jueves, 29 de septiembre de 2016

Una herida incurable


Tras la gravísima tormenta desatada por la dimisión de los críticos del PSOE ayer por la tarde y sin haber conseguido, a pesar del golpe de mano, que Pedro Sánchez presente su dimisión, como seguramente habrían previsto, con la intención de hacerse torticeramente con el poder, el conflicto permanece anclado en un tenso compás de espera, para gozo de todos aquellos cuya misión no era otra que fragmentar a los socialistas, como ha de ser necesariamente el caso de Albert Rivera y Mariano Rajoy, que han hecho todo lo posible para provocar el hundimiento.
Puede estar satisfecha la derecha en general, con lo que le ocurre a su principal enemigo político y deben, a juzgar por las circunstancias, estar frotándose las manos al ver mucho más cerca la investidura de Rajoy, ahora que el acoso de sus compañeros, ha terminado por colocar a Sánchez contra las cuerdas y todo hace pensar que el triunfo de los partidarios de Susana Díaz, es inminente.
Nunca hubiéramos creído los españoles que llegaríamos a ver a Felipe González apoyando las tesis de la derecha, pero la evidencia de los hechos pone en claro que la erótica del poder acaba por corromper hasta la más estricta de las conciencias, ni tampoco pensábamos que la ambición de Susana Díaz  podía llegar hasta el punto de producir un auténtico cisma en su Partido, aunque su cobardía le haya impedido aún, a la hora que escribo este artículo, dar la cara ante los ciudadanos, para explicar que como todos sabemos, es la principal instigadora de lo que ocurrió en la tarde de ayer, en la que por cierto, permaneció atrincherada en Sevilla, llegando incluso a suspender todas las apariciones públicas que tenía previstas.
No contaban sin embargo los sublevados, con que Sánchez tuviera el atrevimiento de permanecer en el cargo, a pesar del golpe recibido, ni que esa gestora con la que contaban, a estas horas, no haya sido aún creada, aunque sólo sea porque existen dudas sobre la interpretación legal de los argumentos.
Así que lo que en principio pensaron que podía ser un camino de rosas, para su ascensión a un  poder, al que pensaban acceder utilizando incluso el nombre de algún muerto, se ha convertido en una tortuosa senda repleta de obstáculos infranqueables, que están al menos, retrasando considerablemente, la primera parte de su asalto a los cielos.
El vergonzoso espectáculo protagonizado por este grupo de sediciosos, que ignorando la soberana voluntad de su militancia, se atreven a destrozar las vías democráticas previstas para casos como éste, viene sin embargo a clarificar meridianamente, cuál es el pensamiento de cada cual, en el seno de este Partido y pone en evidencia que las intenciones de los rebeldes, con respecto a la  autoridad de su Secretario General, nunca fueron del todo decentes.
Les ha perjudicado sin embargo, haber perdido la paciencia, quizá por haber caído en la cuenta de que la figura de transición que siempre vieron en Sánchez, adolecía de la sumisión que se le presupuso en un primer momento y al final, no les ha quedado otro remedio que destapar sus cartas, de la peor manera posible, aún a costa de precipitar los estertores agónicos de un Partido, gravemente enfermo, a causa de la derechización que ellos mismos han venido propiciando, en los últimos tiempos.
Porque si al final vencen en esta guerra civil y se confirma por ello, la abstención del PSOE, en una próxima investidura del candidato del PP, no habrán hecho, sino convertirse en esclavos de Rivera y Rajoy y no sólo durante la próxima legislatura, sino tal vez, para siempre. Será entonces el momento de la entrada triunfal de Susana Díaz en la política nacional, asumiendo el papel de gran salvadora de Patria y Partido y al mismo tiempo, el principio de la caída a los infiernos del PSOE, al que dice defender, pues sus logros en Andalucía no garantiza su triunfo en el resto de un País, conformado, como todos sabemos, por  territorios de idiosincrasia tan diversa.
Y, ¿qué pasará si los resultados del PSOE, en próximas elecciones, no llegan a ser todo lo buenos que la ambición de Susana Díaz supone, cegada por esa vanidad personal que la pierde? ¿A quién culpará entonces del fracaso, no estando ya Pedro Sánchez, para ser utilizado como cabeza de turco y causante de todas las pérdidas?
¿Se atreverá entonces a pactar abiertamente con el PP? ¿Defenestrará a todo aquel que se oponga a sus tesis? ¿Podrá contar con el apoyo incondicional de González, también en horas bajas?
Bastaría con echar una mirada al arco político nacional para comprender que la señora Díaz, parece no haber contado con el fuerte adversario que tiene a su izquierda.
Su desprecio hacia Podemos, le ha impedido sin duda ver que los electores de izquierdas, cuentan ahora con otras opciones que no pasan por continuar siendo cautivos del voto socialista.
El tiempo, cómo no, acabará por colocar a cada cual en el sitio que le corresponde y puede que el de Susana Diaz, que hoy se vanagloria de un triunfo que como todos, será efímero, no esté precisamente en la Moncloa, sino detrás de alguna columna, en el gallinero del Congreso.




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