Que el pensamiento de los europeos no coincide en nada con el
que demuestran tener sus dirigentes, hace tiempo que se ha convertido en una
verdad que no parece inquietar a las cúpulas del poder, pues continúan tomando
decisiones que se apartan, y mucho, del mandato que les hicieron sus electores
cuando les votaron a través de unas urnas, que se desprecian sistemáticamente.
El terrible hacinamiento de refugiados que huyen de los
horrores de la guerra y de la miseria, se ha convertido en una imagen habitual
que aparece diariamente en nuestros televisores, recordándonos las condiciones
en que se les permite sobrevivir, cuando llaman a las puertas de los países,
teóricamente civilizados, de nuestro Continente y que no se corresponden en
nada con lo que se debería hacer con cualquier refugiado político, que busca
una esperanza de vida, lejos del pánico y la extrema pobreza.
Los prebostes de la Unión europea, parecen haber encontrado
una solución al que constituye el mayor problema con que se han encontrado,
desde hace mucho tiempo y han decidido pagar a Turquía para que se comprometa a
mantener dentro de sus fronteras a estas personas, sin que se haya aclarado en
qué condiciones lo hará y sin importar la cantidad de refugiados que pueda
realmente asumir, con tal de deshacerse de este flujo migratorio, que pone en
peligro la imagen de un ficticio estado de bienestar, fruto directo del modelo
capitalista.
Poco importan los
millones de historias que traen consigo estos supervivientes de la
tragedia o si lo ofrecido será suficiente para garantizar sus necesidades más
perentorias, aunque lo que sabemos a día de hoy, es que malviven amontonados en
terrenos rasos, bajo los efectos del durísimo invierno, sin que se hayan
habilitado, al menos, lugares donde las familias se puedan refugiar,
proporcionándoles además, medicinas y alimentos.
Tampoco parece
inminente el fin de la guerra en Siria, pues los esfuerzos destinados a este
fin están resultando ser claramente insuficientes, por lo que el fracaso de las
políticas practicadas por estos líderes, únicamente preocupados por la marcha
de los mercados, está elevando el problema a la categoría de genocidio.
Son estas circunstancias las que hacen que uno sienta cada
vez con más fuerza, auténtica vergüenza de ser europeo y que se pregunte a
diario qué puede hacer, individual o colectivamente, para apartar de la cúpula
del poder, a estos seres sin corazón que
dirigen sin ninguna piedad nuestras vidas y que buscan soluciones muy diferentes
a las que se nos ocurrirían aplicar a los ciudadanos, si es que tuviéramos,
realmente, voz y voto, en las instituciones europeas.
Ahora se entiende por qué temen tan intensamente que las
cosas puedan cambiar en los países socios de la Unión, permitiendo la entrada
en los gobiernos de Partidos progresistas, que pudieran potenciar un cambio
auténtico en un Sistema corrompido por una hegemonía conservadora, neoliberal y
deshumanizada, empeñada en exterminar los derechos de los más desfavorecidos y
obsesionada por obtener beneficios del modo que fuere, aunque ello suponga
arrebatar la dignidad a los seres humanos, sin posibilidad de recuperación
posible.
La imagen de los refugiados, que podría ser mañana la
nuestra, si las cosas se torcieran por algún motivo en nuestros respectivos
lugares de residencia, es una herida abierta en el corazón de todos los
europeos que nunca ocuparemos ni aspiraremos a posiciones de poder, pero que
somos, inmensa mayoría, frente a los que
tiranizan nuestras instituciones, llegando a tolerar en su territorio, este retrato cotidiano de lo siniestro.
La condena universal a
la gestión de esta crisis, no deja dudas sobre la culpabilidad de los
dirigentes, pero ¿quién va a exigir responsabilidades a los señores del dinero?

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