Esta larga legislatura, que empezó porque muchos españoles
castigaron a Zapatero por las medidas económicas tomadas en el final de su
segundo mandato, está permitiendo a Mariano Rajoy y su equipo permanecer en el
poder, mientras se logran o no los pactos pertinentes para elegir nuevo
Presidente y administrar, a pesar de estar en funciones, ciertas decisiones de
calado que bien pudieran no ser del gusto de los españoles, pero que habrá que
acatar, a menos que más pronto que tarde se consiga desatascar el nudo político
que ha dejado el resultado de las elecciones de Diciembre, aunque lo más
probable es que por fracasar las negociaciones, no quede otro remedio que ir a
nuevos Comicios.
Los expertos ya han comenzado a hacer cábalas respecto a lo
que pueden crecer o mermar las posibilidades de cada uno de los Partidos,
aunque los augurios que se adivinan en la calle, parecen más bien encaminados a
una repetición casi exacta de lo que ahora mismo tenemos, ya que la mayoría de
los ciudadanos no están dispuestos a cambiar su intención de voto.
Sin que se haya podido averiguar por qué, en este país
nuestro, hay una larga tradición de desencuentros entre los Partidos
considerados progresistas, que ni siquiera fueron capaces de aunar fuerzas
cuando empezaron a perder la guerra civil y que propició, en parte, que los
españoles tuvieran que soportar una dictadura de más de cuarenta años, cuyos
efectos, por desgracia, todos conocemos.
Afortunadamente,
aquella situación ha cambiado considerablemente en los últimos tiempos y el paso
del tiempo, la educación y la amplitud de miras de los españoles, políticos o
no, ha mejorado considerablemente, aunque sin llegar a ser suficiente para
corregir ciertos errores que parecen permanecer inalterables en cuanto se ponen
encima de la mesa cuestiones relacionadas con el poder y se impone obligatoriamente la necesidad de
tener que dialogar y también de hacer ciertas concesiones, que proporcionen una
vía por la que poder alejarse de los graves efectos que nos ha regalado, la
mayoría absoluta que obtuvo en 2011, la derecha.
Salvando las distancias, nos encontramos ahora también en un
momento de crisis que habría podido resolverse en sólo unas horas, si todos los
Partidos de izquierdas se hubieran puesto manos a la obra, con la intención
real de encontrar una verdadera unidad que propiciara un auténtico gobierno de
progreso, en lugar de idear rebuscadas alianzas imposibles entre Formaciones
ideológicamente opuestas, cuya única misión ha de ser, necesariamente y los
españoles lo sabemos, no romper la corriente de influencia de las grandes
potencias europeas sobre nuestro desgraciado país, obligado así a navegar hacia
el puerto a que se nos quiera llevar desde la Unión y en las condiciones que
desde allí se dicten.
En vista de estas
circunstancias, a uno no le queda otro remedio que reflexionar sobre la
importancia real que tiene el voto libremente emitido de los ciudadanos y
fundamentalmente, sobre si los políticos actuales se encuentran o no dispuestos
a respetar los dictados de sus electores, porque si más de once millones de
españoles han votado a la izquierda y el pensamiento troncal de PSOE, Podemos,
IU y otros, resulta ser infinitamente parecido, no se acaban de comprender las
dificultades que se están encontrando en ponerse de acuerdo y menos aún, la
intrusión de un Partido como Ciudadanos
en el epicentro de la negociación, siendo como es, representante de una nueva
derecha.
Va a ser verdad que a la izquierda española parece
perseguirla una maldición inexplicable, que por algún motivo sobrenatural, la
divide en facciones irreconciliables, cada vez que se encuentra en un punto de
máxima fuerza o que otra clase de poderes ocultos, que rigen los destinos del
mundo desde la oscuridad, aunque todos sabemos quiénes son y lo que realmente
pretenden, se afanan en conseguir mantener de la forma que sea, a sus adeptos
al frente de las naciones, impidiendo cualquier cambio que pueda menguar,
aunque sea mínimamente, el flujo de sus
intereses.
Sería, no obstante, interesante, pararse a pensar quiénes se
pliegan a esas exigencias que alteran la lógica de los acuerdos y en razón a
qué lo hacen, llegando incluso a traicionar severamente las raíces mismas de su
pensamiento, adoptando la estrategia de culpabilizar a los demás de su propia
falta de valentía para tratar de cambiar el futuro y aún sabiendo de antemano,
cuánto perjudicará su proceder, al grueso de la ciudadanía.
Habría, de producirse nuevas elecciones, que votar en función
de eso y dar la importancia justa que tiene el hecho de permanecer fieles a un
pensamiento o el de cambiarlo, a
conveniencia, con la única intención de que todo continúe como está y que el
mañana sea exactamente igual que el ayer, o peor aún, para los que no tenemos ni
tendremos jamás, otra fortuna que la que nos genere el trabajo.

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