Mientras se celebra el juicio contra los cinco
neandertales que violaron a una joven,
durante las Fiestas de San Fermín, celebrando además, su “hazaña “con
comentarios ofensivos en facebook y
grabando, como recuerdo de su hombría, un video que ha terminado por
convertirse en la prueba fehaciente de su deleznable delito, todas las mujeres españolas nos convertimos, por pura
solidaridad, en la víctima y esperamos con impaciencia que de una vez, caiga
todo el peso de la ley contra los presuntos autores de los hechos, que
pertenecen a ese grupo aún numeroso de hombres, que continúan viendo a las
mujeres como objetos de los que se puede abusar por puro entretenimiento y que,
por desgracia para ellos, nunca comprenderán el significado del concepto de
igualdad entre los géneros.
Una no puede, sino preguntarse qué clase de educación habrán
recibido estos energúmenos con pantalones, de parte de los progenitores a los
que tocaron en suerte y cómo no se había detectado hasta ahora, en ninguno de
ellos, esas inclinaciones criminales que sin duda debieron acompañarles en el
camino recorrido a lo largo de todas sus vidas y que afloraron, quién sabe si
por primera vez, en aquel portal de Pamplona, aquella noche siniestra.
No se entienden tampoco, los argumentos que tratan de
esgrimir los abogados de una defensa que, en sí misma, constituye ya un agravio
para una víctima, cuyo sufrimiento debe haber sido del todo inimaginable, ni
las declaraciones de alguna testigo que, siendo mujer, trata de exculpar a los
acusados considerando su simpatía, como un eximente, demostrando carecer de
empatía con el sufrimiento de una joven violada, que podía haber sido ella
misma, si como cuenta, se relacionó con los agresores, en otro momento.
Parece mentira que en el año en que vivimos continúen
ocurriendo, con cierta asiduidad, este tipo de ataques, como si la humanidad
hubiera quedado anclada en la prehistoria para siempre y sobre todo, que los
responsables de legislar no hayan sido capaces de instaurar unas penas que
impartan justicia, contra estos atentados de género, con la intención de
erradicar y para siempre, esta plaga de machismo atroz que parece no tener fin
y que se perpetúa entre nosotros, robándonos descaradamente a las mujeres nuestra libertad
de elección y coaccionándonos por medio del
miedo a la inseguridad que padecemos, a la hora de transitar por las
calles, sin compañía.
Ya es hora de que un castigo ejemplarizante caiga sobre
quiénes se atrevieron a practicar este tipo de violencia, para que su
experiencia que nunca será tan traumática como la de su víctima, sirva para
disuadir a los que aún ven en estos delitos una manera de demostrar su
recalcitrante machismo y también, para que los que tenemos la obligación de educar,
empecemos a hacerlo sin distinción entre los géneros, si queremos que la
igualdad, no siga siendo una utopía.
Nada, y digo, nada, puede eximir a los violadores de su
culpa, ni el consumo de alcohol u otras sustancias, ni la locura transitoria,
ni el argumento recurrente de la provocación, que tanto gusta a los abogados
defensores en los juicios, ni la interpretación personal de ninguno de esos
jueces que hacen pasar a las víctimas por auténticos calvarios en las salas de
interrogatorios, como si no fuese ya grave, de por sí, la ofensa recibida.
Tampoco puede la sociedad, perdonar a los delincuentes, para
los que sus acciones han de ser, necesariamente, un estigma que los acompañe el
resto de sus vidas, para que no puedan olvidar en lo que convirtieron las de
las mujeres que atacaron, en busca de un placer malsano, imposible de entender
para cualquier ser humano decente.
Porque el hecho de ser mujer, no puede ser, sino un orgullo
del que se pueda presumir libremente, sin tener que arrastrar esta losa de terror
que nos haced infinitamente más infelices, de lo que haya podido ser, ningún
hombre, jamás.
También su colaboración es importante, en estos momentos.
Desterrar roles de conducta, entender que la hombría no reside en el sexo y
convivir con las mujeres en un plano de igualdad, desde la infancia, puede
ayudar y mucho, a que el mundo que habitamos se convierta, para todos, en un
lugar más placentero.

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