Nadie puede dudar a estas alturas que aparecer en televisión,
para un político, supone una innegable fuente de poder y que no se puede dar la
espalda a los medios, por mucha mayoría que se tenga, si uno pretende
garantizarse un futuro en su carrera personal, gozando de la popularidad que
aporta colarse en las casas de los ciudadanos, sin esfuerzo, a la hora de la
cena.
Está claro también, que si la televisión necesita de la
presencia del político, sobre todo en campaña electoral y siempre con las miras
de subir en audiencia, mucho más necesita seguramente el político de la
televisión cuando la indecisión acompaña a una gran mayoría de los votantes,
pues los mensajes emitidos a través de este medio, son los únicos que tienen
cierta garantía de ser escuchados, si se tiene en cuenta que casi nadie puede prescindir de sentarse un
rato ante la pantalla y en familia, como todos sabemos y asumimos.
De ahí la importancia que se atribuye a los Debates entre
aspirantes a gobernar en cualquier País medianamente civilizado y de ahí, la
guerra mediática que se libra por conseguir agrupar en una cadena cualquiera al
mayor número de ellos, para propiciar un enfrentamiento educado del que los
futuros votantes puedan entresacar conclusiones antes de tomar una decisión
concreta, al mismo tiempo que sube el prestigio del canal que emite el
programa, para vanagloria de sus dueños.
Mucho le ha costado entender todo esto a Mariano Rajoy, que a
veces parece anclado de facto y en su retórica, en un mensaje decimonónico
absolutamente obsoleto, casi tanto, como descender a una realidad de la que
comenzó a separarse desde el mismo momento en que empezó a saborear las mieles
del poder y que se le ha echado encima de golpe y por sorpresa, casi al final
de su legislatura, reclamándole todas aquellas acciones que sistemáticamente
negó, pero que ante la incertidumbre, se convierten en instrumentos de
utilidad, si no quiere que le apeen del carro los españoles, el próximo veinte
de Noviembre.
Todos sabemos que Rajoy se siente infinitamente más cómodo en
las cadenas que sabe afines a su ideología y que como no podía ser de otra
manera, ni siquiera le importa enfrentarse al líder del PSOE, en un debate a
dos, que ahora carece de enjundia, a la vista de las circunstancias políticas,
pero que le cuesta un enorme esfuerzo y de ahí su reiterada negativa,
participar en un Debate ágil, en el que no tenga tiempo de consultar sus
imprescindibles papeles y en el que tenga que responder a la vez, a varios
contrincantes, con programas distintos, que sabe de antemano que no se lo van a
poner fácil con sus impertinencias.
Por ello, a Rajoy le da igual que lo entrevisten en soledad,
cocinar con Bertín Osborne o jugar al dominó en una peña de ancianos, en plena
Castilla, a la hora del café, e incluso participar en programas de radio
deportivos, en los que los temas fundamentales tratarán del deporte, como no
podría ser de otra manera y por tanto,
hasta podrá salir airoso de un lance en el que la discusión nunca pasa a
mayores, pero podría hacerle parecer más
humano, delante de la gente.
A regañadientes, no le ha quedado otro remedio que aceptar
acudir por primera vez, sin que sirva de precedente, a la Sexta, para
enfrentarse a las preguntas de un grupo de ciudadanos, de los que todos
esperamos que aprovechen esta impagable oportunidad, para ser incisivos en sus
planteamientos.
Sin embargo, al Gran Debate del día siete, envía en avanzadilla a quien suele resolver
todos sus problemas, la sufrida Soraya Sainz de Santamaría, que en estos
momentos debe sentirse como un gladiador
a punto de saltar a la arena para enfrentarse a unos leones que, en principio,
estaban destinados a otro luchador, que se las arregló para sortear el azar,
colocando a quien le seguía en el orden natural de la lucha, justo dónde debía
estar él, no se sabe con qué argumentos.
Con toda seguridad, esta decisión que ahora le ayuda a
mantenerse al margen de toda crítica, terminará por pasarle factura, pues en sí
misma, constituye una falta de respeto hacia los ciudadanos a quienes les
encantaría recibir, aunque fuera a estas alturas de su mandato, parte de esas
explicaciones que sistemáticamente se ha negado a dar y que de este modo, no podría eludir,
acuciado por sus tres contrincantes.
Ha de quedar claro, que todas las acciones tienen un precio y
que el descarado desplante de Rajoy, su reiterado desprecio hacia los deseos de
la Sociedad que gobierna, su manía de huir cuando las cosas se ponen feas y su
empecinamiento en permanecer al margen de una realidad de la que no podrá, no
obstante, escapar, va a suponer, todos lo esperamos, una enorme pérdida de
votos, el próximo día veinte.
El tiempo, con su innegable tozudez, termina por poner a cada
uno, justamente en el lugar que merece.

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