción personal a la que no está dispuesto a
renunciar, por nada del mundo.
Crecido por esta razón y a gusto en su santuario particular,
lejos de detractores y toda clase de disidentes, Puigdemont podría vivir así
toda la vida y más aún, si lograse, del modo que fuere, ser finalmente investido
President.
Habría que preguntar a Junqueras lo que opina sobre este
asunto y si verdaderamente está dispuesto a soportar estoicamente una larga
estancia en prisión, en dónde las condiciones de habitabilidad y confort, no
deben parecerse en nada a las que disfruta Puigdemont en el exilio.
Todo está sin embargo, por decidir y el final de esta historia,
el comienzo de esta nueva etapa que aguarda a Catalunya, se podría escribir de
mil maneras distintas, aunque a nadie parece importar realmente el destino de las
personas que la habitan.

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