No pasa un solo día, sin que aparezcan noticias sobre asuntos
económicos poco claros relacionados
directamente con políticos, ni hay portada de periódico que no se haga eco de
algún caso grave de corrupción, como si la trapacería, la delincuencia habitual
y la indecencia, hubieran encontrado un espacio en el que instalarse para
siempre, en el que conviven a lo grande, toda una multitud de facinerosos que
ocupan, a la vez, cargos de relevancia.
Hace sólo unos días, el Ministro De Guindos, contestando a
una pregunta de Cristina Fernández, sobre el caso de Soria, negaba haber tenido
relación personal con los Paraísos fiscales, alegando el curioso argumento, de
que nunca le había hecho falta recurrir a estas sociedades, obviando mencionar
la ilegalidad que en sí mismo supone defraudar a la hacienda pública, evadiendo
de esta manera, los impuestos.
La afirmación, que pudo pasar desapercibida a los
espectadores, a causa del sopor que producía a esas horas, el monótono discurso
del Ministro, es sin embargo inaceptable, sobre todo cuando procede de quién
toma y ha tomado durante los últimos años, las decisiones económicas en un
país, al que hizo falta, según sus propias palabras, embarcarse en un rescate
bancario, cuyo montante nunca se ha devuelto y que estamos sufragando, al fin y
al cabo, todos los ciudadanos, a través de los impuestos que pagamos
religiosamente, sin que haya contemplaciones con nuestros problemas.
La permisividad que tiene este gobierno con los delitos
fiscales y que es, desgraciadamente, patente, a tenor de las palabras
pronunciadas por De Guindos, establece pues, un agravio comparativo permanente
entre los ciudadanos de a pie y los dueños de las grandes fortunas, cuando se
trata de recaudar, utilizando siempre manga ancha con los evasores, como si
fuera un deber, para continuar siendo rico, utilizar sociedades abiertas a
miles de kilómetros del país, mientras a los humildes se les reclaman toda una
suerte de inaceptables sacrificios y una pérdida paulatina de la dignidad, para
que se puedan mantener los gastos de un Estado, al que tanto unos como otros,
pertenecen.
Se extrañan después, estos consentidores tácitos de los
pecados de los ricos, de que la indignación ciudadana vaya creciendo, hasta límites que pudieran
parecer insospechados o de que la gente vote en las elecciones a Podemos, como si la actitud demostrada por los
representantes de los Partidos tradicionales no hubiera efectivamente empujado
a las personas a la desesperación y sobre todo, como si no tuvieran derecho a buscar
una salida, a una situación tan intolerable.
La deshumanización que producen la avaricia y la ambición, ha
debido nublar los sentidos de muchos dirigentes políticos, que han llegado a
estar convencidos de que las clases populares somos extremadamente fáciles de
engañar y lo que es peor aún, que carecemos, absolutamente, de inteligencia.
Alguien debiera pedir a De Guindos explicaciones por estas
palabras, que pronunció, para más INRI, de una manera natural, como si en los ambientes en que se mueve, operar en
Paraísos fiscales fuera la tónica general, sin que se considere delito.
La verdad, los que nos hemos empeñado en que termine la
corrupción, no pudimos quedar más decepcionados la otra noche, ante la pantalla
de la tele.
Pensar que este señor maneja, aunque sea en funciones,
nuestras finanzas, nos produjo, como poco, un escalofrío.

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