martes, 29 de diciembre de 2015

Por mérito propio


Si hace solo unos meses nos hubieran dicho a los españoles que veríamos a Mariano Rajoy mendigando amistad a los líderes de otras Formaciones políticas y aferrándose a las mieles que le ha reportado su cargo durante los últimos cuatro años, como si su vida fuera a terminarse si no consigue gobernar otra vez, más de uno de nosotros hubiera negado por activa y por pasiva que pudiera darse algún día tal posibilidad, conociendo el talante soberbio que caracterizaba a tal personaje, que debía pensar que había sido elegido Presidente de este País, de forma vitalicia.
Algo parecido debe ocurrir también a los informadores, con los que ahora procura reunirse Rajoy, un día sí y otro también, pero que hasta hace bien poco se han visto obligados a conformarse con una negativa casi permanente o con tener que abordarle precipitadamente en los pasillos del Congreso, para recibir monosílabos como respuesta y hasta a escuchar sus declaraciones a través de un televisor instalado para tal fin y por supuesto, sin derecho a réplica.
Pero el tiempo suele encargarse más tarde o más temprano de colocar a cada uno en su sitio  y los errores cometidos en la vida terminan por pasar factura a quienes los cometen, dando muchas veces la razón a los que reiterativamente advirtieron, de un modo u otro, su desacuerdo con la línea seguida por determinadas personas y en este caso, a este sufrido pueblo que en tantas ocasiones reclamó ser oído por quién era su Presidente, obteniendo el más absoluto silencio, como única respuesta.
De pronto, toda esa altivez que conlleva la práctica tiránica del poder, las pretensiones de triunfalismo permanente que ha exhibido el Partido Popular y más concretamente sus principales dirigentes, despreciando la opinión de los ciudadanos que le suplicaban un poco de respeto por su dignidad y un amparo para poder conservar derechos inherentes a la persona, como por ejemplo el trabajo, se ha venido abajo como un castillo de naipes a merced del viento, barriendo con su caída todo el orgullo malsano que se amasó en el transcurso de esta legislatura y colocando al PP y a su cabeza visible, en la incómoda posición de tener que abandonar el poder por la puerta de atrás y sin un solo amigo que le manifieste abiertamente su apoyo.
 Es ahora, demasiado tarde para recurrir a la caridad de los españoles, que en su inmensa mayoría no perdonan a Rajoy que les haya hecho caer en un cuasi permanente estado de tristeza y cuya única prioridad es la de recuperar, al menos en cierta medida, los derechos económicos y sociales que les fueron violentamente arrebatados sin contemplaciones, siguiendo no se sabe bien las órdenes de quién, ni con qué fin concreto.
Los cuatro años que Rajoy ha estado en el poder, la única mano que se ha abierto a los ciudadanos, ha sido la de la gente más cercana y el oficio de político, que representaban institucionalmente los cargos del Partido Popular, se ha ido degradando y ensuciando, hasta el punto de que cualquier atisbo de confianza que pudiera quedarles, siempre y sin excepciones, se encontraba en la solidaridad que les brindaba la propia Sociedad y nunca provenía de sus supuestos representantes, en el Partido del Gobierno.
Ya no sirve, el acercamiento fingido que hemos visto durante toda la Campaña, con Rajoy estrechando manos a pie de una calle, a la que ha venido ignorando sistemáticamente mientras ha durado su presidencia, ni el intento desesperado de aparecer ante nosotros como el hombre normal que nunca fue, ni en casa de Bertín Osborne, ni en ninguna otra parte y con la única intención de no ser apeado de un cargo que siempre le ha venido grande y que le sirvió para poner en práctica unas políticas, que no solo nos recortaron los ingresos, sino también las emociones del alma.
La vida, como ven, ofrece en determinados momentos, lecciones magistrales que conviene aprender de carrerilla como los niños en la escuela y que impiden, si uno no se afana en la moraleja que ofrecen, la oportunidad de no volver a tropezar nuevamente en las mismas piedras que encontramos en el camino.

Infravalorar el voto de los españoles, ha colocado a Mariano Rajoy exactamente en el lugar en que ahora se encuentra y que es, justamente, el que corresponde a los méritos hechos durante un mandato que seguramente y para nuestro bien, nunca volverá a repetirse.

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