Contra pronóstico, Felipe VI decide aconsejar un periodo de
reflexión a las diferentes fuerzas políticas, sin convocar una nueva ronda de
consultas para elegir otro candidato a la Investidura, después de que Pedro
Sánchez fracasara estrepitosamente en dos ocasiones, tras su pacto con
Ciudadanos.
Escamotea esta decisión a Rajoy su intención de presentarse
de manera triunfal como salvador de la patria y hasta frustra considerablemente
su discurso en contra del acuerdo alcanzado, una vez que él mismo rechazara la
proposición real, por falta de unos apoyos que no parece haber conseguido
tampoco, a pesar de que ha pasado algún tiempo.
Francamente decepcionado con la posición adoptada por Rivera,
que no demostró ningún pudor en criticar durísimamente las políticas del PP,
durante las dos sesiones de Investidura, las posibilidades para alcanzar
acuerdos futuros se convierten para el PP, en prácticamente inalcanzables y
sólo si los socialistas accedieran finalmente a consentir en que Mariano Rajoy
accediera de nuevo a la Presidencia, podrían lograr una victoria amarga, que enseguida les
pasaría factura, durante los próximos cuatro años de gobierno.
Esta extraña alianza, que parece momentáneamente imposible,
si el PSOE quiere conservar la poca credibilidad que le ha quedado, después de
pactar con Rivera, de producirse, contaría con toda probabilidad con el aplauso
del líder de ciudadanos, deseoso de conseguir una coalición de la derecha,
aunque para ello tuviera que convivir a regañadientes con los socialistas y
hacer que sus electores olvidaran, a la mayor brevedad posible, todo el pasado
de corrupción que acompaña al Partido de Rajoy y que tanto ha criticado, a lo
largo de tanto tiempo.
Por otro lado, las Formaciones de izquierda se niegan a tirar
la toalla sin intentar nuevas
negociaciones, contando incluso con los socialistas alrededor de la mesa y
proponen ya desde hoy a Pedro Sánchez, que rectifique su postura de los pasados
días, procurando abrir otra vía más acorde con lo que dicta la lógica de su
pensamiento, aunque a la vieja guardia de su partido no le guste nada esta
posibilidad y tenga que librar una auténtica batalla campal con sus barones, para
firmar un nuevo acuerdo.
Que la circunstancias que nos ha dejado el resultado de las
elecciones no es nada fácil, nadie lo discute, pero precisamente en este tipo
de trances es donde queda clara la grandeza de los políticos, pues el arte de
negociar, aunque en este país nuestro se ha practicado poco o nada, por razones
bien evidentes, conlleva la necesidad de respetar necesariamente las posiciones
de los demás, cediendo parte de las nuestras y siempre en pos de un bien común,
que últimamente se olvida, con demasiada frecuencia.
Evidentemente, la falta de costumbre en estas
experiencias de los grandes Partidos de
nuestro país, impide la fluidez natural del proceso, fundamentalmente, porque
se niegan desde el principio a reconocer que el panorama actual ha cambiado
considerablemente, muy a su pesar y que otra realidad que se les ha venido encima,
sin que hayan podido hacer nada por evitarlo.
Creyéndose aún garantes de unas mayorías, que se les han
escapado por el desagüe en las últimas elecciones y que no volverán a recuperar
porque los ciudadanos parecen absolutamente decididos a no cambiar su intención
de voto, se mantienen enrocados en unas posiciones más propias de quiénes
cuentan con un apoyo que ahora les falta, por lo que más temprano que tarde, no
les quedará otro remedio que aceptar que los tiempos pasados no volverán y
plegarse a lo que ahora exigen de ellos los ciudadanos, obligatoriamente.
Que la época dorada
del bipartidismo quedó atrás y España necesita con urgencia de un gobierno, es
la única verdad que puede afirmarse sin error y ha de ser ese, el primer punto
a tratar, se proceda del Partido que se proceda y se cuente con los votos que
se cuente.
Negarse a negociar, urdir estrategias más propias de otros
periodos menos conflictivos que el que vivimos, pretender mantener un estatus
que se ha esfumado, afortunadamente, no es más que continuar anclados a un espejismo a punto de
desaparecer, en perjuicio de una ciudadanía que espera de sus políticos, la
talla necesaria, para alcanzar acuerdos.
El espectáculo que estamos viendo estos días, deja claro que
pocos de ellos aprueban en su manera de
gestionar el conflicto, pero lo peor es que por su culpa, el gobierno de Rajoy
está siendo, en funciones o no, el más largo de cuántos se han conocido en
nuestra Democracia y parece que va para largo, si nada lo remedia.

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