domingo, 13 de marzo de 2016

La maldición de la izquierda


Esta larga legislatura, que empezó porque muchos españoles castigaron a Zapatero por las medidas económicas tomadas en el final de su segundo mandato, está permitiendo a Mariano Rajoy y su equipo permanecer en el poder, mientras se logran o no los pactos pertinentes para elegir nuevo Presidente y administrar, a pesar de estar en funciones, ciertas decisiones de calado que bien pudieran no ser del gusto de los españoles, pero que habrá que acatar, a menos que más pronto que tarde se consiga desatascar el nudo político que ha dejado el resultado de las elecciones de Diciembre, aunque lo más probable es que por fracasar las negociaciones, no quede otro remedio que ir a nuevos Comicios.
Los expertos ya han comenzado a hacer cábalas respecto a lo que pueden crecer o mermar las posibilidades de cada uno de los Partidos, aunque los augurios que se adivinan en la calle, parecen más bien encaminados a una repetición casi exacta de lo que ahora mismo tenemos, ya que la mayoría de los ciudadanos no están dispuestos a cambiar su intención de voto.
Sin que se haya podido averiguar por qué, en este país nuestro, hay una larga tradición de desencuentros entre los Partidos considerados progresistas, que ni siquiera fueron capaces de aunar fuerzas cuando empezaron a perder la guerra civil y que propició, en parte, que los españoles tuvieran que soportar una dictadura de más de cuarenta años, cuyos efectos, por desgracia, todos conocemos.
 Afortunadamente, aquella situación ha cambiado considerablemente en los últimos tiempos y el paso del tiempo, la educación y la amplitud de miras de los españoles, políticos o no, ha mejorado considerablemente, aunque sin llegar a ser suficiente para corregir ciertos errores que parecen permanecer inalterables en cuanto se ponen encima de la mesa cuestiones relacionadas con el poder  y se impone obligatoriamente la necesidad de tener que dialogar y también de hacer ciertas concesiones, que proporcionen una vía por la que poder alejarse de los graves efectos que nos ha regalado, la mayoría absoluta que obtuvo en 2011, la derecha.
Salvando las distancias, nos encontramos ahora también en un momento de crisis que habría podido resolverse en sólo unas horas, si todos los Partidos de izquierdas se hubieran puesto manos a la obra, con la intención real de encontrar una verdadera unidad que propiciara un auténtico gobierno de progreso, en lugar de idear rebuscadas alianzas imposibles entre Formaciones ideológicamente opuestas, cuya única misión ha de ser, necesariamente y los españoles lo sabemos, no romper la corriente de influencia de las grandes potencias europeas sobre nuestro desgraciado país, obligado así a navegar hacia el puerto a que se nos quiera llevar desde la Unión y en las condiciones que desde allí se dicten.
 En vista de estas circunstancias, a uno no le queda otro remedio que reflexionar sobre la importancia real que tiene el voto libremente emitido de los ciudadanos y fundamentalmente, sobre si los políticos actuales se encuentran o no dispuestos a respetar los dictados de sus electores, porque si más de once millones de españoles han votado a la izquierda y el pensamiento troncal de PSOE, Podemos, IU y otros, resulta ser infinitamente parecido, no se acaban de comprender las dificultades que se están encontrando en ponerse de acuerdo y menos aún, la intrusión  de un Partido como Ciudadanos en el epicentro de la negociación, siendo como es, representante de una nueva derecha.
Va a ser verdad que a la izquierda española parece perseguirla una maldición inexplicable, que por algún motivo sobrenatural, la divide en facciones irreconciliables, cada vez que se encuentra en un punto de máxima fuerza o que otra clase de poderes ocultos, que rigen los destinos del mundo desde la oscuridad, aunque todos sabemos quiénes son y lo que realmente pretenden, se afanan en conseguir mantener de la forma que sea, a sus adeptos al frente de las naciones, impidiendo cualquier cambio que pueda menguar, aunque sea mínimamente,  el flujo de sus intereses.
Sería, no obstante, interesante, pararse a pensar quiénes se pliegan a esas exigencias que alteran la lógica de los acuerdos y en razón a qué lo hacen, llegando incluso a traicionar severamente las raíces mismas de su pensamiento, adoptando la estrategia de culpabilizar a los demás de su propia falta de valentía para tratar de cambiar el futuro y aún sabiendo de antemano, cuánto perjudicará su proceder, al grueso de la ciudadanía.

Habría, de producirse nuevas elecciones, que votar en función de eso y dar la importancia justa que tiene el hecho de permanecer fieles a un pensamiento   o el de cambiarlo, a conveniencia, con la única intención de que todo continúe como está y que el mañana sea exactamente igual que el ayer, o peor aún, para los que no tenemos ni tendremos jamás, otra fortuna que la que nos genere el trabajo.

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