Si hace solo unos meses nos hubieran dicho a los españoles
que veríamos a Mariano Rajoy mendigando amistad a los líderes de otras
Formaciones políticas y aferrándose a las mieles que le ha reportado su cargo
durante los últimos cuatro años, como si su vida fuera a terminarse si no
consigue gobernar otra vez, más de uno de nosotros hubiera negado por activa y
por pasiva que pudiera darse algún día tal posibilidad, conociendo el talante
soberbio que caracterizaba a tal personaje, que debía pensar que había sido
elegido Presidente de este País, de forma vitalicia.
Algo parecido debe ocurrir también a los informadores, con
los que ahora procura reunirse Rajoy, un día sí y otro también, pero que hasta
hace bien poco se han visto obligados a conformarse con una negativa casi
permanente o con tener que abordarle precipitadamente en los pasillos del
Congreso, para recibir monosílabos como respuesta y hasta a escuchar sus
declaraciones a través de un televisor instalado para tal fin y por supuesto,
sin derecho a réplica.
Pero el tiempo suele encargarse más tarde o más temprano de
colocar a cada uno en su sitio y los
errores cometidos en la vida terminan por pasar factura a quienes los cometen, dando
muchas veces la razón a los que reiterativamente advirtieron, de un modo u
otro, su desacuerdo con la línea seguida por determinadas personas y en este
caso, a este sufrido pueblo que en tantas ocasiones reclamó ser oído por quién
era su Presidente, obteniendo el más absoluto silencio, como única respuesta.
De pronto, toda esa altivez que conlleva la práctica tiránica
del poder, las pretensiones de triunfalismo permanente que ha exhibido el Partido
Popular y más concretamente sus principales dirigentes, despreciando la opinión
de los ciudadanos que le suplicaban un poco de respeto por su dignidad y un
amparo para poder conservar derechos inherentes a la persona, como por ejemplo
el trabajo, se ha venido abajo como un castillo de naipes a merced del viento,
barriendo con su caída todo el orgullo malsano que se amasó en el transcurso de
esta legislatura y colocando al PP y a su cabeza visible, en la incómoda
posición de tener que abandonar el poder por la puerta de atrás y sin un solo
amigo que le manifieste abiertamente su apoyo.
Es ahora, demasiado
tarde para recurrir a la caridad de los españoles, que en su inmensa mayoría no
perdonan a Rajoy que les haya hecho caer en un cuasi permanente estado de
tristeza y cuya única prioridad es la de recuperar, al menos en cierta medida,
los derechos económicos y sociales que les fueron violentamente arrebatados sin
contemplaciones, siguiendo no se sabe bien las órdenes de quién, ni con qué fin
concreto.
Los cuatro años que Rajoy ha estado en el poder, la única
mano que se ha abierto a los ciudadanos, ha sido la de la gente más cercana y
el oficio de político, que representaban institucionalmente los cargos del Partido
Popular, se ha ido degradando y ensuciando, hasta el punto de que cualquier
atisbo de confianza que pudiera quedarles, siempre y sin excepciones, se
encontraba en la solidaridad que les brindaba la propia Sociedad y nunca
provenía de sus supuestos representantes, en el Partido del Gobierno.
Ya no sirve, el acercamiento fingido que hemos visto durante
toda la Campaña, con Rajoy estrechando manos a pie de una calle, a la que ha
venido ignorando sistemáticamente mientras ha durado su presidencia, ni el
intento desesperado de aparecer ante nosotros como el hombre normal que nunca
fue, ni en casa de Bertín Osborne, ni en ninguna otra parte y con la única
intención de no ser apeado de un cargo que siempre le ha venido grande y que le
sirvió para poner en práctica unas políticas, que no solo nos recortaron los
ingresos, sino también las emociones del alma.
La vida, como ven, ofrece en determinados momentos, lecciones
magistrales que conviene aprender de carrerilla como los niños en la escuela y
que impiden, si uno no se afana en la moraleja que ofrecen, la oportunidad de
no volver a tropezar nuevamente en las mismas piedras que encontramos en el
camino.
Infravalorar el voto de los españoles, ha colocado a Mariano Rajoy
exactamente en el lugar en que ahora se encuentra y que es, justamente, el que corresponde
a los méritos hechos durante un mandato que seguramente y para nuestro bien,
nunca volverá a repetirse.

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