domingo, 11 de septiembre de 2016

Sonata de Otoño


Recordando al añorado José Saramago, que con su pesimismo natural no era capaz de augurar un buen futuro para la humanidad, pero que sin embargo, conseguía hacerla feliz con la lectura de los libros que escribía, ayudándola a reflexionar seriamente sobre lo terrenal y lo divino, afronto el tiempo que se nos sobreviene, en primer lugar, con la tristeza de comprobar que nada a ha mejorado en absoluto, para la mayoría de la gente que nos rodea, pero a la vez, con la esperanza de que la lucidez consiga derrotar a la cerrazón que se advierte en muchos de los que gobiernan nuestros destinos, ayudándoles a pensar que esto de la política no ha de ir nunca en función de los intereses personales, sino a favor de un bien común, que logre finalmente aliviar lo más posible, el sufrimiento de la gente.
Paseando hace pocos días entre el bullicio estridente de las Fiestas de Bilbao, características por sus excesos gastronómicos y de todos aquellos con los que se pueda hacer alarde de que  esta parte del territorio no ha sido, en absoluto, tocada por los efectos de la crisis, pensaba yo, en la poca solidaridad que todos demostramos con las tragedias que sufren otros seres humanos como nosotros y en el poco esfuerzo que dedicamos a reflexionar sobre cuál puede ser la manera de hacer más fácil la vida a las mayorías, sin permitir que nuestras reivindicaciones queden acotadas por idiomas ni fronteras.
La alegría desbordante de los que se movían junto a mí y la tremenda politización presente en cada calle del País Vasco, indistintamente de que esa calles se encuentren ubicadas en grandes ciudades o pequeños pueblos, me hicieron, eso sí, desear que todos los que circulábamos en esos momentos por allí, nos viéramos, de algún modo, contagiados por ese espíritu de lucha que independientemente de las consignas que defienda, resulta indispensable para que el mundo marche mejor y no regrese a épocas pasadas que todos creíamos haber olvidado hace tiempo y que parecen haber regresado de repente, de la mano de esta crisis eterna.
Me pareció estar tan lejos de lo que irremediablemente me acompaña en mi lugar de origen y en otras partes del país, que también he visitado durante los últimos años, que aún estando como estaba, de vacaciones y desconectada adrede de la actualidad informativa, supe que en algún momento, tendría que compartir las sensaciones que estaba viviendo allí, para que muchos de los que me siguen comprendieran, que siempre y en cualquier situación o lugar, todo es posible.
Para que contemplaran, a través de mis palabras escritas, la inmensa satisfacción que da cumplir con el deber de ganar, a través de la lucha diaria y sobre todo con la unión, todo aquello que desde el inmovilismo, nos puede parecer imposible y para que supieran que los pequeños pasos, dados uno a uno, pero con firmeza, terminan por convertir los caminos más intransitables, en rutas accesibles, si se persevera con tenacidad en el intento.
Una canción de Silvio Rodriguez, sonaba maravillosamente interpretada en una esquina, por un gran artista callejero, al que la suerte, dada su edad, no habría reconocido jamás, sus méritos, aunque efectivamente, conseguía crear todo un remanso de calidez, a través de su voz, que inmediatamente recordaba de todo lo que es capaz, la belleza.
El improvisado concierto, era en esencia, una isla en la que reposar, en medio del fragor sonoro, de la fiesta.
De vuelta a la realidad, a la cruda rutina, a la poenunmbra que rodea nuestro futuro, en estos días inciertos, el haber visto que verdaderamente existen otros mundos, dentro de éste, ayuda a remontar cualquier atisbo, por muy sutil que sea, de desaliento.
Esta Sonata de Otoño, que ha empezado a escribirse con un lenguaje musical de desesperanza y melancolía, puede sin embargo, si queremos, transformar su ritmo decadente, en una oda a la alegría.
Todo dependerá de la intención. El primer paso es siempre el más difícil.



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