lunes, 15 de enero de 2018

Dicen que la distancia es el olvido



Mientras la sentencia del caso Palau  condena a Convergencia a pagar casi siete millones de euros por el cobro de comisiones en la adjudicación de obras públicas, Puigdemont no parece estar dispuesto a renunciar a la absurda quimera de ser investido President de la Generalitat, en su amado retiro de Bruselas y permanece enrocado en la postura que ha venido manteniendo desde que conociera el resultado de las ajetreadas elecciones en Catalunya, consiguiendo superar en número de votos al que fuera su Vicepresidente, Oriol Junqueras, que permanece en prisión, a pesar de varios intentos fallidos para  lograr una libertad, que de momento, el juez no está dispuesto a concederle.
Advertido por activa y por pasiva de que sus intenciones resultan ser prácticamente imposibles y avisado por sus propios servicios jurídicos de  lo insostenible que resulta su plan, Puigdemont continúa viviendo una agradable realidad paralela, en la que su fiel cohorte de admiradores le rinde periódicamente pleitesía y en la que se mantiene, como un Emperador, sentado en el trono que ha creado para sí mismo, coronado por los laureles efímeros de una fama ganada a base de un discurso que sin embargo, en su propio territorio, ha quedado sin duda, obsoleto.
Cada nuevo movimiento que hace, cada intervención ante las cámaras de las televisiones que aún muestran interés por lo que tiene que contar y cada paso que da, en el  mundo de fantasía de su recién proclamada República, como la creación de una página Web o la misteriosa llamada de una de sus abogados al equipo del Juez encargado de su caso, perjudica sin embargo, de manera considerable a la causa de quiénes permanecen encarcelados preventivamente, pues agotar la paciencia de los encargados de administrar justicia en España ha de tener necesariamente un límite y ha quedado muy claro que nadie está dispuesto a plegarse a sus reiteradas exigencias.
Muchas son las voces que claman, abierta o tácitamente, porque Puarigdemont se eche a un lado, para que pueda arbitrarse una solución al problema de la investidura que viene y esa aparente unidad de criterio que mantuvieron los Partidos encargados de gestionar el proces, ha estallado estrepitosamente provocando mil y un daños colaterales, que no obstante,  no parecen afectar, ni física, ni moralmente, a quien se considera a sí mismo, como caudillo del movimiento independentista.
Porque renunciar a la idea de ser telemáticamente investido Presidente, supondría para Puigdemont quedar relegado a una deshonrosa segunda fila, en la que la popularidad adquirida en estos últimos meses, desaparecería de inmediato, condenándole a un ostracismo absolutamente indeseable para quien ha tocado el cielo de la notoriedad, aunque sea de manera efímera y también, porque los postulados que ha venido defendiendo tan enfáticamente, serían a inmediatamente reemplazados por otros mucho menos convenientes para su futuro, obligándole a tener que decidir si prefiere permanecer, sine die, en Bruselas, o regresar a España, en la que le esperaría una inmediata detención, como todos sabemos.
Y sin embargo, mientras estas cosas suceden, sus compañeros de aventuras permanecen encarcelados, en unas condiciones que en nada deben parecerse a las que él mismo disfruta en Bruselas y el destino de su bien amada Catalunya, para la que dice vivir, pende de un hilo, en un ambiente absolutamente enrarecido, en el que se mezclan los sentimientos encontrados de gente que hasta hace bien poco tiempo, convivía en perfecta armonía.
Poco o nada deben importar a Puigdemont estas circunstancias adversas, cada vez que juega una mala pasada a los que esperan en las cárceles poder retomar sus caminos, dejando atrás los malos momentos, por no hablar de lo que deben opinar, a estas alturas, los millones de ciudadanos que confiaron en su gestión y que ahora se ven defraudados por el cariz que están tomando los acontecimientos.

El futuro que aguarda a esta Catalunya, en la que al que fuera su President parece interesar mucho más su propio prestigio personal que el bienestar de los catalanes, no puede ser más desalentador. También en este territorio, está claro que nadie está dispuesto a renunciar al poder, aunque para ello las personas hayan de soportar toda clase de vejaciones y sufrimientos.

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