lunes, 28 de marzo de 2016

Víctimas de segunda


A sólo unos días de que el terror sacudiera Bruselas, provocando una reacción de rechazo en Europa y una ola de solidaridad con las víctimas de dichos sucesos, una bomba detonada en un parque de Paquistan repleto de familias con niños, deja un saldo de más de sesenta muertos, a los que se contempla sin embargo, como una especie de efecto colateral de la violencia que sacude a diario los países musulmanes, sin que los líderes de las grandes potencias consideren estos hechos como una prioridad a resolver, dentro de sus apretadas agendas.
Las vidas humanas sacrificadas en Paris, Bruselas, Madrid, Londres, Nueva York, o cualquier otro país, de los considerados como integrantes del primer mundo, tienen, a efecto real, exactamente el mismo valor que las que a diario se pierden en número incalculable en lugares menos desarrollados económicamente, pero para vergüenza nuestra, la indignación que provocan estos ataques, no cuentan en modo alguno, con la misma solidaridad internacional que hace a las masas escribir en las redes sociales mensajes como los que hemos conocido estos días de “Je suis Paris o Bruselas” o convocar minutos de silencio en medio de las plazas, para demostrar la angustia que produce su muerte, a pesar de que en muchos casos, se trata de niños, absolutamente  indefensos.
Son, víctimas de segunda clase, que por proceder aleatoriamente de lugares injustamente desfavorecidos, quedan relegados a un plano inferior, para la opinión general, demostrando así, que hasta después de la muerte, existe un clasismo generalizado que marca abismales diferencias entre los seres humanos que pueblan la tierra.
 Lo estamos viendo estos días, en los que procuramos continuar con nuestras vidas, mientras a las puertas de nuestras malditas fronteras se agolpan desesperadas multitudes ingentes de refugiados, obligados a vivir muchísimo peor de lo que viviría cualquier mascota en casa de una familia de clase media y sabiendo como sabemos, que la responsabilidad de lo que allí acontece, nos compete, en este momento, con toda seguridad, a nosotros, aunque tratemos de auto convencernos de la imposibilidad real que tenemos de poder ayudar y aceptemos, sumisamente, las explicaciones que nos ofrecen los políticos encargados de resolver los problemas europeos, de cuya ineptitud no queda duda, al contemplar las imágenes que nos llegan a diario, de los campos de la vergüenza.
Con el problema del terrorismo, suele suceder exactamente lo mismo y los españoles lo sabemos de primera mano, pues en este país nuestro, nunca se trató de igual modo el recuerdo de las víctimas de ETA que el de las de los atentados de Madrid y sólo este año, se ha conseguido, no sin esfuerzo, hacer un acto de conmemoración conjunto, en el que por fin, hemos visto a los familiares unidos, llorando a sus muertos.
Y aunque enumerando lo ocurrido desde que se produjera la masacre de Charlie Hebdo, nuestra memoria nos recuerda que la mayor parte de estas acciones se han producido en Yemen, Mali, Pakistán, Estambul, Nigeria, Irak o Siria, hasta llegar de nuevo a Paris y después a Bruselas, la relevancia testimonial que se ha ofrecido sobre las víctimas procedentes de otros destinos lejos de Europa, ha sido significativamente mucho menor, por no decir, irrelevante, en todos y cada uno de los casos referidos anteriormente.
Los actos terroristas representan en este mundo en el que nos ha tocado vivir, evidentemente con suertes bien diferentes, una de las mayores atrocidades a las que pueden enfrentarse los seres humanos, independientemente del lugar de su procedencia y  por una simple cuestión de respeto, todas y cada una de esas víctimas, a las que se privó de continuar viviendo por medio de la más absurda de las violencias, han de merecer, sin excepciones, una misma clase de dolor, pues todos formaban parte de un entorno, en el que seguramente serán eternamente llorados y al que nuestra indiferencia ha de herir, necesariamente, en lo más profundo de sus sentimientos.


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