lunes, 5 de septiembre de 2016

Cuestión de voluntad


Con los ojos puestos en lo que pueda ocurrir en las próximas elecciones vascas y gallegas, Mariano Rajoy se marcha a la reunión del G20, dejando la estela de su fracaso en la Investidura, como una herida abierta, a los demás, que de momento, parecen incapaces de encontrar una solución que encarrile los destinos del país, a causa de la poca empatía que existe entre los Partidos de izquierdas, o al menos, entre  los líderes que los encabezan y a los que no les vendría nada mal  apearse un poco de su ego para ponerse, como sería su obligación, al servicio de una Nación que pasa por unos momentos muy difíciles.
La tregua de dos meses que se concede a todos para tomar decisiones y meditar sobre la necesidad de practicar un poco más la diplomacia y el arte de pactar, tan desconocido en el panorama político español, parece sin embargo arrancar con una dosis baja de ilusión, por parte de los protagonistas de la historia, que a pesar de la gravedad de la situación que vivimos, no parecen tener ninguna prisa en iniciar siquiera una simple ronda de negociaciones, acuciados quizá, por los problemas internos que se cuecen de puertas para adentro de los propios Partidos y sobre todo, como en el caso del PSOE, por miedo a ser fagocitado por la energía demostrada por una Formación como Podemos, que bien podría sustituirle en breve como principal representante de la izquierda española.
A los más mayores, todas estas historias nos recuerdan a lo que pasó en la transición, primero con el estrepitoso fracaso de la Alianza Popular de Fraga y luego con el cisma incontrolado de la UCD que fundara Adolfo Suárez, cuya desaparición potenció en gran parte, el nacimiento del PP que ahora conocemos, aglutinando en un gran Partido, a toda la derecha.
Entonces, también fueron tiempos difíciles, aunque los principales problemas que amenazaban  al país tuvieran más que ver con el ruido de sables que con los altibajos de una pobreza económica, que los ciudadanos considerábamos como inherente a nuestra propia condición de españoles y contra la que hubo que luchar en múltiples frentes, que finalmente dieron fruto, cuando se consiguieron alcanzar toda una suerte de imprescindibles derechos.
La diferencia está en que entonces, todos confiábamos en nuestros políticos como representantes de nuestra voluntad, dejando  en sus manos la resolución de nuestros problemas, casi seguros de que pondrían cuanto pudieran de su  parte para encontrar las soluciones que favorecieran a unas  mayorías, demasiado heridas por las huellas que había dejado en ellas, el interminable periodo de la Dictadura franquista.
Quizá por eso, craso error, muchos consideramos que era mejor que emergieran con fuerza sólo dos Partidos que representaran claramente los dos grandes bloques de izquierda y derecha y el voto útil, la necesidad de llegar pronto a la libertad que se nos había negado sistemáticamente durante tanto tiempo, propició que PP y PSOE se alzaran alternativamente con un triunfo que quizá no merecían por sus méritos y que ha durado, para desgracia nuestra, hasta nuestros días.
Así, lo más que tuvieron que negociar unos y otros, fueron ciertos acuerdos con unos nacionalistas mucho menos beligerantes que los de ahora y que se conformaban con unas migajas a cambio de un apoyo incondicional, al Partido vencedor de las elecciones, independientemente de su programa o su ideología.
Puede que por eso, ninguno de los dos sepa de pactos mucho más que cualquier ciudadano de a pie y que ese sea, precisamente, el motivo que nos haya traído hasta dónde nos encontramos en este momento, aunque con una composición del Parlamento que reclama la urgente necesidad de encontrar una vía que nos dote de un nuevo Gobierno.
Pero habrá que asumir que los tiempos cambian y que aquellos que favorecieron con tanta generosidad a los señores del bipartidismo, terminaron y muy fundamentalmente, porque ninguno de los protagonistas de esta historia supo administrar decentemente los poderes que se le concedieron, forzando a la sociedad a dar un paso al frente para detener unas prácticas políticas absolutamente distantes de la voluntad expresada por los ciudadanos, que han conducido a este país a un callejón desde el que no se puede ver la luz, casi como antaño.
No ha sido fácil tampoco para nosotros, para la gente corriente, volver a partir de cero. Pero hemos hablado, acercado planteamientos, tendido la mano y hecho concesiones los unos con los otros, aunque nuestro Parlamento haya sido la calle y nuestros escaños, el suelo.
Ese paso, que después se ha ido consolidando hasta reflejarse en los resultados que han salido de las urnas en las dos últimas ocasiones, ha sido sin embargo, de una importancia capital para los que pensábamos que todo estaba ya perdido y que todos aquellos esfuerzos que hicimos hace años, habían resultado al final, de una inutilidad manifiesta.

Por tanto, no ha de ser tan imposible esto de negociar. Sólo hay, eso sí, que poner ganas en el empeño, no aferrarse jamás a un pasado que ya no volverá, ceder y exigir, con  la misma vehemencia y sobre todo, querer, aunque para ello haya que dejar a un lado las ambiciones personales, que al fin y al cabo solo son, efímeras páginas de nuestras vidas, que  empequeñecen ante la grandiosidad del interés general que a todos nos confiere la posibilidad de ser mejores.

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