Expone Pedro Sánchez sus argumentos ante el Congreso de los
diputados, utilizando un discurso que podría convencer a cualquiera, si su
voluntad a la hora de pactar no se hubiera decantado por el Partido de Albert
Rivera, cuya ideología, sobre todo en el ámbito económico y social, en nada
puede coincidir con la de las Formaciones que conforman el arco político de la
izquierda.
Basándose en la prioridad de arrebatar el gobierno al PP y
sin perder un solo minuto de vista a su nuevo socio, al que ha agradecido en
varias ocasiones la valentía de aceptar el acuerdo firmado, el líder socialista ha tratado de demostrar
que votar contra su investidura significaría rechazar de plano que las cosas
puedan cambiar en este país, como si la
posibilidad de decantarse por otras opciones, no hubiera existido jamás y el
abandono de las negociaciones por parte de Podemos, se tratara de una rabieta
de colegiales, a quiénes sus mayores niegan, por su bien, aquello que pedían.
Sin profundizar realmente en los problemas que más preocupan
a los españoles y utilizando enormes dosis de ambigüedad en el tratamiento de
ciertas leyes aprobadas por el PP que prometió reiteradamente derogar durante
la pasada campaña, como la Reforma Laboral o la Wert, Sánchez ha parecido poner
todo su esfuerzo en agradar a la mayor parte de la Cámara, sin entender en
ningún momento que la conforman diputados provenientes de distintas ideologías,
que no parecen dispuestos a renunciar a los principios en que se basan sus doctrinas
y a los que no ha logrado, al menos aparentemente convencer de los cacareados
beneficios de esta incomprensible comunión con un Partido de derechas, que
continúa pensando en la necesidad de contar con el PP, como socio tercero en el
gobierno.
Al oír a Sánchez, los españoles han tenido la sensación de
que todas las palabras que pronunciaba, eran proclives a ser barridas, en un
futuro, por el viento y que debajo de la fachada que mostraba ante los medios
que retransmitían el evento, subyacía un cierto poso de amargura por no haberse
atrevido a llevar a cabo acciones mucho más valientes.
El gesto de Pablo Iglesias y Errejón, en la bancada, daban
idea de lo poco que les estaba convenciendo y la ufanidad de Rivera, aún
estando seguro de que ambos perderán la votación, demostraba a las claras la
vanidad de quién ha resultado finalmente triunfador, en esto del acuerdo.
Los puntos de referencia del pacto, expuestos con alfileres
por el aspirante, incluyendo el ofrecimiento de diálogo a los diputados
catalanes, han quedado absolutamente sepultados por la cruda realidad de un
texto que más que sumar, como presume Sánchez, resta cualquier posibilidad de
triunfo a un maltrecho Partido Socialista, que se ha rendido sin condiciones a
las imposiciones de quiénes contando sólo con cuarenta escaños, se han
convertido en los auténticos protagonistas del evento.
Mucho tendría que trabajar Sánchez para conseguir, en segunda
instancia, atraer a todos los que ahora se oponen a su investidura, por razones
bien diferentes y mucho tendría que cambiar la maltratada línea ideológica del
PSOE de hoy, para que los ciudadanos volviéramos a verlo, como un Partido de la
izquierda.
Este discurso, representa un punto de inflexión para todos
los socialistas de este país, a los que se ha llevado, probablemente sin su
consentimiento, a una renuncia irreparable de los principios de su pensamiento,
acercándoles peligrosamente al neocapitalismo reconocido de Ciudadanos, tan
cercano a las tesis de Rajoy y tan lejano del sentimiento general de una
ciudadanía, hastiada de las medidas aplicadas por este sistema, caduco y
decadente.
No será difícil para los líderes de las otras fuerzas
políticas desmontar uno a uno los argumentos
expuestos en la Cámara esta tarde, que podía haber sido de gloria, pero
faltó valor para hacerlo.
Iglesias, Garzón y hasta Rajoy, han encontrado un enemigo
común al que negar su apoyo mañana y, créanme, es una pena que se trate de un
socialista.

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