A pesar de basarse en un formato que no daba lugar al
lucimiento, el esperadísimo debate de La Sexta tuvo en Pablo Iglesias un
clarísimo ganador que arrasó en las encuestas convocadas por varios medios de
comunicación de distinto signo y que, seguramente, consiguió atraer hacia su
persona y su Partido, un buen número de votos de indecisos que bien podrían
transformar considerablemente los augurios que le colocaban como cuarta fuerza política,
por detrás de PP, PSOE y Ciudadanos, para las elecciones del 20 de Diciembre.
Precisamente el formato, diseñado más que para un Debate,
para una entrevista a cuatro bandas, aguó considerablemente las perspectivas
con las que los espectadores nos sentamos ante el televisor, al ofrecer unos
temas marcados por los presentadores sin dar demasiada oportunidad a la
improvisación de los participantes, ni permitirles tocar en profundidad real,
ninguno de los aspectos tratados, además de obviar otros, como el de la
Justicia e incluso el de la Sanidad, de vital importancia para la vida
cotidiana de todos los españoles.
La sombra de Rajoy como sujeto elíptico, representado por una
Soraya Sainz de Santamaría abocada a tener que defender la gestión del PP
durante sus cuatro años de gobierno, sobrevoló en todo momento el plató
forzando a los candidatos a dirigirse a él, como si estuviera presente y
provocó, casi desde el principio del acto, un aluvión de críticas y mofas
continuadas que no cesaron en toda la noche, quizá como merecido castigo a su
falta de valor para enfrentarse a sus enemigos políticos.
Un Pedro Sánchez profesionalmente muy preparado para la
ocasión, que no desaprovechó ninguna de las oportunidades que se le brindaron para
criticar severamente la gestión de los populares, a la vez que se
autoproclamaba como la única alternativa de poder, se mostraba sin embargo,
absolutamente hierático frente a las cámaras, carente de gestos de complicidad
que atrajeran la simpatía de los ciudadanos y daba por sentada una
consolidación personal como líder del PSOE y como renovador del Partido, que en
ningún momento resultó creíble, ya que en nada se diferenciaba su actuación de
la que hubieran tenido, de estar allí, cualquiera de sus antecesores.
Procurando obviar cualquier hecho de un pasado que sin
embargo, forma parte de la historia de este país y de la memoria de los españoles, trató de
competir, en un plano de total desigualdad, pues todos recordamos a los
gobiernos socialistas, con los líderes emergentes que le acompañaban y a los
que no se puede aún juzgar por labores de Gobierno.
Albert Rivera, excesivamente nervioso y equívocamente
convencido por los resultados que le auguran las encuestas, adoleció sin
embargo, de la necesaria seguridad para defender argumentos que fueron, uno a
uno, aplastados por la lógica de sus oponentes y solo consiguió un momento de
notoriedad, cuando esgrimió la portada de El Mundo, en la que se acusaba a Rajoy de
cobrar sobresueldos en negro.
Ni siquiera la natural verborrea del aspirante, sirvió para proporcionarle
la altura que de él se esperaba en tan importantísimo evento e incluso hubo minutos
en que la tensión le superó con creces, como cuando Pablo Iglesias le invitó a
definir claramente si estaría o no dispuesto a enviar tropas españolas a Siria
y no supo o no quiso contestar, temiendo quizá perder, si decía que si, un buen
puñado de votos.
Qué decir de Soraya Sáinz de Santamaría, la peor de todos,
con diferencia, abrumada por los ataques en bloque de todos y cada uno de sus
oponentes, desacostumbrada a debatir con gente que la contradiga y viviendo una
realidad paralela a la que perciben los ciudadanos del país que gobierna. Sola
ante un peligro que su Presidente le había regalado, como si más que una
cómplice fuera una enemiga y sabiendo que cuántas acusaciones se hacían a la
gestión del PP durante sus años de gobierno, iban dirigidas también personalmente
a su comportamiento, aunque el principal responsable estuviera, como es su
natural, lejos del terreno de juego.
Quizá esa espantosa soledad fue la que le hizo perder los
nervios en varias ocasiones, incapaz de defender lo que todos los españoles
consideramos indefendible y flanqueada por tres animales políticos de primer orden,
cuya primera misión era anoche, apearla del tren de la campaña, sin compasión
alguna.
Pablo Iglesias, sereno, cercano, hablando el idioma cotidiano
de la mayoría de la gente y expresando con meridiana claridad los auténticos
problemas con que se enfrenta a diario el sufrido pueblo español, dio una lección magistral de saber estar,
vertiendo las acusaciones hacia sus oponentes, con una educación exquisita.
Contundente y directo, con la mirada limpia, pero
atreviéndose a casi todo, sin un solo atisbo de indecisión o miedo, sus años de
brega con los medios, le posicionaron casi desde el principio, como vencedor
del enfrentamiento.
Sencillamente, no tuvo competidor, a pesar de ser el más atacado
por todos, en el transcurso de la noche, muchas veces con palabras y gestos de
mal gusto, otras con comparaciones que no venían al caso, como cuando Sánchez
le habló de Txipras.
Mantener la serenidad y no dar nunca la impresión de ser más
que una persona normal, frente al divismo de los otros, le ayudó
considerablemente a ser comprendido y respetado por quiénes le veíamos a través
de la pantalla, como si fuera uno de los nuestros.
Su alegato final, brillante y estremecedor, fue el colofón
que coronó la noche que termina de consagrarle como uno de los mejores líderes
que han pasado por la política española.
Sus palabras, fueron directas al corazón de los españoles. Y no
les digo yo que más de uno no las recuerde y las haga suyas, a la hora de
depositar su voto en las urnas, el día veinte.

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