Sin haber podido recuperarnos de la tragedia de Niza y con el
corazón destrozado al ver lo que los hombres somos capaces de hacer contra los
de nuestra propia especie, nos llega en plena noche la noticia de que se está
produciendo un golpe de Estado militar en Turquía, que activa la memoria de los
españoles al recordar aquel fatídico 23F, en el que vivimos en carne propia la
incertidumbre de no saber cuál iba a
ser, a partir de entonces, nuestro destino.
Aprovechando la ausencia de Erdogán y con las miradas de todo
el mundo puestas en Francia, un grupo nutrido de militares turcos, partidarios
al parecer, de un clérigo exiliado en
Pelsilvania, por motivos políticos, sacan los tanques a la calle, tomando las
sedes de las principales televisiones, como siempre con nocturnidad y alevosía
y comienzan a moverse a lo largo y ancho del país y fundamentalmente en Ankara
y Estambul, causando el pánico, no solo en la población autóctona, sino también
en los muchos turistas que visitan a diario este maravilloso país, al que tanto
admiramos por su cultura y por sus gentes.
La noche se hace eterna y otra vez, como en aquel 23F
nuestro, la radio se convierte en compañera de la oscuridad y comparte
protagonismo con las redes sociales que tantas veces ha desacreditado Erdogán y
que ahora se convierten en su principal apoyo para dirigirse a la Nación y
pedir a sus conciudadanos que se echen a las calles para tratar de detener lo
que está ocurriendo.
Se produce el milagro y cientos de miles de turcos obedecen
el ruego de su Presidente, a cuerpo limpio, jugándose la vida y sin temor y
protagonizan uno de los episodios más admirables de cuántos hemos conocido en
estos tiempos convulsos, logrando finalmente sofocar la rebelión y dando tiempo
al Presidente para volver al país, a última hora de la madrugada.
Muchos de ellos, pagan con su vida el atrevimiento y son
masacrados por un ejército armado hasta los dientes, que no parece considerar
otra posibilidad que vencer, una vez que ha tomado la decisión de cercenar, de
raíz, cualquier atisbo de democracia.
Aún ayer, algunos sectores se hacían fuertes en ciertos
puntos del país, pero todo pareció volver a una tensa calma, en cuanto Erdogán
empezó a detener masivamente a todos y cada uno de los implicados en el golpe,
incluidos una serie de jueces, que debieron ser parte de la trama civil del
entramado, aunque aún no tengamos clara, su vinculación con el suceso.
Teñido de sangre y horror, este fin de semana de Julio que
siempre recordaremos como profundamente amargo, relega a cualquier noticia
nacional a las últimas páginas de los periódicos y se nos antoja fatídicamente
estremecedor, si nos atenemos al número de víctimas que se han producido, a
cargo del fanatismo y la indecencia.
A la espera de las reacciones que sin duda no tardarán en
producirse en Francia y Turquía, solo cabe rogar que las medidas que se tomen a
partir de ahora, no sean también, generadoras de violencia.
Sin duda, ha de haber otros caminos que explorar, lejos de
ataques furibundos que incitan al
crecimiento del racismo y que sólo consiguen alinear a los hombres en
dos bloques, cada vez más lejos de poder llegar a un entendimiento.
Descansen en paz, todos los que perdieron la vida en Niza y
en Turquía y ojala que su sacrificio sirva para poner un poco de cordura, en
este mundo nuestro.

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