martes, 26 de julio de 2016

Odio en las entrañas


Mientras el Rey iniciaba los contactos con las fuerzas políticas del país, de cara a la posible investidura como Presidente de Mariano Rajoy, en un pequeño pueblo de Normandía se perpetraba un nuevo atentado que ha dado como resultado la muerte de un sacerdote y en el que han resultado heridos varios feligreses que  se encontraban en ese momento en la Iglesia, en la que dos hombres armados con cuchillos, que después fueron abatidos, los atacaban por sorpresa, declarándose seguidores de ISIS.
El problema de estos lobos solitarios, que parece ir creciendo en Europa de manera espontánea y que resulta muy difícil controlar por la imprevisión de sus actos, refleja sin embargo que el llamamiento doctrinal que realizan a diario los radicales islamistas a través de las redes está encontrando un inesperado apoyo dentro de los grupos marginales que durante años han poblado los arrabales de nuestras ciudades, sin que se haya encontrado un modo de motivar a los miles de jóvenes que los habitan, para que encuentren un camino que les permita alcanzar un futuro de esperanza, a través de una educación que sistemáticamente, por su situación, se les niega.
Sumidos en el pozo negro de la incomprensión y la pobreza endémica característica de determinados grupos urbanos, incomprendidos y olvidados de manera permanente por los gobernantes o simplemente, hacinados en guetos en los que la falta de oportunidades les impiden mantener unas relaciones sociales sanas con individuos de otros colectivos, la promesa de convertirse en héroes que les ofrecen los terroristas y que muchas veces van a acompañadas de una fuerte mejora económica para sus familias, les hace, en cierto modo, adquirir una importancia que necesitan para satisfacer  sus emociones personales y les brinda, por una única vez, la impagable fortuna de ser importantes para una causa, proclive a ser aceptada sin reservas, por quiénes nada tienen ya que perder y a los que nada les importa, en última instancia, entregar la vida.
Éste tipo de acciones, que nada tienen que ver, en el fondo, con motivos religiosos entendidos como tales y mucho con la ineficacia de los gobiernos de las potencias europeas para conseguir que todos los ciudadanos, sin excepciones, que habitan nuestro viejo Continente, se integren en igualdad de condiciones en la Sociedad, revelan el grave problema que subyace bajo las diferentes formas que tenemos de afrontar la inmigración y han resurgido con fuerza desde que con la llegada de la crisis se multiplicara por mil el crecimiento del paro, construyendo un panorama laboral en el que la competitividad por conseguir un trabajo ha alcanzado niveles de ferocidad, hasta hace poco, inimaginables.
La culpabilización de los inmigrantes que han esgrimido en los últimos tiempos los Partidos de extrema derecha, que han venido disfrazando su xenofobia ideológica bajo el argumento de que los extranjeros nos roban las oportunidades de trabajar, consiguiendo que una buena parte de la población autóctona haya llegado a creer firmemente estas afirmaciones, ha aumentado considerablemente las desigualdades que, ya de por sí, sufrían estos grupos excluidos de la convivencia general, colocando a muchas de las personas que los integran, al límite de una desesperación, de la que no consiguen salir y que les persigue, inexorablemente, todos los días de sus tristes vidas.
Sin que exista absolutamente nada que pueda justificar estos actos de terrorismo, se podría decir sin embargo, que en cierto modo, son, más que fruto de un adoctrinamiento progresivo lanzado por los integristas, una muestra de nuestro propio fracaso como gestores de las relaciones con las personas procedentes de otras culturas y una prueba fehaciente y desgraciadamente luctuosa, de cómo las políticas de integración llevadas a cabo por los gobiernos europeos, no han conseguido otra cosa que generar focos localizados de extrema virulencia.
Las guerras, como la de Siria, las invasiones injustificadas, como la de Irak y el tratamiento que los occidentales hemos dado, fundamentalmente desde las altas instancias del poder, a los refugiados y migrantes que huyen de la muerte y de la pobreza, no han hecho otra cosa que aumentar de manera casi irreparable, las enormes distancias que separan a este primer mundo nuestro, de la selva inhabitable en que apenas sobreviven, aquellos que son, también, seres humanos, como nosotros.
Es la suya, una locura inducida por la crudeza de las circunstancias, que no se combate, además, con la fuerza de las armas, ni con la atrocidad de las guerras.
Quizá si fuéramos capaces de ofrecer soluciones que posibiliten a estos jóvenes que caen en la radicalidad, poder aspirar a una vida mejor, lejos de la marginación y la indignidad del terrible silencio, podríamos encontrar un camino por el que transitar  hacia un mundo más igualitario en el que no tuvieran cabida ni las injusticias, ni los resentimientos.



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