El vergonzoso Debate que protagonizaron los líderes de PP y
PSOE ante las cámaras de televisión, confirma la teoría de que ha llegado la
hora de terminar con el bipartidismo y que efectivamente, finaliza un ciclo que
se rompe de la peor manera posible, ofreciendo a los españoles una imagen de
los que han ostentado alternativamente el poder, peor que la de dos verduleras discutiendo, en medio de una plaza.
Insultos, agresiones verbales y reproches, a la vez que
presunciones vanas sobre lo que cada cual había conseguido en el pasado más
reciente, caracterizó el cara a cara entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, en
una noche que se hizo interminable y tediosa para los ciudadanos que decidieron
sentarse ante el televisor y que no podían comprender cómo ninguno de estos dos
personajes pudiera optar a la Presidencia del gobierno.
Mintió Rajoy, reiteradamente, sobre el alcance real de las
medidas impuestas a golpe de Decreto durante su mandato y su adversario, no
supo aprovechar, sin perder la elegancia, el extraordinario momento que se le
ofrecía para rebatir con contundencia y veracidad, todos y cada uno de los
argumentos esgrimidos por la cabeza visible del PP, que en muchas ocasiones le
ofreció, en bandeja de plata, la oportunidad de poder sentenciar el tipo de
política practicado en los últimos cuatro años.
Le faltó a Sánchez, esa cercanía tan evidente en las
intervenciones de los líderes de los Partidos emergentes, el estudio de los
temas tratados y hasta fluidez en la expresión, pues fue incapaz de terminar
una sola frase, como si le pesara en la espalda el contenido de su propia
mochila, infectada también por los casos de corrupción y por el recuerdo de la
última etapa de Zapatero.
Sacó de quicio a Rajoy en varias ocasiones, pero sin el
suficiente empuje que consigue atraer la atención de los futuros votantes y se
perdió en un diálogo caduco, decadente y ñoño, quizá abrumado por su falta
absoluta de experiencia.
Le faltaron pruebas documentales que demostraran todos los
recortes infringidos y le sobró, una especie de soberbia incomprensible en
quién aún no ha ganado ningunas elecciones y que le llevó a un laberinto del
que en ningún momento logró salir, dejando al Partido que representa en un
lugar impensable hace solo unos años.
El otro, el ausente de los debates de verdad, en su
aburridísima línea dialéctica, se limitó a vanagloriarse de su gestión como si
no existieran los cinco millones de parados y el empleo creado por su gobierno
fuera la panacea que cura todos los males ocasionados por la crisis, seguro de
que con un rival así ( quizá por eso sólo ha querido enfrentarse con él), las
elecciones estaban ganadas nuevamente.
Ni una sola mención a las nuevas Formaciones en liza, aunque
los espectadores las echamos de menos durante todo el enfrentamiento, ni
tampoco una profundización real en un temario severamente vapuleado por el
Gobierno saliente, que exigía a gritos, soluciones y no la consabida estrategia
del “Y tú mas”, flotando durante dos horas sobre las cabezas casi huecas de los
debatientes.
Anoche, los españoles enterramos al bipartidismo, más que por
deseo propio, porque la situación nos obligó a añorar la frescura de Iglesias y
Rivera.
Rajoy y Sánchez, eran, ante las cámaras, la imagen grotesca
de dos cadáveres políticos batallando cruentamente por escapar de una tumba,
que han cavado con meticulosidad y cada uno a su manera, durante mucho, mucho
tiempo.
Mencionar al moderador, no merece siquiera la pena. ¡Valiente periodista!

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