A sólo unos días de que el terror sacudiera Bruselas,
provocando una reacción de rechazo en Europa y una ola de solidaridad con las
víctimas de dichos sucesos, una bomba detonada en un parque de Paquistan
repleto de familias con niños, deja un saldo de más de sesenta muertos, a los
que se contempla sin embargo, como una especie de efecto colateral de la
violencia que sacude a diario los países musulmanes, sin que los líderes de las
grandes potencias consideren estos hechos como una prioridad a resolver, dentro
de sus apretadas agendas.
Las vidas humanas sacrificadas en Paris, Bruselas, Madrid,
Londres, Nueva York, o cualquier otro país, de los considerados como
integrantes del primer mundo, tienen, a efecto real, exactamente el mismo valor
que las que a diario se pierden en número incalculable en lugares menos
desarrollados económicamente, pero para vergüenza nuestra, la indignación que
provocan estos ataques, no cuentan en modo alguno, con la misma solidaridad
internacional que hace a las masas escribir en las redes sociales mensajes como
los que hemos conocido estos días de “Je suis Paris o Bruselas” o convocar
minutos de silencio en medio de las plazas, para demostrar la angustia que
produce su muerte, a pesar de que en muchos casos, se trata de niños,
absolutamente indefensos.
Son, víctimas de segunda clase, que por proceder
aleatoriamente de lugares injustamente desfavorecidos, quedan relegados a un
plano inferior, para la opinión general, demostrando así, que hasta después de
la muerte, existe un clasismo generalizado que marca abismales diferencias
entre los seres humanos que pueblan la tierra.
Lo estamos viendo
estos días, en los que procuramos continuar con nuestras vidas, mientras a las
puertas de nuestras malditas fronteras se agolpan desesperadas multitudes
ingentes de refugiados, obligados a vivir muchísimo peor de lo que viviría
cualquier mascota en casa de una familia de clase media y sabiendo como
sabemos, que la responsabilidad de lo que allí acontece, nos compete, en este
momento, con toda seguridad, a nosotros, aunque tratemos de auto convencernos
de la imposibilidad real que tenemos de poder ayudar y aceptemos, sumisamente,
las explicaciones que nos ofrecen los políticos encargados de resolver los
problemas europeos, de cuya ineptitud no queda duda, al contemplar las imágenes
que nos llegan a diario, de los campos de la vergüenza.
Con el problema del terrorismo, suele suceder exactamente lo
mismo y los españoles lo sabemos de primera mano, pues en este país nuestro,
nunca se trató de igual modo el recuerdo de las víctimas de ETA que el de las
de los atentados de Madrid y sólo este año, se ha conseguido, no sin esfuerzo,
hacer un acto de conmemoración conjunto, en el que por fin, hemos visto a los
familiares unidos, llorando a sus muertos.
Y aunque enumerando lo ocurrido desde que se produjera la
masacre de Charlie Hebdo, nuestra memoria nos recuerda que la mayor parte de
estas acciones se han producido en Yemen, Mali, Pakistán, Estambul, Nigeria,
Irak o Siria, hasta llegar de nuevo a Paris y después a Bruselas, la relevancia
testimonial que se ha ofrecido sobre las víctimas procedentes de otros destinos
lejos de Europa, ha sido significativamente mucho menor, por no decir,
irrelevante, en todos y cada uno de los casos referidos anteriormente.
Los actos terroristas representan en este mundo en el que nos
ha tocado vivir, evidentemente con suertes bien diferentes, una de las mayores
atrocidades a las que pueden enfrentarse los seres humanos, independientemente
del lugar de su procedencia y por una
simple cuestión de respeto, todas y cada una de esas víctimas, a las que se
privó de continuar viviendo por medio de la más absurda de las violencias, han
de merecer, sin excepciones, una misma clase de dolor, pues todos formaban
parte de un entorno, en el que seguramente serán eternamente llorados y al que
nuestra indiferencia ha de herir, necesariamente, en lo más profundo de sus
sentimientos.

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