Mientras el Rey iniciaba los contactos con las fuerzas
políticas del país, de cara a la posible investidura como Presidente de Mariano
Rajoy, en un pequeño pueblo de Normandía se perpetraba un nuevo atentado que ha
dado como resultado la muerte de un sacerdote y en el que han resultado heridos
varios feligreses que se encontraban en
ese momento en la Iglesia, en la que dos hombres armados con cuchillos, que
después fueron abatidos, los atacaban por sorpresa, declarándose seguidores de ISIS.
El problema de estos lobos solitarios, que parece ir
creciendo en Europa de manera espontánea y que resulta muy difícil controlar
por la imprevisión de sus actos, refleja sin embargo que el llamamiento
doctrinal que realizan a diario los radicales islamistas a través de las redes
está encontrando un inesperado apoyo dentro de los grupos marginales que
durante años han poblado los arrabales de nuestras ciudades, sin que se haya
encontrado un modo de motivar a los miles de jóvenes que los habitan, para que
encuentren un camino que les permita alcanzar un futuro de esperanza, a través
de una educación que sistemáticamente, por su situación, se les niega.
Sumidos en el pozo negro de la incomprensión y la pobreza
endémica característica de determinados grupos urbanos, incomprendidos y
olvidados de manera permanente por los gobernantes o simplemente, hacinados en
guetos en los que la falta de oportunidades les impiden mantener unas
relaciones sociales sanas con individuos de otros colectivos, la promesa de convertirse
en héroes que les ofrecen los terroristas y que muchas veces van a acompañadas
de una fuerte mejora económica para sus familias, les hace, en cierto modo,
adquirir una importancia que necesitan para satisfacer sus emociones personales y les brinda, por
una única vez, la impagable fortuna de ser importantes para una causa, proclive
a ser aceptada sin reservas, por quiénes nada tienen ya que perder y a los que
nada les importa, en última instancia, entregar la vida.
Éste tipo de acciones, que nada tienen que ver, en el fondo,
con motivos religiosos entendidos como tales y mucho con la ineficacia de los
gobiernos de las potencias europeas para conseguir que todos los ciudadanos,
sin excepciones, que habitan nuestro viejo Continente, se integren en igualdad
de condiciones en la Sociedad, revelan el grave problema que subyace bajo las
diferentes formas que tenemos de afrontar la inmigración y han resurgido con
fuerza desde que con la llegada de la crisis se multiplicara por mil el
crecimiento del paro, construyendo un panorama laboral en el que la
competitividad por conseguir un trabajo ha alcanzado niveles de ferocidad,
hasta hace poco, inimaginables.
La culpabilización de los inmigrantes que han esgrimido en
los últimos tiempos los Partidos de extrema derecha, que han venido disfrazando
su xenofobia ideológica bajo el argumento de que los extranjeros nos roban las
oportunidades de trabajar, consiguiendo que una buena parte de la población
autóctona haya llegado a creer firmemente estas afirmaciones, ha aumentado
considerablemente las desigualdades que, ya de por sí, sufrían estos grupos
excluidos de la convivencia general, colocando a muchas de las personas que los
integran, al límite de una desesperación, de la que no consiguen salir y que
les persigue, inexorablemente, todos los días de sus tristes vidas.
Sin que exista absolutamente nada que pueda justificar estos
actos de terrorismo, se podría decir sin embargo, que en cierto modo, son, más
que fruto de un adoctrinamiento progresivo lanzado por los integristas, una
muestra de nuestro propio fracaso como gestores de las relaciones con las
personas procedentes de otras culturas y una prueba fehaciente y
desgraciadamente luctuosa, de cómo las políticas de integración llevadas a cabo
por los gobiernos europeos, no han conseguido otra cosa que generar focos
localizados de extrema virulencia.
Las guerras, como la de Siria, las invasiones injustificadas,
como la de Irak y el tratamiento que los occidentales hemos dado,
fundamentalmente desde las altas instancias del poder, a los refugiados y
migrantes que huyen de la muerte y de la pobreza, no han hecho otra cosa que
aumentar de manera casi irreparable, las enormes distancias que separan a este
primer mundo nuestro, de la selva inhabitable en que apenas sobreviven,
aquellos que son, también, seres humanos, como nosotros.
Es la suya, una locura inducida por la crudeza de las
circunstancias, que no se combate, además, con la fuerza de las armas, ni con
la atrocidad de las guerras.
Quizá si fuéramos capaces de ofrecer soluciones que
posibiliten a estos jóvenes que caen en la radicalidad, poder aspirar a una
vida mejor, lejos de la marginación y la indignidad del terrible silencio,
podríamos encontrar un camino por el que transitar hacia un mundo más igualitario en el que no
tuvieran cabida ni las injusticias, ni los resentimientos.

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