La decisión de Rita Barberá que contradice todas las normas
de la ética y que a todos nos ha parecido una jugada sucia, cuya única
intención es la de preservar el aforamiento que la separa de los ciudadanos de
a pie, no debe parecer suficientemente grave al PP, como para que Mariano
Rajoy, que en muchas ocasiones se declaró amigo personal y leal admirador de la
ex alcaldesa, ofrezca algún tipo de explicación a la prensa, que insiste en
conocer la opinión del que todavía es, nuestro Presidente de Gobierno.
Este silencio cómplice, que puede suponer que se aplaude la
decisión de Barberá, o al menos que no se está en desacuerdo con ella, marca
sin embargo, un antes y un después en la manera de afrontar los problemas que
viene teniendo el PP y ofrece una idea clara de las posturas que son propias de
su candidato para la Presidencia de Gobierno, cuando se ve acorralado por algún
asunto que le toca de cerca.
No se atreverá Rajoy, esta vez, a volver a esconderse detrás
de un plasma, para evitar el lógico interrogatorio que le tienen preparado los
medios, pero su mutismo, el cinismo que demuestra en sus gestos y la aparente
despreocupación que pretende reflejar su continuada sonrisa, constituyen en sí
mismos, una ofensa para los ciudadanos y una falta de respeto contra el derecho
a la información que todos tenemos y que el
Presidente en funciones vulnera, cada vez que no le conviene hablar de
un asunto.
Merece, por su zafiedad, un plante informativo de los medios,
que le recuerde que en un país democrático los políticos tienen la obligación
de responder siempre a las preguntas de la prensa y también el deber de
informar sobre los casos de corrupción que se producen en los Partidos y que
ahora son, en el suyo, tan frecuentes, aclarando qué clase de medidas se están
tomando para que esta plaga de nuestros días, pueda erradicarse para siempre.
Indistintamente de si se es amigo o no de los imputados, de
si se ha compartido o no con ellos, una relación más o menos estrecha, la
responsabilidad política de un dirigente, ha de ser asumida en su totalidad y
sobre todo cuando las corruptelas de los miembros de su partido no son una
excepción, sino más bien una rutina cotidiana de la que ya no se puede alegar
desconocimiento, como defensa.
Le ha salido sin embargo a Rajoy, se decida o no a opinar del
tema, una adversaria dura de pelar, que convencida de que el Partido Popular le
debe mucho más de lo que le está ofreciendo estos días, seguramente se
encuentra dispuesta a luchar con uñas y dientes, caiga quien caiga por el
camino sinuoso que se abre, hasta que llegue una imputación, que parece
inminente.
Quizá por ello, resulta recurrente escudarse en que la
permanencia en el Senado de Rita es, exclusivamente, una decisión personal,
ahorrándose así la molestia de tener que reconocer que el Partido no ha sido
capaz de convencerla, de ninguna manera, para que abandone el puesto.
Pero nadie puede olvidar que Barberá no es Bárcenas, ni
Granados, ni parece alguien a quién se pueda comprar con promesas de despidos
en diferido.
La ex alcaldesa de Valencia ha sido y aún es, toda una
institución que ha representado como nadie la verdadera esencia del Partido
Popular y que ha gozado de plena confianza para hacer y deshacer a su antojo,
quizá, durante demasiados años.
Por esta razón y porque una permanencia tan larga en el
poder, suele envalentonar a quién lo ostenta, a los populares les va a costar
mucho trabajo silenciar a esta tránsfuga lenguaraz y soberbia, que puede
convertirse, si nada lo remedia, en un auténtico problema para el futuro más
cercano de Rajoy y para sus aspiraciones de continuar siendo Presidente.
Y no creo que baste el aplauso tácito que el Presidente en
funciones otorga a Barbera, con su mutismo, para deshacer el entuerto.
Rita está en píe de guerra y como ya hemos dicho en mucha
ocasiones, las amistades, en política son inexistentes-

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