Como si el debate del lunes no hubiera terminado, los
analistas políticos centran ahora todas sus intervenciones en presuponer cuáles
serán los pactos reales a que se llegarán, una vez finalizadas las elecciones y
qué alternativas de gobierno serán posibles, calculando las probabilidades que
tendrían unas y otras alianzas entre Partidos, incluso de diferentes ideologías.
Hace años que la política no estaba presente en todas las
conversaciones de los españoles y eso, debemos en justicia agradecérselo a la
llegada de Podemos, que entró como un torrente de aire fresco en un País, dónde
todo se había viciado de tal manera, que los ciudadanos éramos ya incapaces de
identificarnos con el decadente bipartidismo que se alternaba en el poder,
desde la misma llegada de la Democracia.
Hay en la calle, expectación
e interés por lo que unos y otros exponen en sus particulares campañas electorales y no solo
porque, como es evidente, la política afecta a todos los órdenes de nuestras
vidas, sino también, porque hacía años que no se libraba una batalla entre
aspirantes de tanta envergadura como ésta, en la que por cierto, nos jugamos
nuestra estabilidad colectiva y personal, durante los próximos cuatro años.
Cuenta también, que el incumplimiento de promesas electorales
que ha protagonizado el PP durante la legislatura, ha conseguido que seamos
mucho más meticulosos a la hora de asimilar los discursos, haciendo que
pongamos toda nuestra atención en las probabilidades reales que tienen los
programas de ser cumplidos o no, en un futuro, ya que estamos hartos de que una
vez que alcanzan el poder, los políticos se olviden de sus compromisos.
No queda más remedio que otorgar un voto de confianza a los
partidos emergentes, puesto que no hay razón que justifique dudar de su palabra
todavía y también, porque la política española necesitaba con urgencia de savia
nueva, que transformara la caduca manera de actuar de la vieja guardia de
socialistas y populares, que habían sido incapaces de evolucionar, en los
últimos cuarenta años.
Se nota, un viento de renovación que seguramente incomoda a
los candidatos tradicionales pero que hay que reconocer que nos tiene
enganchados al devenir de los acontecimientos, pegados a las pantallas de las
televisiones y a las noticias de los medios, incluyendo a una juventud, hasta
hace bien poco, se mostraba apática con cualquier tema que tuviera que ver con
la cosa pública.
Subidos al tren de la inmediatez, los españoles se han vuelto
a meter de lleno en la vorágine de los acontecimientos electorales y hasta
expresan su deseo de votar, cuando muchos de ellos habían dejado de hacerlo
sistemáticamente, al no encontrarse representados en ninguno de los Partidos
que conformaban hasta ahora, nuestro Parlamento.
Hasta se apuesta en la calle por determinadas alianzas,
deseando, cada cual en su línea que tal o cual negociación no llegue a buen
término, quizá porque todos estamos
deseosos de abandonar la niebla gris que nos ha acompañado durante estos
últimos cuatro años y que con toda seguridad, de un modo u otro, desparecerá
por fin de nuestras vidas, el próximo veinte de Diciembre.
Pase lo que pase, ya nunca nada volverá a ser lo mismo,
porque en cierta medida, en este país nuestro y durante el peor de los tiempos
que nos ha tocado vivir, se ha hecho una revolución tácita que está dando ahora
los apetecidos frutos que todos añoramos, cuando salimos a las calles aquel
15M.
Los que pretendan seguir anclados a los modelos del pasado,
errarán. Quiéranlo o no, todo ha cambiado demasiado en esta España nuestra.
El futuro que tenemos por delante estará dirigido, por el que
mejor sepa evolucionar con los tiempos, cumpliendo a rajatabla lo que prometa
precisamente en estos días y entendiendo que su primera obligación será estar
al servicio de los ciudadanos, atendiendo en cada momento, las necesidades de
las mayorías.
Sin poder dejar de atender a las noticias que se van
produciendo, también para los que escribimos esta historia, por fin, vuelve a
ser apasionante.
De verdad, que lo habíamos echado mucho de menos.

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