martes, 20 de septiembre de 2016

Orgullo de mujer


Mientras se celebra el juicio contra los cinco neandertales  que violaron a una joven, durante las Fiestas de San Fermín, celebrando además, su “hazaña “con comentarios ofensivos en facebook  y grabando, como recuerdo de su hombría, un video que ha terminado por convertirse en la prueba fehaciente de su deleznable delito, todas las  mujeres españolas nos convertimos, por pura solidaridad, en la víctima y esperamos con impaciencia que de una vez, caiga todo el peso de la ley contra los presuntos autores de los hechos, que pertenecen a ese grupo aún numeroso de hombres, que continúan viendo a las mujeres como objetos de los que se puede abusar por puro entretenimiento y que, por desgracia para ellos, nunca comprenderán el significado del concepto de igualdad entre los géneros.
Una no puede, sino preguntarse qué clase de educación habrán recibido estos energúmenos con pantalones, de parte de los progenitores a los que tocaron en suerte y cómo no se había detectado hasta ahora, en ninguno de ellos, esas inclinaciones criminales que sin duda debieron acompañarles en el camino recorrido a lo largo de todas sus vidas y que afloraron, quién sabe si por primera vez, en aquel portal de Pamplona, aquella noche siniestra.
No se entienden tampoco, los argumentos que tratan de esgrimir los abogados de una defensa que, en sí misma, constituye ya un agravio para una víctima, cuyo sufrimiento debe haber sido del todo inimaginable, ni las declaraciones de alguna testigo que, siendo mujer, trata de exculpar a los acusados considerando su simpatía, como un eximente, demostrando carecer de empatía con el sufrimiento de una joven violada, que podía haber sido ella misma, si como cuenta, se relacionó con los agresores, en otro momento.
Parece mentira que en el año en que vivimos continúen ocurriendo, con cierta asiduidad, este tipo de ataques, como si la humanidad hubiera quedado anclada en la prehistoria para siempre y sobre todo, que los responsables de legislar no hayan sido capaces de instaurar unas penas que impartan justicia, contra estos atentados de género, con la intención de erradicar y para siempre, esta plaga de machismo atroz que parece no tener fin y que se perpetúa entre nosotros, robándonos  descaradamente a las mujeres nuestra libertad de elección y coaccionándonos por medio del  miedo a la inseguridad que padecemos, a la hora de transitar por las calles, sin compañía.
Ya es hora de que un castigo ejemplarizante caiga sobre quiénes se atrevieron a practicar este tipo de violencia, para que su experiencia que nunca será tan traumática como la de su víctima, sirva para disuadir a los que aún ven en estos delitos una manera de demostrar su recalcitrante machismo y también, para que los que tenemos la obligación de educar, empecemos a hacerlo sin distinción entre los géneros, si queremos que la igualdad, no siga siendo una utopía.
Nada, y digo, nada, puede eximir a los violadores de su culpa, ni el consumo de alcohol u otras sustancias, ni la locura transitoria, ni el argumento recurrente de la provocación, que tanto gusta a los abogados defensores en los juicios, ni la interpretación personal de ninguno de esos jueces que hacen pasar a las víctimas por auténticos calvarios en las salas de interrogatorios, como si no fuese ya grave, de por sí, la ofensa recibida.
Tampoco puede la sociedad, perdonar a los delincuentes, para los que sus acciones han de ser, necesariamente, un estigma que los acompañe el resto de sus vidas, para que no puedan olvidar en lo que convirtieron las de las mujeres que atacaron, en busca de un placer malsano, imposible de entender para cualquier ser humano decente.
Porque el hecho de ser mujer, no puede ser, sino un orgullo del que se pueda presumir libremente, sin tener que arrastrar esta losa de terror que nos haced infinitamente más infelices, de lo que haya podido ser, ningún hombre, jamás.
También su colaboración es importante, en estos momentos. Desterrar roles de conducta, entender que la hombría no reside en el sexo y convivir con las mujeres en un plano de igualdad, desde la infancia, puede ayudar y mucho, a que el mundo que habitamos se convierta, para todos, en un lugar más placentero.




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