Sufre Mariano Rajoy una agresión en plena campaña electoral,
de parte de un joven de diecisiete años, en plena calle y a la luz del día, que
no puede tener justificación de ninguna manera, aunque viene a demostrar hasta dónde puede
llegar la indignación, por parte de algunas personas, aún por conocer la
historia personal que tiene detrás el agresor y si en cierta medida, se ha
visto afectado en su entorno, por alguno de los recortes practicados por el
actual Presidente.
Está habiendo en esta campaña, un tono encubierto de
violencia, que en nada se parece a lo que se nos tiene acostumbrados desde que
consiguiéramos darnos la Democracia, como si en estos últimos cuatro años, todo
se hubiera complicado tan profundamente, que hubiera dejado una huella
indeleble, no sólo en los ciudadanos, sino también en los políticos.
Pero la educación y la elegancia, a la hora de litigar por el
poder y también en el transcurrir de las vidas de todos los que dependemos
directamente de los dictados de los Gobiernos, han de ser conservadas como una
barrera que separa lo animal de lo racional y acompañarnos, aún cuando la
desesperación nos invade hasta la médula, sin que podamos ver una salida.
Hemos de convencernos que en política, el único camino para
cambiar lo que nos disgusta o directamente nos agrede, es acudir masivamente a
las urnas, habiendo meditado unos votos, que tienen mucha más importancia de la
que les dan aquellos que nos los suplican ahora por las calles y plazas del
país, prometiéndonos un imperio y que son, directamente, los responsables de
quiénes después se sientan en los tronos del poder, para decidir durante los
próximos cuatro años, cuál y de qué manera será nuestro destino.
Y aunque el hartazgo y la impotencia que produce el hecho de
haber sido sistemáticamente desoídos en el transcurso de toda la legislatura,
haga crecer en nosotros la tentación de perder los papeles, en el hipotético
caso de que nos tropezáramos por casualidad con los responsables de todas
nuestras miserias, es infinitamente mejor, darse el gusto de verlos caer del
pedestal en el que se encuentran, cuando son derrotados por los resultados
electorales, o por las posibles coaliciones que puedan producirse entre
Partidos, ya que hablando se entiende la gente.
Ya sabemos que la justicia, no siempre es impartida con
equidad, en este país nuestro, pero el tiempo, termina por colocar a cada cual
en el lugar que le corresponde y la verdad, suele ser tozuda en perseguir, así
que pasen veinte años, a todos aquellos que por alguna razón traspasaron los
límites de lo que se considera decente, mientras ocupaban un cargo político.
De ahí la importancia de los historiadores, que suelen
escribir objetivamente lo que sucede en las Naciones durante la etapa que les
corresponde vivir y que dejan reflejado,
para que los que vengan conozcan al detalle
los hechos y puedan juzgar, por sí mismos, si fueron o no graves los
sucesos que acontecieron a sus antecesores y quiénes los provocaron o
dirigieron.
Está claro que Mariano Rajoy y los suyos, probablemente serán
recordados, más que por la gestión que hicieron en sus labores de gobierno, por haber protagonizado en altísimo número, la
peor etapa de corrupción que se vivió en España, sin que fueran capaces de
resolverlo.
Esa será una de las penitencias más duras que se verán
obligados a sufrir en su condición de políticos y, créanme, que nada ni nadie
podrá evitar que así suceda o maquillar de ningún modo, el pésimo recuerdo que
dejaron, entre los que ahora vivimos.
Buscar otros caminos, resta inmediatamente razón a la enorme
fuerza de los argumentos e incluso coloca a los que los esgrimen en una
incómoda situación, por si a los agredidos les da por pensar o difundir, que en
el fondo, se aplaude la conducta de los agresores.
Éstos sí que son minorías y no los corruptos que durante
tanto tiempo han esquilmado los recursos del país, cuando habrían tenido que
ser, un ejemplo de honestidad, para todos nosotros.

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