Recordando al añorado José Saramago, que con su pesimismo
natural no era capaz de augurar un buen futuro para la humanidad, pero que sin
embargo, conseguía hacerla feliz con la lectura de los libros que escribía,
ayudándola a reflexionar seriamente sobre lo terrenal y lo divino, afronto el
tiempo que se nos sobreviene, en primer lugar, con la tristeza de comprobar que
nada a ha mejorado en absoluto, para la mayoría de la gente que nos rodea, pero
a la vez, con la esperanza de que la lucidez consiga derrotar a la cerrazón que
se advierte en muchos de los que gobiernan nuestros destinos, ayudándoles a
pensar que esto de la política no ha de ir nunca en función de los intereses
personales, sino a favor de un bien común, que logre finalmente aliviar lo más
posible, el sufrimiento de la gente.
Paseando hace pocos días entre el bullicio estridente de las
Fiestas de Bilbao, características por sus excesos gastronómicos y de todos
aquellos con los que se pueda hacer alarde de que esta parte del territorio no ha sido, en
absoluto, tocada por los efectos de la crisis, pensaba yo, en la poca
solidaridad que todos demostramos con las tragedias que sufren otros seres
humanos como nosotros y en el poco esfuerzo que dedicamos a reflexionar sobre
cuál puede ser la manera de hacer más fácil la vida a las mayorías, sin
permitir que nuestras reivindicaciones queden acotadas por idiomas ni
fronteras.
La alegría desbordante de los que se movían junto a mí y la
tremenda politización presente en cada calle del País Vasco, indistintamente de
que esa calles se encuentren ubicadas en grandes ciudades o pequeños pueblos,
me hicieron, eso sí, desear que todos los que circulábamos en esos momentos por
allí, nos viéramos, de algún modo, contagiados por ese espíritu de lucha que
independientemente de las consignas que defienda, resulta indispensable para
que el mundo marche mejor y no regrese a épocas pasadas que todos creíamos
haber olvidado hace tiempo y que parecen haber regresado de repente, de la mano
de esta crisis eterna.
Me pareció estar tan lejos de lo que irremediablemente me
acompaña en mi lugar de origen y en otras partes del país, que también he
visitado durante los últimos años, que aún estando como estaba, de vacaciones y
desconectada adrede de la actualidad informativa, supe que en algún momento,
tendría que compartir las sensaciones que estaba viviendo allí, para que muchos
de los que me siguen comprendieran, que siempre y en cualquier situación o
lugar, todo es posible.
Para que contemplaran, a través de mis palabras escritas, la
inmensa satisfacción que da cumplir con el deber de ganar, a través de la lucha
diaria y sobre todo con la unión, todo aquello que desde el inmovilismo, nos
puede parecer imposible y para que supieran que los pequeños pasos, dados uno a
uno, pero con firmeza, terminan por convertir los caminos más intransitables,
en rutas accesibles, si se persevera con tenacidad en el intento.
Una canción de Silvio Rodriguez, sonaba maravillosamente
interpretada en una esquina, por un gran artista callejero, al que la suerte,
dada su edad, no habría reconocido jamás, sus méritos, aunque efectivamente,
conseguía crear todo un remanso de calidez, a través de su voz, que
inmediatamente recordaba de todo lo que es capaz, la belleza.
El improvisado concierto, era en esencia, una isla en la que
reposar, en medio del fragor sonoro, de la fiesta.
De vuelta a la realidad, a la cruda rutina, a la poenunmbra
que rodea nuestro futuro, en estos días inciertos, el haber visto que
verdaderamente existen otros mundos, dentro de éste, ayuda a remontar cualquier
atisbo, por muy sutil que sea, de desaliento.
Esta Sonata de Otoño, que ha empezado a escribirse con un
lenguaje musical de desesperanza y melancolía, puede sin embargo, si queremos,
transformar su ritmo decadente, en una oda a la alegría.
Todo dependerá de la intención. El primer paso es siempre el
más difícil.

No hay comentarios:
Publicar un comentario