miércoles, 10 de enero de 2018

Profundos desacuerdos




Abandona Artur Mas la presidencia de su Partido, alegando que sus problemas judiciales no le permiten, en el momento actual, una asunción plena de las responsabilidades que conlleva el cargo, aunque las razones que esgrime no terminan de convencer a los que han seguido la deriva que ha ido tomando el problema catalán y las actitudes que han  caracterizado, hasta ahora, a los que han sido considerados como sus principales protagonistas.
La verdad es que los resultados electorales, aunque han consolidado la fuerza que poseen  los partidos independentistas, no han alcanzado esas cotas que imaginaban en sus mejores sueños los que consideraban que sus partidarios podrían aportarles una cifra que superara, con mucho, el ansiado cincuenta por ciento y han tenido que conformarse, no sólo con la cruda realidad de quedarse aproximadamente con un cuarenta y siete, sino que además, han debido sentirse profundamente defraudados por el vertiginosos crecimiento que ha experimentado Ciudadanos en un territorio que ya consideraban como suyo, ganando, en números reales, los comicios.
Así que aquella unión que pareció ser para siempre, entre líderes y Formaciones ideológicamente tan distintas y los caminos tomados después por los que las capitaneaban, en sentidos diametralmente opuestos, han comenzado a horadar unos cimientos que se construyeron de manera precipitada, con el único fin de poder lograr la independencia, que ahora se resienten, cuando llega la disyuntiva de tener que constituir el Parlament y los candidatos a ocupar la Presidencia de la Generalitat se encuentran, uno en Bruselas y otro en prisión, creándose un conflicto de intereses, cuyas consecuencias no podemos augurar todavía, por mucho que lo intentemos.
Porque en la vida real, si Puigdemont se atreviera a cruzar la frontera y entrase en territorio español sería inmediatamente detenido y a una gran mayoría de políticos catalanes, aunque pretenden aparentar normalidad, no les parece serio que un President sea investido a través de una imagen de plasma, es natural que se hayan empezado a barajar tácitamente, pero con firmeza, otras posibilidades, aunque la segunda opción, la de Junqueras, tampoco es que ofrezca demasiadas garantías, a no ser que fuera puesto inmediatamente en libertad, cosa que parece, al menos por ahora, bastante improbable.
Dicen que Artur Mas y también Carles Mundó, que renunció ayer mismo a su acta de diputado para abandonar la política, han sido los primeros en apartarse de una línea de actuación fuertemente idealizada por la naturaleza de unos sentimientos que no se corresponden con la cruda realidad que se cierne sobre Catalunya y que hubieran preferido, como otros muchos que seguramente les seguirán, apostar porque Puigdemont renunciara a la Presidencia, optando por otro candidato que pudiera dirigir el mandato in situ, libre de cargas judiciales y abandonando, de momento, la idea de volver a reclamar la frustrada idea de la independencia.
Pero el ex President no parece dispuesto a renunciar fácilmente a sus ínfulas de poder, pensando cómo piensa que su estancia en Bruselas es una especie de exilio dorado en el que recibir a unos y a otros, dirigiendo las operaciones que fueran menester desde la distancia, como un auténtico héroe de la causa a la que representa y continúa empeñado en  un proyecto que quedó absolutamente frustrado por la aplicación del 155 y que no tiene otra salida que apartar un pasado que nunca volverá y afrontar el futuro con cierta seriedad, si de verdad lo que importa es lo que pueda ocurrir en Catalunya.
No parece siquiera importarle la suerte que puedan correr los encarcelados, como Junqueras o los Jordis, pues no basta con lucir una gran bufanda amarilla para lograr su libertad, decisión que corresponde únicamente a los jueces, aunque su opción de permanecer en Bruselas, sin afrontar sus asuntos judiciales, perjudica sin duda y mucho, a esta causa, por ahora perdida.
 La impresión que da y así han debido entenderlo todos aquellos que como Gabriel Rufián se han atrevido a sugerir que habría que buscar rápidamente otra salida, es la de estar viviendo un sueño de gloria que le ha catapultado a una popularidad que jamás hubiera obtenido, de haber permanecido en  el país y que le produce una satisfacción personal a la que no está dispuesto a renunciar, por nada del mundo.
Crecido por esta razón y a gusto en su santuario particular, lejos de detractores y toda clase de disidentes, Puigdemont podría vivir así toda la vida y más aún, si lograse, del modo que fuere, ser finalmente investido President.
Habría que preguntar a Junqueras lo que opina sobre este asunto y si verdaderamente está dispuesto a soportar estoicamente una larga estancia en prisión, en dónde las condiciones de habitabilidad y confort, no deben parecerse en nada a las que disfruta Puigdemont  en el exilio.
Todo está sin embargo, por decidir y el final de esta historia, el comienzo de esta nueva etapa que aguarda a Catalunya, se podría escribir de mil maneras distintas, aunque a nadie parece importar realmente el destino de las personas que la habitan.




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