Se celebra la Diada de Cataluña, con una participación algo
más baja que la de los últimos años, pero teñida de un calor popular que por
mucho que pese a los aguerridos defensores de la indivisibilidad de España, es
una realidad innegable que no se puede ignorar ni combatir con medidas
judiciales o policiales, que sólo consiguen ir aplazando el momento de tener
que enfrentarse con una verdad, que se ha convertido en el motor que acciona la
voluntad de los catalanes.
Las repetidas tormentas declaradas en los últimos tiempos y
la malsana costumbre de utilizar el problema catalán como base de todos los
discursos lanzados por la derecha desde el Parlamento, no hacen sino acrecentar
una brecha que se hay ido abriendo, a base de negarse al diálogo, a la
negociación y al entendimiento, sin que hasta el día de hoy, ninguna de las
soluciones propuestas por el Gobierno español y sus socios unionistas, haya
conseguido frenar las ansias de libertad que incluso sin ser abiertamente
independentistas, reclaman los catalanes.
No hay más que ver el número de personas que acuden a los
actos organizados en la Diada, por los unos y los otros, para comprender lo que
ocurre en una sociedad, fundamentalmente, cansada de los ataques y vejaciones
que les han colocado en una situación delicada, frente al resto de los
ciudadanos de todas y cada una de las otras Comunidades y que ha sido por
ellos, totalmente empujada a una radicalización de posturas, que bien pudiera
definirse, como un arma de defensa.
La constante negativa del Gobierno Rajoy a conceder la
oportunidad de celebrar un Referendum, que al menos clarificaría para siempre
cuál es la posición de los catalanes sobre la independencia, le ha estallado al
Presidente en funciones en plena cara e incluso ha llegado a convertirse en una
línea roja insalvable, que impide cualquier acuerdo de investidura, a las
izquierdas.
Nadie, ha planteado aún, en este enfrentamiento, argumentos
de peso que puedan hacer desistir a los ciudadanos de apostar por una
independencia, que si se obtuviera, quizá trajera para ellos más desventajas
que triunfos, pero cuya reivindicación es y seguirá siendo legítima en un
Estado democrático como el nuestro, aunque a veces da la impresión de que los
que apoyan esta idea, están cometiendo un delito.
No querer oír hablar del tema, no hará desaparecer el
problema y quizá por el bien de todos, habría que replantearse la posibilidad
de que el Referendum se celebre, concediendo así a los catalanes la posibilidad
de escuchar otros argumentos distintos, a los expuestos por los principales
beligerantes de los dos grandes bloques que hasta ahora han protagonizado esta
historia.
Porque la verdad es que ni Cataluña se hundiría si abandonara
a España, ni que todos sus problemas quedarían resueltos inmediatamente, con la
proclamación de la República.
Pero como en este caso los árboles impiden ver el bosque,
pudiera parecer que todo habrá de resolverse de una manera drástica en un
sentido u otro, como si una locura colectiva se hubiera apoderado de pronto de
todos y el recrudecimiento de la batalla entre estos bandos, exactamente
iguales en su cerrazón mental, fuera la única opción viable que quedara para terminar con el problema.
Como en muchos otros ámbitos de nuestras vidas, también en
este de la política, se ha perdido el poder de la seducción, por la fuerza de
la razón y los argumentos, y a muchos, la vía de escape que representa la
ilusión de luchar unidos por la consecución de una idea, les ofrece una manera
de escapar de la oscuridad de los tiempos difíciles, aunque no hayan estudiado
en profundidad, la verdadera naturaleza de sus reivindicaciones.
Todos, sin excepción, deseamos fervientemente que nuestras
vidas mejoren. Han sido tiempos de una dureza indescriptible. Quizá por eso,
resulta endemoniadamente sencillo seguir a aquellos que nos prometen que con
ellos, todo nos irá mucho mejor. Históricamente, ya hemos visto muchos casos de
abducción colectiva.
Pero si la guerra termina, si se permite a los catalanes
votar, si antes de que ese voto en Referendumn se emita, se ofrece una buena
campaña informativa, lejos de partidismos, sobre los pros y los contras de la
desconexión, si se negocia un mejor tratamiento del que ha recibido el pueblo
catalán, de parte de sus detractores, seguramente sería posible abrir una ruta de negociación, que permitiera, por fin,
una convivencia pacífica entre ciudadanos, que no tienen motivos reales para el
odio y muchos para combatir, unidos, contra los problemas comunes.
El espejismo de las manifestaciones, las declaraciones
grandilocuentes y los ataques cruzados entre nacionalistas de uno y otro bando,
quedarían así, anulados, por la fuerza real de la voluntad de los pueblos.

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