Las comunicaciones a través de la red, que han enriquecido
considerablemente los contactos entre personas, a lo largo y ancho de este
mundo y que gozan de una libertad de expresión
incomparable, permitiéndonos opinar sin tabúes ni censuras, mucho mejor
que en el resto de los medios, han de ser, sin embargo, escrupulosamente
revisadas, a causa de las actitudes que demuestran ciertos individuos, que
amparándose en un anonimato total, traspasan a diario los límites de esa
libertad, mancillando los sentimientos de la gente.
Sin estar de acuerdo en absoluto con los festejos en los que
se maltratan animales y convencida de que la pura razón acabará por
extinguirlos, no puedo por menos que criticar todos esos twits que se han
vertido a raíz de la muerte de un torero en Teruel y que demuestran una
violencia brutal, por parte de quiénes los escriben, superando, con mucho, la
crueldad que suponen las corridas de toros en las plazas.
Esta que escribe y que lleva haciéndolo en la red, desde
2010, de manera ininterrumpida, habiendo presenciado toda clase de situaciones
extremas, a lo largo de estos años, ha procurado sin embargo, con cuidado exquisito,
no perder nunca la educación, ni el decoro, a la hora de narrar cualquier
noticia, del tipo que fuera y sobre todo, no mancillar jamás el honor de nadie,
por duras que fueran sus acciones, ni herir en modo alguno, sus sentimientos.
Pero la delgada línea que separa lo válido de lo indigno,
parece cada vez más, desdibujarse con demasiada frecuencia y ese nutrido grupo
de supuestos valientes, que se esconden en la ambigüedad de la red, para
insultar, vejar o maltratar a los demás, con una impunidad incomprensible, no parecen tener la suficiente inteligencia
que les permita discernir hasta dónde pueden llegar, casi siempre porque no han
experimentado en carne propia, castigos similares a los que infringen a los
otros, a través de unas pocas palabras.
Urge pues, una revisión del funcionamiento de las redes
sociales, que incluya en el código penal esta suerte de ignominiosos delitos y
que fije unos códigos éticos inviolables a
los que todos debamos atenernos, sin excepción, pues está claro que
confiar en la autocensura, no ha funcionado en absoluto.
Verán, las mismas cosas pueden y deben expresarse en términos
bien diferentes y ya les digo yo que no hace falta caer en el insulto, en la
vejación, ni la infamia o restar un ápice de dureza.
·El idioma español es tan rico en modismos, en giros y
palabras distintas, que no resulta difícil
encontrar una vía que canalice aquello que queremos decir, si uno se detiene a
pensar, sin dejarse llevar, a la primera, por sentimientos como la ira, la
indignación o la violencia.
Nada hay mejor, que un texto capaz de plasmar una
circunstancia determinada, con la mayor simpleza, ni mayor satisfacción que
aprender a hacerlo, a base de práctica, por uno mismo y comprobar de qué manera
funciona, cuando llega a los lectores.
Buscar a la hora de escribir, únicamente la intención de
mancillar la dignidad de los otros, provocar por provocar y lo que es peor, creer
que esa provocación dota a quién la usa, de una inteligencia privilegiada,
supone unos niveles de zafiedad, que podría definirse sin temor a equivocarse
como una tara psicológica grave, que precisa con urgencia, un tratamiento.
Para los que utilizamos la red de otra manera, para los que
respetamos a las personas y al idioma, la actitud de estos individuos es,
absolutamente inaceptable y mucho agradeceríamos, por ejemplo, que fueran
expulsados inmediatamente y de manera
inapelable de los chats, para no volver
nunca. Todos ganaríamos muchísimo, puesto que su libertad termina, exactamente,
dónde empieza la nuestra.

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