lunes, 12 de septiembre de 2016

Un proceso imparable


Se celebra la Diada de Cataluña, con una participación algo más baja que la de los últimos años, pero teñida de un calor popular que por mucho que pese a los aguerridos defensores de la indivisibilidad de España, es una realidad innegable que no se puede ignorar ni combatir con medidas judiciales o policiales, que sólo consiguen ir aplazando el momento de tener que enfrentarse con una verdad, que se ha convertido en el motor que acciona la voluntad de los catalanes.
Las repetidas tormentas declaradas en los últimos tiempos y la malsana costumbre de utilizar el problema catalán como base de todos los discursos lanzados por la derecha desde el Parlamento, no hacen sino acrecentar una brecha que se hay ido abriendo, a base de negarse al diálogo, a la negociación y al entendimiento, sin que hasta el día de hoy, ninguna de las soluciones propuestas por el Gobierno español y sus socios unionistas, haya conseguido frenar las ansias de libertad que incluso sin ser abiertamente independentistas, reclaman los catalanes.
No hay más que ver el número de personas que acuden a los actos organizados en la Diada, por los unos y los otros, para comprender lo que ocurre en una sociedad, fundamentalmente, cansada de los ataques y vejaciones que les han colocado en una situación delicada, frente al resto de los ciudadanos de todas y cada una de las otras Comunidades y que ha sido por ellos, totalmente empujada a una radicalización de posturas, que bien pudiera definirse, como un arma de defensa.
La constante negativa del Gobierno Rajoy a conceder la oportunidad de celebrar un Referendum, que al menos clarificaría para siempre cuál es la posición de los catalanes sobre la independencia, le ha estallado al Presidente en funciones en plena cara e incluso ha llegado a convertirse en una línea roja insalvable, que impide cualquier acuerdo de investidura, a las izquierdas.
Nadie, ha planteado aún, en este enfrentamiento, argumentos de peso que puedan hacer desistir a los ciudadanos de apostar por una independencia, que si se obtuviera, quizá trajera para ellos más desventajas que triunfos, pero cuya reivindicación es y seguirá siendo legítima en un Estado democrático como el nuestro, aunque a veces da la impresión de que los que apoyan esta idea, están cometiendo un delito.
No querer oír hablar del tema, no hará desaparecer el problema y quizá por el bien de todos, habría que replantearse la posibilidad de que el Referendum se celebre, concediendo así a los catalanes la posibilidad de escuchar otros argumentos distintos, a los expuestos por los principales beligerantes de los dos grandes bloques que hasta ahora han protagonizado esta historia.
Porque la verdad es que ni Cataluña se hundiría si abandonara a España, ni que todos sus problemas quedarían resueltos inmediatamente, con la proclamación de la República.
Pero como en este caso los árboles impiden ver el bosque, pudiera parecer que todo habrá de resolverse de una manera drástica en un sentido u otro, como si una locura colectiva se hubiera apoderado de pronto de todos y el recrudecimiento de la batalla entre estos bandos, exactamente iguales en su cerrazón mental, fuera la única opción viable que quedara para  terminar con el problema.
Como en muchos otros ámbitos de nuestras vidas, también en este de la política, se ha perdido el poder de la seducción, por la fuerza de la razón y los argumentos, y a muchos, la vía de escape que representa la ilusión de luchar unidos por la consecución de una idea, les ofrece una manera de escapar de la oscuridad de los tiempos difíciles, aunque no hayan estudiado en profundidad, la verdadera naturaleza de sus reivindicaciones.
Todos, sin excepción, deseamos fervientemente que nuestras vidas mejoren. Han sido tiempos de una dureza indescriptible. Quizá por eso, resulta endemoniadamente sencillo seguir a aquellos que nos prometen que con ellos, todo nos irá mucho mejor. Históricamente, ya hemos visto muchos casos de abducción colectiva.
Pero si la guerra termina, si se permite a los catalanes votar, si antes de que ese voto en Referendumn se emita, se ofrece una buena campaña informativa, lejos de partidismos, sobre los pros y los contras de la desconexión, si se negocia un mejor tratamiento del que ha recibido el pueblo catalán, de parte de sus detractores, seguramente sería posible abrir una  ruta de negociación, que permitiera, por fin, una convivencia pacífica entre ciudadanos, que no tienen motivos reales para el odio y muchos para combatir, unidos, contra los problemas comunes.
El espejismo de las manifestaciones, las declaraciones grandilocuentes y los ataques cruzados entre nacionalistas de uno y otro bando, quedarían así, anulados, por la fuerza real de la voluntad de los pueblos.


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