Mientras
la sentencia del caso Palau condena a
Convergencia a pagar casi siete millones de euros por el cobro de comisiones en
la adjudicación de obras públicas, Puigdemont no parece estar dispuesto a
renunciar a la absurda quimera de ser investido President de la Generalitat, en
su amado retiro de Bruselas y permanece enrocado en la postura que ha venido
manteniendo desde que conociera el resultado de las ajetreadas elecciones en
Catalunya, consiguiendo superar en número de votos al que fuera su Vicepresidente,
Oriol Junqueras, que permanece en prisión, a pesar de varios intentos fallidos
para lograr una libertad, que de
momento, el juez no está dispuesto a concederle.
Advertido
por activa y por pasiva de que sus intenciones resultan ser prácticamente
imposibles y avisado por sus propios servicios jurídicos de lo insostenible que resulta su plan,
Puigdemont continúa viviendo una agradable realidad paralela, en la que su fiel
cohorte de admiradores le rinde periódicamente pleitesía y en la que se
mantiene, como un Emperador, sentado en el trono que ha creado para sí mismo,
coronado por los laureles efímeros de una fama ganada a base de un discurso que
sin embargo, en su propio territorio, ha quedado sin duda, obsoleto.
Cada
nuevo movimiento que hace, cada intervención ante las cámaras de las
televisiones que aún muestran interés por lo que tiene que contar y cada paso que
da, en el mundo de fantasía de su recién
proclamada República, como la creación de una página Web o la misteriosa
llamada de una de sus abogados al equipo del Juez encargado de su caso,
perjudica sin embargo, de manera considerable a la causa de quiénes permanecen
encarcelados preventivamente, pues agotar la paciencia de los encargados de
administrar justicia en España ha de tener necesariamente un límite y ha quedado
muy claro que nadie está dispuesto a plegarse a sus reiteradas exigencias.
Muchas
son las voces que claman, abierta o tácitamente, porque Puarigdemont se eche a
un lado, para que pueda arbitrarse una solución al problema de la investidura
que viene y esa aparente unidad de criterio que mantuvieron los Partidos
encargados de gestionar el proces, ha estallado estrepitosamente provocando mil
y un daños colaterales, que no obstante, no parecen afectar, ni física, ni moralmente,
a quien se considera a sí mismo, como caudillo del movimiento independentista.
Porque
renunciar a la idea de ser telemáticamente investido Presidente, supondría para
Puigdemont quedar relegado a una deshonrosa segunda fila, en la que la
popularidad adquirida en estos últimos meses, desaparecería de inmediato,
condenándole a un ostracismo absolutamente indeseable para quien ha tocado el
cielo de la notoriedad, aunque sea de manera efímera y también, porque los
postulados que ha venido defendiendo tan enfáticamente, serían a inmediatamente
reemplazados por otros mucho menos convenientes para su futuro, obligándole a
tener que decidir si prefiere permanecer, sine die, en Bruselas, o regresar a
España, en la que le esperaría una inmediata detención, como todos sabemos.
Y
sin embargo, mientras estas cosas suceden, sus compañeros de aventuras
permanecen encarcelados, en unas condiciones que en nada deben parecerse a las
que él mismo disfruta en Bruselas y el destino de su bien amada Catalunya, para
la que dice vivir, pende de un hilo, en un ambiente absolutamente enrarecido,
en el que se mezclan los sentimientos encontrados de gente que hasta hace bien
poco tiempo, convivía en perfecta armonía.
Poco
o nada deben importar a Puigdemont estas circunstancias adversas, cada vez que
juega una mala pasada a los que esperan en las cárceles poder retomar sus
caminos, dejando atrás los malos momentos, por no hablar de lo que deben
opinar, a estas alturas, los millones de ciudadanos que confiaron en su gestión
y que ahora se ven defraudados por el cariz que están tomando los
acontecimientos.
El futuro que aguarda a esta Catalunya, en la que al
que fuera su President parece interesar mucho más su propio prestigio personal
que el bienestar de los catalanes, no puede ser más desalentador. También en
este territorio, está claro que nadie está dispuesto a renunciar al poder,
aunque para ello las personas hayan de soportar toda clase de vejaciones y
sufrimientos.

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