Con los ojos puestos en lo que pueda ocurrir en las próximas
elecciones vascas y gallegas, Mariano Rajoy se marcha a la reunión del G20,
dejando la estela de su fracaso en la Investidura, como una herida abierta, a
los demás, que de momento, parecen incapaces de encontrar una solución que
encarrile los destinos del país, a causa de la poca empatía que existe entre
los Partidos de izquierdas, o al menos, entre
los líderes que los encabezan y a los que no les vendría nada mal apearse un poco de su ego para ponerse, como
sería su obligación, al servicio de una Nación que pasa por unos momentos muy
difíciles.
La tregua de dos meses que se concede a todos para tomar
decisiones y meditar sobre la necesidad de practicar un poco más la diplomacia
y el arte de pactar, tan desconocido en el panorama político español, parece
sin embargo arrancar con una dosis baja de ilusión, por parte de los
protagonistas de la historia, que a pesar de la gravedad de la situación que
vivimos, no parecen tener ninguna prisa en iniciar siquiera una simple ronda de
negociaciones, acuciados quizá, por los problemas internos que se cuecen de
puertas para adentro de los propios Partidos y sobre todo, como en el caso del
PSOE, por miedo a ser fagocitado por la energía demostrada por una Formación
como Podemos, que bien podría sustituirle en breve como principal representante
de la izquierda española.
A los más mayores, todas estas historias nos recuerdan a lo
que pasó en la transición, primero con el estrepitoso fracaso de la Alianza
Popular de Fraga y luego con el cisma incontrolado de la UCD que fundara Adolfo
Suárez, cuya desaparición potenció en gran parte, el nacimiento del PP que
ahora conocemos, aglutinando en un gran Partido, a toda la derecha.
Entonces, también fueron tiempos difíciles, aunque los
principales problemas que amenazaban al
país tuvieran más que ver con el ruido de sables que con los altibajos de una
pobreza económica, que los ciudadanos considerábamos como inherente a nuestra
propia condición de españoles y contra la que hubo que luchar en múltiples
frentes, que finalmente dieron fruto, cuando se consiguieron alcanzar toda una
suerte de imprescindibles derechos.
La diferencia está en que entonces, todos confiábamos en
nuestros políticos como representantes de nuestra voluntad, dejando en sus manos la resolución de nuestros
problemas, casi seguros de que pondrían cuanto pudieran de su parte para encontrar las soluciones que
favorecieran a unas mayorías, demasiado
heridas por las huellas que había dejado en ellas, el interminable periodo de
la Dictadura franquista.
Quizá por eso, craso error, muchos consideramos que era mejor
que emergieran con fuerza sólo dos Partidos que representaran claramente los
dos grandes bloques de izquierda y derecha y el voto útil, la necesidad de
llegar pronto a la libertad que se nos había negado sistemáticamente durante
tanto tiempo, propició que PP y PSOE se alzaran alternativamente con un triunfo
que quizá no merecían por sus méritos y que ha durado, para desgracia nuestra,
hasta nuestros días.
Así, lo más que tuvieron que negociar unos y otros, fueron
ciertos acuerdos con unos nacionalistas mucho menos beligerantes que los de
ahora y que se conformaban con unas migajas a cambio de un apoyo incondicional,
al Partido vencedor de las elecciones, independientemente de su programa o su
ideología.
Puede que por eso, ninguno de los dos sepa de pactos mucho
más que cualquier ciudadano de a pie y que ese sea, precisamente, el motivo que
nos haya traído hasta dónde nos encontramos en este momento, aunque con una
composición del Parlamento que reclama la urgente necesidad de encontrar una
vía que nos dote de un nuevo Gobierno.
Pero habrá que asumir que los tiempos cambian y que aquellos
que favorecieron con tanta generosidad a los señores del bipartidismo,
terminaron y muy fundamentalmente, porque ninguno de los protagonistas de esta
historia supo administrar decentemente los poderes que se le concedieron,
forzando a la sociedad a dar un paso al frente para detener unas prácticas políticas
absolutamente distantes de la voluntad expresada por los ciudadanos, que han
conducido a este país a un callejón desde el que no se puede ver la luz, casi
como antaño.
No ha sido fácil tampoco para nosotros, para la gente
corriente, volver a partir de cero. Pero hemos hablado, acercado
planteamientos, tendido la mano y hecho concesiones los unos con los otros,
aunque nuestro Parlamento haya sido la calle y nuestros escaños, el suelo.
Ese paso, que después se ha ido consolidando hasta reflejarse
en los resultados que han salido de las urnas en las dos últimas ocasiones, ha
sido sin embargo, de una importancia capital para los que pensábamos que todo
estaba ya perdido y que todos aquellos esfuerzos que hicimos hace años, habían
resultado al final, de una inutilidad manifiesta.
Por tanto, no ha de ser tan imposible esto de negociar. Sólo
hay, eso sí, que poner ganas en el empeño, no aferrarse jamás a un pasado que
ya no volverá, ceder y exigir, con la
misma vehemencia y sobre todo, querer, aunque para ello haya que dejar a un
lado las ambiciones personales, que al fin y al cabo solo son, efímeras páginas
de nuestras vidas, que empequeñecen ante
la grandiosidad del interés general que a todos nos confiere la posibilidad de
ser mejores.

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