Muy en la línea de lo que suelen hacer muchos miembros del PP
cuando tienen problemas con la justicia, Rita Barberá lanza esta tarde un
comunicado de prensa, en el que expone su predisposición a causar baja en las
filas del Partido conservador, pero declara su intención de seguir ostentado el
cargo que ocupa en el Senado, al que llegó, como todos recordamos, directamente
por designación del gobierno.
Aferrada con uñas y dientes
al privilegio de ser aforada, pudiendo así evitar la vergüenza de tener
que hacer el paseíllo entre los medios, en la puerta de algún juzgado, la ex
alcaldesa de Valencia hace caso omiso a las recomendaciones que le llegaban
desde Génova y parece que le da igual el daño que pueda causar a su Partido,
inmerso en plena campaña electoral en Euskadi y Galicia y aún pendiente de
poder atraer los apoyos necesarios para la investidura de Rajoy.
La gravedad de este último escándalo viene a incidir, aún más
si cabe, en la mala imagen que ofrece este PP, absolutamente acosado `por los casos de corrupción
protagonizados por muchos de sus cargos más ilustres y la decisión de Barberá
contribuye necesariamente a poner en entredicho la autoridad que Mariano Rajoy
ejerce, a día de hoy, en su Partido, cuestión que ya se viene planteando desde
hace algún tiempo, incluso desde dentro de la Formación, como es ampliamente
sabido, por la mayoría de los ciudadanos.
Voces como la de Esperanza Aguirre, que por cierto ha dejado
de aparecer misteriosamente de los medios, han dejado muy claro en más de una
ocasión, que la regeneración que necesitarían los populares no debiera ser capitaneada por el Presidente en funciones,
al que por otra parte, nunca tomaron verdaderamente en serio los que simpatizan
con la ex Presidenta, incluido José María Áznar, que se alegraría enormemente
de que Rajoy diera un paso atrás, empujado por las circunstancias o por
voluntad propia.
Tampoco a los Ciudadanos de Albert Rivera debe haberles hecho
mucha gracia la permanencia de Rita en el Senado y menos aún, si como parece,
cuenta con la aquiescencia del PP, cuyos
miembros han empezado a manifestar su respeto por la decisión que ha tomado
Barberá y que contradice diametralmente la esencia del pacto anticorrupción que
firmaron hace unos días, las dos Formaciones de derechas.
Pero esta permanencia, contra viento y marea, en un puesto
conseguido por designación directa, de la ex alcaldesa de Valencia, resulta ser mucho más grave de
lo que en principio podría parecer, pues tácitamente quiere decir que Barberá
le ha ganado el pulso a su propio Partido y que se encuentra dispuesta a
resistir, del modo que sea, sentada en su escaño de esta cámara, disfrutando
del aforamiento que le ofrece su cargo y alerta, por si pudiera tener que
recurrir al archivo de su memoria, para utilizar cualquier tipo de información
comprometida, en contra de los que hasta ahora, eran sus compañeros.
Ya antes había hecho Barberá, ostentación de una más que
evidente soberbia, permitiéndose amenazar, no se sabe con qué argumentos, a
todos aquellos que se atrevieron a contradecir sus opiniones, o a sugerir la
idea de que tenía que dimitir con urgencia y por ello, resulta imposible
imaginar de qué sería capaz, ahora que ser la obliga a abandonar, con deshonor,
la posición de poder de la que disfrutaba, hasta ayer mismo.
No se entiende, sin embargo, que en este país nuestro, no exista ningún medio
legal que corrija inmediatamente estas situaciones que en sí mismas, resultan
ser del todo injustas y que constituyen un agravio comparativo, en relación con
cualquier otro ciudadano que en algún momento de su vida, tenga problemas con
la Ley.
A esta hora de la tarde,
los periodistas continúan esperando
alguna reacción de Mariano Rajoy, sobre este asunto, resultando todos los
intentos de acercamiento al Presidente en funciones, absolutamente
infructuosos, ya que la única preocupación que parece agobiarle, es poder
continuar dando mítines, en Euskadi y Galicia.
Avergüenza comprobar que quién debe representar a los
españoles por el mundo, no sea siquiera capaz de enfrentarse a las preguntas de
la prensa.
Habrá obtenido ocho millones de votos, pero es absolutamente impresentable,
políticamente.

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