Tanto se ha preocupado el PP, durante los años que ha estado
en el Gobierno, de grajearse la enemistad del resto de las fuerzas del arco
parlamentario español, a las que ha ignorado sistemáticamente, en la toma de
todas las decisiones, que ahora que necesita apoyos para poder mantenerse en el
poder, no encuentra a nadie que quiera arriesgarse a pactar, pues ello supondría causar una grave decepción a los
ciudadanos que les votaron.
Hemos dicho muchas veces que los errores políticos terminan
por pagarse y aunque por circunstancias que todos conocemos, los electores no
hayan respondido con contundencia a lo que ha ocurrido en el pasado más
reciente, los incontables casos de corrupción, los recortes y la considerable
merma de derechos civiles y sociales, pululan sobre la mesa de negociación
abierta tras el 26J y nadie quiere ser el primero en alinearse con un Mariano
Rajoy, al que persigue la naturaleza de sus propios actos , encadenándole sin
remisión, al aislamiento.
Así, los nacionalistas vascos y catalanes le han negado la
mano que les pedía y aunque aún no tengamos certeza de lo que ocurrirá finalmente,
para ninguno resulta fácil prestar ayuda al mismo que ignoró las voces que reclamaban
insistentemente el cese de unas políticas de austeridad, que sólo a sus socios
europeos convencían, por motivos más que evidentes.
Con Pedro Sánchez desaparecido y el PSOE debatiéndose agónico
entre los partidarios de no pactar jamás con el principal enemigo y los que son
favorables a facilitar con la abstención, el nombramiento de Rajoy como
Presidente, el resto de las Formaciones han debido pensar que esta batalla debe
librarse, en toda su intensidad, entre los dos grandes Partidos tradicionales y
todos se apartan prudentemente de los primeros planos de la actualidad,
esperando que entre ellos, sean capaces de resolver una situación que generaron y que ahora les pesa como una losa,
de la que no pueden desprenderse, por mucho que lo hayan intentado.
Porque pactar con Rajoy ha de acarrear necesariamente serios
perjuicios, ni siquiera los que comparten ideario con él, pueden justificar de
manera natural la firma de un acuerdo que supondría perdonar y olvidar, no solo
los gravísimos casos de corrupción que circundan al candidato, rozándole
peligrosamente incluso en el plano personal, sino también, la situación
desesperada a la que ha llevado a
millones de ciudadanos, que reclaman de sus representantes en el Parlamento,
por lo menos, un poco de justicia.
Así, ni tan siquiera Ciudadanos se atreve a ponerse
abiertamente al lado del candidato conservador y prefiere aguardar, en la
penumbra, a que el PSOE tome por fin una decisión que marcará un antes y un
después en la propia historia de este Partido, históricamente enemigo de la derecha
y tradicionalmente líder de una
oposición que ahora se antoja mucho más colorida y variopinta, por la
composición del Parlamento.
Los fantasmas del
pasado, acosan a un Mariano Rajoy que al menos, se está viendo obligado a
pagar, con enormes dosis de incertidumbre, lo ocurrido durante una legislatura
plagada de soberbia y tiranía.
Pase lo que pase, el debilitamiento de su figura política es
una evidencia que nadie puede negar y el futuro que tiene por delante, no
podría ser menos halagüeño.

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