Desde el mismo momento en que se conocieron los resultados de
las pasadas elecciones y en vista de que su Partido había experimentado un
enorme retroceso que no le permitiría gobernar en solitario, de ninguna manera,
Mariano Rajoy empezó a hablar de formar una gran coalición que siguiera el
ejemplo de otros países europeos, como su amada Alemania y que aunara bajo su
mando a los diputados de PP, PSOE y Ciudadanos, para contar con doscientos
cincuenta y tres votos, de los trescientos cincuenta que componen el Congreso.
Esta proposición, que no sólo dejaría al PSOE en franca
minoría frente a un nutrido grupo de diputados de derechas, a la hora de tomar
decisiones a lo largo de toda la legislatura, excluiría además a todos los
grupos restantes del variopinto arco político y muy principalmente a Podemos,
que en realidad, supone una auténtica amenaza para los propósitos continuistas
del PP, no sólo por las propuestas expuestas en su programa, sino también por
el inusitado carisma que sus líderes vienen demostrando, desde que aparecieron
en escena.
Pero los españoles nos hallamos bastante escarmentados de los
gobiernos de mayorías absolutas, baste con mencionar los últimos cuatro años
para corroborarlo y la “bonita coalición” planteada por el Partido Popular, no
sólo preludia una prórroga sine die de las políticas de recortes económicos y
sociales que se han venido practicando bajo la batuta de Rajoy, durante sus
años de mandato, sino que constituiría un salvoconducto para que se nos siga
silenciando como hasta ahora, quedando así, sin ningún tipo de representación,
otra vez, en el Parlamento.
Seguramente el PP contaba de antemano, con que Rivera
obtuviera un resultado similar al que ha conseguido Podemos en los últimos
Comicios y ya se frotaba las manos pensando en un gobierno a dos, en la órbita
propuesta desde Europa, con el que poder decidir nuestro futuro más inmediato,
sin poca o ninguna oposición o pudiendo, numéricamente, pasar de ella.
Salió mal la jugada y no ha quedado otro remedio que tener
que contar con la aquiescencia de su más tradicional enemigo, incluso después de haber negado la mano a Sánchez
durante la breve reunión que mantuvieron y hacer, como que se olvidaban las
palabras del candidato socialista en el debate, en las que calificó, sin
paliativos, a Mariano Rajoy, de indecente.
Pero eso poco importa, si se juega el poder en la partida y
muy fundamentalmente, si se está seguro de que de producirse el acuerdo, se
contará incondicionalmente con el favor de Rivera, lo que de algún modo
constituiría una manera de dilapidar a los socialistas, aunque formaran parte
del futuro gobierno y muy especialmente, a Pedro Sánchez, a quién se considera
un líder pasajero, a causa de las presiones que sufre permanentemente, en su
propio Partido.
No obstante, el voto de la ciudadanía no refleja, en
absoluto, un deseo de este acuerdo, sobre todo porque una gran parte de la
confianza depositada en las urnas recae directamente en las Formaciones de
izquierdas, a las que la gran coalición relegaría a un segundo plano, en cuanto
se formara gobierno.
Por otra parte, ninguno de los cambios deseados sería
posible, empezando por una reforma de la Constitución que cambiara el sistema
electoral o terminara con el imperdonable aforamiento con que ahora cuentan,
muchos presuntos delincuentes y continuando por la detestada Reforma Laboral,
la Ley Wert o la Ley Mordaza, que permanecerían intactas durante los próximos
cuatro años, bajo una nueva Presidencia de quién las aprobó y que no estaría
dispuesto a cambiar, ni una sola coma de su contenido.
Y qué decir del problema catalán, que se ha convertido en un
galimatías de difícil solución, gracias a la espantosa gestión de Rajoy y a su
empeño en enterrar un diálogo absolutamente preciso, si se desea encontrar una
salida digna, que termine de una vez y para siempre, con este ridículo
enfrentamiento entre pueblos.
Olvídense, de encontrar un trabajo que no sea precario, de
que a sus hijos les den una beca, de recibir una atención sanitaria de
excelencia, de recuperar el dinero de las Preferentes, de que desaparezcan los
desahucios, de que baje la gasolina, de que acabe la corrupción, de que se
implante un impuesto sobre las grandes fortunas y de que la justicia sea
equitativa para todos los ciudadanos…porque Rajoy, continuaría siendo
Presidente.
Cómo no podría ser de otra manera, al único que complacería
este pacto sería a quién de otro modo, habría de abandonar el poder,
renunciando a incontables privilegios y teniendo que justificar, ante su
sucesor, hasta el último número de la gestión llevada a cabo durante la última
legislatura, amén de otras “cosillas” sin importancia, que ahora se investigan
en los tribunales y que seguramente, terminarán descubriéndose.
Pero no queda otra que esperar y rogar porque la razón de
imponga sobre las intenciones de esta casta, que sin querer reconocer que lo
es, actúa, vive y se mueve, tratando de paralizar cualquier iniciativa que
termine con un reinado que ya ha durado demasiado tiempo.
Casi doce millones de españoles, hemos votado para transformar
este sistema. A ver si por una vez, se nos respeta.

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