viernes, 18 de diciembre de 2015

Los peores años de nuestras vidas


Hoy podemos decir que por fin termina el mandato de Mariano Rajoy, que ha constituido sin duda, los que han sido los peores años de nuestras vidas y que se abre un nuevo periodo esperanzador que depende, totalmente, de lo que  los ciudadanos decidamos el domingo en las urnas, aunque todos en general, pensamos que venga lo que venga, ha de ser, necesariamente mejor que lo acontecido en este negro periodo de nuestra historia.
La búsqueda de caminos distintos que logren sacarnos de la oscuridad en la que nos han sumergido las agresivas políticas de recortes económicos y sociales que ha impuesto este gobierno, ha propiciado fundamentalmente, que los ciudadanos hayan dado un paso adelante, ante la inexistencia de vías legales por las que conseguir apear del poder a los que obtuvieron una mayoría absoluta en las elecciones  y que hayan fabricado, con esfuerzo y perseverancia, un modo distinto de hacer política, que ha revolucionado por completo el panorama nacional, apoyándose en la entrada en escena de nuevos Partidos.
Estábamos, a merced de la tiranía del PP, indefensos, agotados, desesperados y  hasta faltos de dignidad, intentando inútilmente ser oídos de alguna manera por nuestros supuestos representantes, incrédulos de que no hubiera algún remedio que solucionase los gravísimos problemas de paro y miseria que nos acarreaban las incontables reformas que aprobaban los consejos de unos ministros tan lejanos de la vida real, que no nos quedaba otro remedio que convertirnos en sumisos corderos o luchar, en las calles de nuestras ciudades, agrupándonos en inmensas mareas que reclamaran la posibilidad de un cambio sustancial en las políticas dictadas al oído por Europa  y que nos devolvieran, a la mayor brevedad posible, el derecho inalienable de volver a sentirnos vivos y de recuperar toda esa alegría que siempre nos caracterizó y que se fue marchando paulatinamente, mientras perdíamos nuestros empleos y nuestras casas, desahuciados por la ferocidad de la Banca y de la Reforma Laboral que propiciaba el despido libre.
Hemos tenido que gestionar nuestros problemas solos, abandonados por los que se consideraban a sí mismos nuestros gobernantes y ver impávidos cómo en la mayoría de los casos, mientras se nos reclamaba austeridad, iba creciendo su implicación en los innumerables casos de corrupción que han esquilmado vilmente las arcas de un Estado, al que todos pertenecemos.
Nos han vapuleado, vilipendiado, rebajado los sueldos, insultados como si fuéramos delincuentes si nos atrevíamos a protestar y desangrado hasta las últimas consecuencias, colocando la situación laboral del país a niveles asiáticos, al mismo tiempo que se nos retiraban cientos de derechos sociales adquiridos, como la Universalidad de la Sanidad y la Educación y nuestros jóvenes se veían obligados a emigrar, si querían ejercer la profesión para la que durante años, se habían preparado.
Han crecido, además del paro y los empleos basura, los comedores sociales, que han ayudado a nuestros niños a paliar los efectos del fantasma del hambre, la tasa de voluntarios ayudando a los dependientes en tareas que hasta entonces habían correspondido a la administración, la violencia de género al desaparecer, casi en su totalidad, las medidas de protección que ayudaban a las mujeres a escapar de sus agresores, las tasas de matriculación en las Universidades y en los asuntos judiciales, los impuestos que pagamos todos los españoles, el número de pensionistas que se han visto obligados a mantener a sus hijos y nietos,  las listas de espera en los Hospitales, la manipulación ideológica en los colegios, los desahucios y fundamentalmente, las tasas de pobreza que colocan a miles de familias españoles en los grupos de riesgo.
Y han bajado el número de médicos, de profesores, de trabajadores sociales, tan necesarios en tiempos de crisis, las tasas de afiliados a la Seguridad social, la natalidad, ante la imposibilidad real de los ciudadanos para mantener a los hijos, la inmigración, que tan bien nos vino como mano de obra barata en los años de bonanza, la bolsa dedicada a pagar las pensiones que han perdido tanto poder adquisitivo, el dinero de las arcas estatales, robado a manos llenas por una cohorte de defraudadores y corruptos con filiación política, las ayudas a los parados de larga duración y a los que sufren por esta causa pobreza energética, el poder adquisitivo de la gente que ha tenido la suerte de conservar el empleo y la desilusión que produce ser conscientes de que no hay esperanza de alcanzar un futuro digno.
La herencia de Rajoy, que tantas veces afeó a Zapatero el legado que le había dejado cuando fue investido Presidente, no ha traído pues, al sufrido pueblo español, más que un vertiginoso descenso hasta el estado del malestar, del que nos va a costar muchísimo trabajo escapar, sobre todo si vuelve a ganar las elecciones y repite como gerente del Gobierno.
Es por tanto fundamental, que todos reflexionemos a solas sobre esta última etapa de nuestras vidas,  que no nos dejemos engañar por el triunfalismo de quiénes buscan permanecer en el poder, intentando convencernos de que se ha terminado la crisis y que cada cual, mire a su alrededor para constatar en qué situación se encuentra, después de los cuatro años de gestión del PP, la gente que le rodea más de cerca y si quiere, continuar en la misma línea de recortes que nos imponen los conservadores o librarse para siempre del yugo de la sumisión, apostando por la esperanza de un cambio que beneficie a las mayorías.
Por ello, sería bueno mantener frescos los recuerdos y no dejar caer en el olvido todos los sufrimientos que nos hemos visto obligados a soportar, sin haber obtenido siquiera, la posibilidad de ser del todo libres para reclamar ser tratados como personas y no como una mercancía con la que pueden negociar, aquellos a quienes solo les importa la marcha de la Macro economía.
La única fuerza que nos queda a los humildes es la de unificar nuestros votos, para apear del poder a los que han convertido estos últimos cuatro años en los peores de nuestras vidas.
Ténganlo presente antes de introducir la papeleta en las urnas. Y sonrían mientras lo hacen, porque todo es posible.


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