Nada hay peor, que no saber permanecer dentro de los límites
que marca estrictamente la justicia, cuando se sale vencedor de algún conflicto
y caer en la tentación de ejercer una venganza extrema, contra los que
resultaron perdedores, en aras del ejercicio de un poder, que suele obnubilar
al que lo posee y más aún a aquel que habiéndolo tenido en sus manos, sintió la
amenaza de perderlo violentamente, por medio de las armas.
Mucho entendemos los españoles de esa represión inhumana y brutal
que persiguió sin tregua a los
perdedores de nuestra guerra civil y que convirtió al que venció en una persona
odiosa que nunca consiguió conciliar las relaciones entre los ciudadanos que
pertenecieron a uno y otro bando, haciendo que el conflicto se haya prolongado,
en esencia, muchos años después de su muerte y que todavía hoy, haya personas que
esperen una restitución del honor de sus familiares, al pie de las fosas que
aún quedan sin abrir, a lo largo y ancho de muestra geografía.
Las medidas que está tomando Erdogán en Turquía, tras sofocar
el intento de golpe de Estado de la pasada noche del Sábado, parecen ir
directamente encaminadas en esa dirección y hacen concluir que ese país no
tardará mucho en convertirse en una dictadura , en la que la figura del actual
Presidente, se vaya convirtiendo en imprescindible, a juzgar por los más de
siete mil detenidos que ya se contabilizan, apenas en una jornada y que
incluyen no sólo a militares relacionados con la intentona golpista, sino
también a jueces y periodistas declaradamente contrarios a las políticas de un
Presidente, que se ha sentido reforzado con el apoyo recibido por su pueblo,
que permanece en las calles.
Erdogán, que ya ha sido apercibido por Europa, al sugerir que
podría volver a instaurar la pena de muerte en el país y que siempre ha sido un
personaje oscuro, de cuyas auténticas intenciones se sabe muy poco, no ha tardado
en tomar el mando de modo absolutamente radical, dejando claro que no perdona
ni perdonará nunca a los que intentaron arrebatarle el poder, sino que tampoco
consiente ni va consentir en el futuro, ningún tipo de oposición que pueda
poner en peligro su permanencia en el cargo.
Este peligrosísimo viraje, complica extraordinariamente la
situación política en la zona, teniendo en cuenta que Turquía era hasta ahora
una especie de muro de contención que en cierto modo, frenaba con su aparente
europeización, los conflictos entre Oriente y Occidente y coloca a la Unión
Europea, que aparentemente estudiaba la posibilidad de admitir a los turcos
como socio en la Comunidad, en una agónica situación de la que le va a resultar francamente
difícil salir, si allí se instaura una Dictadura.
Con la guerra de Siria en plena ebullición y los radicales
islamistas atentando indiscriminadamente de manera periódica en pleno corazón
de Europa, el golpe de Estado en Turquía y las consecuencias que traerá
consigo, a partir de ahora, reclaman con urgencia un análisis a fondo del
panorama político que puede abrirse ante nuestros ojos en aquella zona y una
toma de decisiones milimétricamente estudiadas, que no vayan a constituir un
nuevo error del que después sería difícil resarcirse.
Porque permitir que siga produciéndose esta purga
indiscriminada que ha seguido al golpe y que continúe esa especie de
llamamiento a la radicalización ciudadana que está alentando el Presidente,
podría llevar a una nueva guerra civil, de características similares a la que
se desarrolla en Siria y a una nueva intervención del llamado Estado Islámico
en el conflicto, deseoso como está, de ampliar límites territoriales, del modo
que sea.
Con el atentado de Niza muy presente y la amenaza del
terrorismo latente en todo el Continente, sin excepción de Países ni ciudades, Europa no puede permitirse mirar
hacia otro lado mientras se desarrollan ante sus ojos, hechos de la
contundencia de los que están ocurriendo en Turquía.
Bien está, que se juzgue a los golpistas y que paguen por su
acción, con las penas que marca la ley, los instigadores de la intentona, pero
atendiendo a los hechos ocurridos y teniendo en cuenta el estrepitoso fracaso
del golpe en sí, carece de toda verosimilitud que hubiera más de seis mil
personas implicadas en la acción, por lo que no cabe sino deducir, que un buen
número de los detenidos, lo han sido por motivos, meramente políticos y según
el criterio personal del Presidente.
Teniendo en cuenta que en España aún no hemos conseguido
saber, después de treinta y cinco años, quiénes formaron parte de la trama
civil del 23F, cuesta trabajo creer que en Turquía hayan sido capaces de
dilucidar la participación de todas y cada una de esas siete mil personas, en
un solo día, en el intento del asalto al poder.
Con esa reflexión les dejo.

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