Mientras miles de españoles miraban al cielo, rogando que no
se estropearan los actos procesionales propios de la Semana santa, considerando
como su preocupación primordial, desfilar o participar como público en ellos,
otros seres humanos mucho menos afortunados, carentes de todo lo necesario para
subsistir de un modo digno en los campos de la vergüenza que Europa ha
instalado para hacinarlos, reacia a abrir sus fronteras, suplicaban una
oportunidad para rehacer de algún modo sus vidas, lejos de las enfermedades,
las epidemias, el hambre y la indignidad que les está trayendo este principio
de Primavera.
A un tiempo también, la sórdida imagen del horror se
apoderaba de las calles de Bruselas, en las que casi dos centenares de personas
de varias nacionalidades perdían la vida, en nuevos atentados terroristas,
perpetrados en el mismo corazón de nuestro viejo Continente y demostrando, en
cierto modo, que todas las medidas de prevención establecidas por los Gobiernos
actuales, no solo no han obtenido ningún resultado en este campo, sino que la
posibilidad de que estas acciones ocurran, en cualquier lugar, se están
convirtiendo cada vez en más aleatorias e incoherentes.
Pero a la España de charanga y pandereta que cantara Machado
hace ya casi un siglo, le importaba bien poco lo que pudiera estar sucediendo
fuera de ese pequeño y cerrado mundo que pueblan los defensores a ultranza de
los ritos semanasanteros y la insultante riqueza de los adornos procesionales,
con sus Vírgenes dolorosas atravesadas por puñales de oro y diamantes y
ataviadas con joyas de incalculable valor y mantos bordados con finos hilos
plateados, ha vuelto a las calles, impasible ante la miseria superlativa de los
refugiados a los que podrían en gran parte socorrer, pues se dicen a sí mismo
cristianos y pertenecientes a una Iglesia que, sin embargo, humilla con estos
actos de pomposidad, la dignidad personal de los más humildes, a los que según
su doctrina deberían defender y cuidar, por encima de todo.
Los atentados de Bruselas, nos recordaban a todos la
fugacidad de la vida, colocándonos frente a un espejo en el que mirar la imagen
de necedad que reflejamos, en cuanto empezamos a dar cierta importancia a las
cosas absolutamente materiales que nos procuran un mal denominado bienestar,
que bien mirado, no es más que un disfrute de la suerte que aún nos acompaña,
pero que en algún momento se puede quebrar, como un cristal, sin móvil
aparente.
Incluso hablar de política, quejarse de la ineptitud de
nuestros Partidos para alcanzar acuerdos que consigan el nombramiento de un
nuevo gobierno, parecía al contemplar estas escenas, sucio y pecaminoso en
esencia, si los que lleguen al poder no son tampoco capaces de hallar
soluciones que nos acerquen a la igualdad entre los seres humanos y procurarnos
a todos, la oportunidad de un mestizaje en paz, que haga desaparecer de nuestro
entorno los horrores de las guerras, de la pobreza económica y espiritual que
padecemos y que hace que la justicia se convierta en un concepto huero, sin un
significado real, para los que padecen el drama de un éxodo no deseado, pero
evidentemente, obligado y perentorio.
Los contrastes vividos durante esta Semana santa de 2016, son
la prueba evidente de la enorme deshumanización que está experimentando nuestro
mundo en los últimos tiempos y representa, un grito desgarrado emitido desde el
alma misma de nuestra generación, reclamando un cambio necesario y urgente en
las actitudes de todos, si es que se quiere remediar el hundimiento de unos
valores imprescindibles, para la supervivencia de nuestra especie.
Busquen en su interior y díganme, si alguno de esos
refugiados, niños o adultos, si alguna de las víctimas de los atentados
perpetrados a lo largo y ancho del planeta, merece su suerte. Y después,
indíquenme, si de verdad importa un carajo que
la lluvia arruine las procesiones o no, en esta España rancia,
desgraciadamente, tan nuestra.

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