Lo ocurrido con el PP en la comunidad de Valencia y el
aluvión de pruebas que están apareciendo estos días, algunas, vergonzantes
conversaciones en las que se discute abiertamente sobre blanqueo de dinero y se
menciona la palabra corrupción como si no tuviera connotaciones delictivas,
viene a demostrar casi fehacientemente la existencia de una trama de extensión
aún desconocida y que los que ocupaban cargos de relevancia en las
Instituciones, representando al Partido conservador, seguramente, consideraban
su territorio como un paraíso de impunidad, mientras se perpetuaban en el
poder, durante más de veinte años.
La invitación hecha por el juez a Rita Barberá, para que se
anime a declarar voluntariamente, antes de ser imputada por el Supremo, supone
un desafío que seguramente la ex alcaldesa aceptará como un mal menor de
cuántos le pueden acontecer, ahora que ya no reina en el Ayuntamiento y no le
queda nadie que refuerce su versión de los hechos, pues todos sus compañeros se
hallan imputados como presuntos delincuentes fiscales.
En pleno periodo de negociaciones, los asuntos de Valencia y
Madrid, complican aparatosamente las posibilidades de Rajoy para poder alcanzar
algún acuerdo, pues naturalmente, a nadie le apetece pactar con una Formación
sospechosa de haberse financiado ilegalmente y en la que muchos de sus miembros
parecen haberse enriquecido a costa del erario público, sin el menor pudor y en
los peores momentos de la crisis.
No pasa un solo día en que no aparezcan nuevas informaciones,
cada vez más indignantes, sobre esta especie de mafia perfectamente
estructurada, en la que los caudales de todos se movían de manera fraudulenta y
con toda libertad, sin que se encontrara ninguna traba para hacer y deshacer
negocios con empresarios que siempre terminaban favoreciendo los intereses
personales de algún político y parece mentira que durante tantos años, no se
haya podido demostrar la existencia de este entramado escandaloso, ni juzgado,
hasta ahora, a ninguno de los participantes en los hechos.
Que aún queden personas que defiendan la gestión del PP y que
casi siete millones de españoles continúen votando al Partido, aun conociendo a
través de los medios todo lo que ha venido sucediendo reiterativamente, al
menos en las más importantes Comunidades que han regentado desde hace tiempo,
parece responder más a un odio ancestral hacia la ideología de la izquierda,
que una cuestión de lealtad, pues es incomprensible que alguien pueda seguir
otorgando su confianza a quien le roba, mientras le exige sacrificios
prácticamente imposibles de superar y que le están llevando al borde de un
abismo, del que no va a ser fácil salir, si las cosas no cambian radicalmente.
En estos tiempos en que la incertidumbre nos acompaña y en los
que no queda nada claro qué clase de futuro nos aguarda, hasta que no se
consiga formar Gobierno, la primera pregunta que deberíamos hacernos todos
sería si de verdad estamos dispuestos a seguir permitiendo esta incesante
sustracción de caudales que vienen practicando los que hasta hace bien poco se
encontraban en el poder, otorgándoles en cierta medida, nuestra complicidad en
tales delitos, por medio de nuestros votos.
Porque sería un error y grave, considerar que la corrupción
es inherente al ejercicio de la política y disculpar y aceptar estas prácticas
delictivas por parte de los altos cargos que nos representan a todos y a los
que en definitiva, pagamos con nuestros impuestos y no intentar, del único modo
que podemos, procurar la desaparición inmediata de este tipo de fenómenos
habituales ahora en el panorama español y no sólo por medio de la justicia,
sino también castigando a quienes las cometieron, apoyando a un nuevo Gobierno
de otro signo, que empiece su andadura,
con limpieza.
Quizá por eso, no se explican las reticencias del PSOE a
alcanzar un acuerdo con Podemos, ni su empecinamiento en mantener a Ciudadanos
en primera línea de juego, sabiéndose que el deseo de Rivera sería el de
incorporar, más temprano que tarde, al Partido Popular al acuerdo, enterrando
así, de algún modo, el pasado turbio que arrastra y que está aún por
esclarecer, para desgracia nuestra.
En cierta medida, si el PP volviera a ostentar cargos de
poder en la próxima legislatura, difícilmente podría llegarse a la verdad de lo
sucedido y sería, como si le otorgáramos un perdón que no merece, por parte de
los españoles.
Algún día, cuando terminen de juzgarse los casos pendientes y
se pueda calcular el montante exacto de lo que se nos ha escamoteado mediante
las numerosas tramas que han protagonizado innumerables cargos populares,
España se estremecerá al pensar, cuántas cosas se habrían podido hacer con lo
que se nos robó, si de verdad era cierto que alguna vez estuvimos en crisis y
sobre todo, quedará claro quiénes son los que han vivido por encima de sus
posibilidades y ya les adelanto yo, que no hemos sido precisamente nosotros.

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