jueves, 22 de septiembre de 2016

Del todo, intolerable


No pasa un solo día, sin que aparezcan noticias sobre asuntos económicos poco claros  relacionados directamente con políticos, ni hay portada de periódico que no se haga eco de algún caso grave de corrupción, como si la trapacería, la delincuencia habitual y la indecencia, hubieran encontrado un espacio en el que instalarse para siempre, en el que conviven a lo grande, toda una multitud de facinerosos que ocupan, a la vez, cargos de relevancia.
Hace sólo unos días, el Ministro De Guindos, contestando a una pregunta de Cristina Fernández, sobre el caso de Soria, negaba haber tenido relación personal con los Paraísos fiscales, alegando el curioso argumento, de que nunca le había hecho falta recurrir a estas sociedades, obviando mencionar la ilegalidad que en sí mismo supone defraudar a la hacienda pública, evadiendo de esta manera, los impuestos.
La afirmación, que pudo pasar desapercibida a los espectadores, a causa del sopor que producía a esas horas, el monótono discurso del Ministro, es sin embargo inaceptable, sobre todo cuando procede de quién toma y ha tomado durante los últimos años, las decisiones económicas en un país, al que hizo falta, según sus propias palabras, embarcarse en un rescate bancario, cuyo montante nunca se ha devuelto y que estamos sufragando, al fin y al cabo, todos los ciudadanos, a través de los impuestos que pagamos religiosamente, sin que haya contemplaciones con nuestros problemas.
La permisividad que tiene este gobierno con los delitos fiscales y que es, desgraciadamente, patente, a tenor de las palabras pronunciadas por De Guindos, establece pues, un agravio comparativo permanente entre los ciudadanos de a pie y los dueños de las grandes fortunas, cuando se trata de recaudar, utilizando siempre manga ancha con los evasores, como si fuera un deber, para continuar siendo rico, utilizar sociedades abiertas a miles de kilómetros del país, mientras a los humildes se les reclaman toda una suerte de inaceptables sacrificios y una pérdida paulatina de la dignidad, para que se puedan mantener los gastos de un Estado, al que tanto unos como otros, pertenecen.
Se extrañan después, estos consentidores tácitos de los pecados de los ricos, de que la indignación ciudadana  vaya creciendo, hasta límites que pudieran parecer insospechados o de que la gente vote en las elecciones a  Podemos, como si la actitud demostrada por los representantes de los Partidos tradicionales no hubiera efectivamente empujado a las personas a la desesperación y sobre todo, como si no tuvieran derecho a buscar una salida, a una situación tan intolerable.
La deshumanización que producen la avaricia y la ambición, ha debido nublar los sentidos de muchos dirigentes políticos, que han llegado a estar convencidos de que las clases populares somos extremadamente fáciles de engañar y lo que es peor aún, que carecemos, absolutamente, de inteligencia.
Alguien debiera pedir a De Guindos explicaciones por estas palabras, que pronunció, para más INRI, de una manera natural, como si en  los ambientes en que se mueve, operar en Paraísos fiscales fuera la tónica general, sin que se considere delito.
La verdad, los que nos hemos empeñado en que termine la corrupción, no pudimos quedar más decepcionados la otra noche, ante la pantalla de la tele.

Pensar que este señor maneja, aunque sea en funciones, nuestras finanzas, nos produjo, como poco, un escalofrío.

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