Tras fracasar en su segundo intento para ser investido
Presidente de Gobierno, Pedro Sánchez y su Partido han perdido la oportunidad
de liderar una alianza de la izquierda española y quedan ahora, atados a un
acuerdo con Ciudadanos que probablemente nunca debieron firmar y que
condicionará durante mucho tiempo el devenir de los socialistas, haya o no,
nuevas Elecciones, colocándoles, exactamente, en el lugar que para ellos
deseaba su socio Albert Rivera.
Que el PSOE no ganaba nada con este acuerdo y que nunca
lograría convencer al resto de las Formaciones del arco político para que se
unieran a él incondicionalmente, todos lo sabíamos, pero al menos, mientras que
defendió las expectativas de negociación con Podemos, IU y Compromís e incluso
llegó a sostener ciertas con versaciones con el PNV, como si tuviera la
intención de alcanzar un compromiso, mantuvo, a los ojos de los ciudadanos,
unas ciertas dosis de credibilidad, que luego se han ido esfumando, a medida
que pasaban los días y sólo era capaz de ponerse de acuerdo con el Partido de
Rivera, al que siempre se ha considerado como el modelo de la nueva derecha
española.
Los dos fracasos consecutivos obtenidos en las Sesiones de
investidura, maniata, a partir de ahora, a Sánchez, para poder intentar
conversaciones encaminadas a consolidar otro tipo de acuerdos y convierten el
pacto con Rivera en una pesada losa de la que no sólo parece imposible
deshacerse, sino que no le deja otra salida que un intento a la desesperada de
atraer al PP, tradicionalmente, su peor enemigo.
La situación del PSOE, es a todas luces, desesperada, pues
nunca será capaz de recuperar todo lo que ha perdido en estos días, para muchos
de sus electores, que difícilmente podrán volver a confiar en aquello que
prometía como la panacea para abandonar los efectos terribles que las políticas
de recortes de Rajoy han traído a sus vidas y que soñaban con dejar atrás,
gracias al pacto de las izquierdas.
Evidentemente, han triunfado las tesis de los barones
socialistas, sobre las primeras intenciones de su líder y se podría afirmar,
que el espantoso ridículo protagonizado por Sánchez en ambas sesiones de
Investidura será, sin duda alguna y en un breve espacio de tiempo, su propia
muerte política.
Sólo el Partido de Rivera, sale tremendamente reforzado del
fallido acuerdo, pues al haber arrastrado al PSOE hacia los postulados de la
derecha, no sólo ha podido parar cualquier tipo de negociación con las
Formaciones más progresistas, sino que ha destrozado su prestigio como Partido
de la oposición a Rajoy, seguramente con la intención de forzarle a firmar ese
pacto a tres, que Rivera ha defendido desde el principio, pero que transforma a
los socialistas en títeres, en manos de la derecha.
No tardará en llegar el momento en que Mariano Rajoy haga su
entrada triunfal en escena, pavoneándose
de que ya nos advirtió del fracaso de Sánchez y apelando a la obligatoriedad de
que todas las fuerzas constitucionalistas se alíen, contra la radicalidad de
los otros y naturalmente, apoyándole a él, para ser investido, de nuevo,
Presidente.
Entretanto, los ciudadanos aguardamos expectantes las
manifestaciones que habrán de hacer, con toda seguridad, Susana Díaz, Felipe
González y todos aquellos que reiteradamente se han opuesto a los acuerdos de la
izquierda, aunque ya imaginamos que su estrategia irá encaminada a culpabilizar
a Podemos, que no ha querido traicionar sus principios, a favor de un trato
inaceptable y torticero, pero que representa una excusa socorrida para
salvaguardar la maltrecha imagen que el
PSOE ha dejado, de cara a una Sociedad deseosa de un cambio real, con la que
probablemente no podrán contar, si vamos a nuevos comicios.
Hablando claro. Si los socialistas de la vieja guardia
quieren en el fondo pactar con Ciudadanos y PP, que lo digan, para que podamos
valorar sin medias tintas la naturaleza de su pensamiento.
Pero presumirse garantes de la izquierda, firmando documentos
que mantienen las desastrosas condiciones laborales y sociales que los
españoles hemos soportado durante los últimos cuatro años, desdeñando cualquier
posibilidad de entendimiento con otras fuerzas e incluso menospreciando a
quiénes las conforman, tachándoles de una radicalidad que no es más que un
intento por solucionar los problemas reales de este país, supone, perdónenme,
una burda manipulación de la verdad, siempre en busca de beneficios.
Su pacto, a dos o a
tres, indistintamente, mata la esperanza de millones de personas por cambiar el
negro panorama en el que sufrimos y será, si es que llegan a conseguirlo, una
traición a los intereses de los que albergábamos el sueño de que una vida mejor era posible.

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