jueves, 21 de julio de 2016

Los límites de la libertad


Las comunicaciones a través de la red, que han enriquecido considerablemente los contactos entre personas, a lo largo y ancho de este mundo y que gozan de una libertad de expresión  incomparable, permitiéndonos opinar sin tabúes ni censuras, mucho mejor que en el resto de los medios, han de ser, sin embargo, escrupulosamente revisadas, a causa de las actitudes que demuestran ciertos individuos, que amparándose en un anonimato total, traspasan a diario los límites de esa libertad, mancillando los sentimientos de la gente.
Sin estar de acuerdo en absoluto con los festejos en los que se maltratan animales y convencida de que la pura razón acabará por extinguirlos, no puedo por menos que criticar todos esos twits que se han vertido a raíz de la muerte de un torero en Teruel y que demuestran una violencia brutal, por parte de quiénes los escriben, superando, con mucho, la crueldad que suponen las corridas de toros en las plazas.
Esta que escribe y que lleva haciéndolo en la red, desde 2010, de manera ininterrumpida, habiendo presenciado toda clase de situaciones extremas, a lo largo de estos años, ha procurado sin embargo, con cuidado exquisito, no perder nunca la educación, ni el decoro, a la hora de narrar cualquier noticia, del tipo que fuera y sobre todo, no mancillar jamás el honor de nadie, por duras que fueran sus acciones, ni herir en modo alguno, sus sentimientos.
Pero la delgada línea que separa lo válido de lo indigno, parece cada vez más, desdibujarse con demasiada frecuencia y ese nutrido grupo de supuestos valientes, que se esconden en la ambigüedad de la red, para insultar, vejar o maltratar a los demás, con una impunidad incomprensible,  no parecen tener la suficiente inteligencia que les permita discernir hasta dónde pueden llegar, casi siempre porque no han experimentado en carne propia, castigos similares a los que infringen a los otros, a través de unas pocas palabras.
Urge pues, una revisión del funcionamiento de las redes sociales, que incluya en el código penal esta suerte de ignominiosos delitos y que fije unos códigos éticos inviolables a  los que todos debamos atenernos, sin excepción, pues está claro que confiar en la autocensura, no ha funcionado en absoluto.
Verán, las mismas cosas pueden y deben expresarse en términos bien diferentes y ya les digo yo que no hace falta caer en el insulto, en la vejación, ni la infamia o restar un ápice de dureza.
·El idioma español es tan rico en modismos, en giros y palabras  distintas, que no resulta difícil encontrar una vía que canalice aquello que queremos decir, si uno se detiene a pensar, sin dejarse llevar, a la primera, por sentimientos como la ira, la indignación o la violencia.
Nada hay mejor, que un texto capaz de plasmar una circunstancia determinada, con la mayor simpleza, ni mayor satisfacción que aprender a hacerlo, a base de práctica, por uno mismo y comprobar de qué manera funciona, cuando llega a los lectores.
Buscar a la hora de escribir, únicamente la intención de mancillar la dignidad de los otros, provocar por provocar y lo que es peor, creer que esa provocación dota a quién la usa, de una inteligencia privilegiada, supone unos niveles de zafiedad, que podría definirse sin temor a equivocarse como una tara psicológica grave, que precisa con urgencia, un tratamiento.

Para los que utilizamos la red de otra manera, para los que respetamos a las personas y al idioma, la actitud de estos individuos es, absolutamente inaceptable y mucho agradeceríamos, por ejemplo, que fueran expulsados inmediatamente  y de manera inapelable de los chats,  para no volver nunca. Todos ganaríamos muchísimo, puesto que su libertad termina, exactamente, dónde empieza la nuestra.  

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