martes, 8 de diciembre de 2015

Directo al corazón


A pesar de basarse en un formato que no daba lugar al lucimiento, el esperadísimo debate de La Sexta tuvo en Pablo Iglesias un clarísimo ganador que arrasó en las encuestas convocadas por varios medios de comunicación de distinto signo y que, seguramente, consiguió atraer hacia su persona y su Partido, un buen número de votos de indecisos que bien podrían transformar considerablemente los augurios que le colocaban como cuarta fuerza política, por detrás de PP, PSOE y Ciudadanos, para las elecciones del 20 de Diciembre.
Precisamente el formato, diseñado más que para un Debate, para una entrevista a cuatro bandas, aguó considerablemente las perspectivas con las que los espectadores nos sentamos ante el televisor, al ofrecer unos temas marcados por los presentadores sin dar demasiada oportunidad a la improvisación de los participantes, ni permitirles tocar en profundidad real, ninguno de los aspectos tratados, además de obviar otros, como el de la Justicia e incluso el de la Sanidad, de vital importancia para la vida cotidiana de todos los españoles.
La sombra de Rajoy como sujeto elíptico, representado por una Soraya Sainz de Santamaría abocada a tener que defender la gestión del PP durante sus cuatro años de gobierno, sobrevoló en todo momento el plató forzando a los candidatos a dirigirse a él, como si estuviera presente y provocó, casi desde el principio del acto, un aluvión de críticas y mofas continuadas que no cesaron en toda la noche, quizá como merecido castigo a su falta de valor para enfrentarse a sus enemigos políticos.
Un Pedro Sánchez profesionalmente muy preparado para la ocasión, que no desaprovechó ninguna de las oportunidades que se le brindaron para criticar severamente la gestión de los populares, a la vez que se autoproclamaba como la única alternativa de poder, se mostraba sin embargo, absolutamente hierático frente a las cámaras, carente de gestos de complicidad que atrajeran la simpatía de los ciudadanos y daba por sentada una consolidación personal como líder del PSOE y como renovador del Partido, que en ningún momento resultó creíble, ya que en nada se diferenciaba su actuación de la que hubieran tenido, de estar allí, cualquiera de sus antecesores.
Procurando obviar cualquier hecho de un pasado que sin embargo, forma parte de la historia de este país  y de la memoria de los españoles, trató de competir, en un plano de total desigualdad, pues todos recordamos a los gobiernos socialistas, con los líderes emergentes que le acompañaban y a los que no se puede aún juzgar por labores de Gobierno.
Albert Rivera, excesivamente nervioso y equívocamente convencido por los resultados que le auguran las encuestas, adoleció sin embargo, de la necesaria seguridad para defender argumentos que fueron, uno a uno, aplastados por la lógica de sus oponentes y solo consiguió un momento de notoriedad, cuando esgrimió la portada de  El Mundo, en la que se acusaba a Rajoy de cobrar sobresueldos en negro.
Ni siquiera la natural verborrea del aspirante, sirvió para proporcionarle la altura que de él se esperaba en tan importantísimo evento e incluso hubo minutos en que la tensión le superó con creces, como cuando Pablo Iglesias le invitó a definir claramente si estaría o no dispuesto a enviar tropas españolas a Siria y no supo o no quiso contestar, temiendo quizá perder, si decía que si, un buen puñado de votos.
Qué decir de Soraya Sáinz de Santamaría, la peor de todos, con diferencia, abrumada por los ataques en bloque de todos y cada uno de sus oponentes, desacostumbrada a debatir con gente que la contradiga y viviendo una realidad paralela a la que perciben los ciudadanos del país que gobierna. Sola ante un peligro que su Presidente le había regalado, como si más que una cómplice fuera una enemiga y sabiendo que cuántas acusaciones se hacían a la gestión del PP durante sus años de gobierno, iban dirigidas también personalmente a su comportamiento, aunque el principal responsable estuviera, como es su natural, lejos del terreno de juego.
Quizá esa espantosa soledad fue la que le hizo perder los nervios en varias ocasiones, incapaz de defender lo que todos los españoles consideramos indefendible y flanqueada por tres animales políticos de primer orden, cuya primera misión era anoche, apearla del tren de la campaña, sin compasión alguna.
Pablo Iglesias, sereno, cercano, hablando el idioma cotidiano de la mayoría de la gente y expresando con meridiana claridad los auténticos problemas con que se enfrenta a diario el sufrido pueblo español,  dio una lección magistral de saber estar, vertiendo las acusaciones hacia sus oponentes, con una educación exquisita.
Contundente y directo, con la mirada limpia, pero atreviéndose a casi todo, sin un solo atisbo de indecisión o miedo, sus años de brega con los medios, le posicionaron casi desde el principio, como vencedor del enfrentamiento.
Sencillamente, no tuvo competidor, a pesar de ser el más atacado por todos, en el transcurso de la noche, muchas veces con palabras y gestos de mal gusto, otras con comparaciones que no venían al caso, como cuando Sánchez le habló de Txipras.
Mantener la serenidad y no dar nunca la impresión de ser más que una persona normal, frente al divismo de los otros, le ayudó considerablemente a ser comprendido y respetado por quiénes le veíamos a través de la pantalla, como si fuera uno de los nuestros.
Su alegato final, brillante y estremecedor, fue el colofón que coronó la noche que termina de consagrarle como uno de los mejores líderes que han pasado por la política española.
Sus palabras, fueron directas al corazón de los españoles. Y no les digo yo que más de uno no las recuerde y las haga suyas, a la hora de depositar su voto en las urnas, el día veinte.




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