martes, 19 de junio de 2012

Periodismo de ayer y de hoy


Se cumplen cuarenta años del caso Watergate, cuya investigación terminó forzando la dimisión del entonces Presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, por su implicación en un asunto de espionaje en la sede del Partido Demócrata, que destaparon dos periodistas del Washington Post, desconocidos hasta ese momento en el medio en el que se desenvolvían.

La prensa de entonces, considerada el cuarto poder por la fuerza de su influencia, era temida y respetada por la clase política, que se sentía vigilada de cerca por la objetividad de unos observadores minuciosos, capaces de llevar hasta las últimas consecuencias una investigación, cayese quien cayese en ella y costase el tiempo que costase.

Pero aquella clase de periodistas intrépidos, incorruptibles y directos, que hacían de sus crónicas auténticas armas cortantes, sin admitir órdenes ni imposiciones de ningún organismo institucional ni opositor, se fue acomodando al ritmo de una vida tranquila y parece haber quedado como algo meramente anecdótico, inexistente en los tiempos que corren, en los que se dedican la mayor parte del tiempo a hacer proselitismo a favor de la tendencia que marca la línea editorial del periódico al que pertenece, o a hacer una reñida oposición contra quienes están en el poder, sin ninguna objetividad en la defensa de sus argumentos.

La prensa se ha subido al carro que le ha ofrecido sutilmente la clase política y se ha desvinculado absolutamente de la persecución de la verdad, como primera norma profesional, para hacer llegar a sus receptores la cruda realidad que les rodea, en aras de una libertad de expresión que ha dejado de existir en ella, convirtiéndola en mera propaganda de tendencias y líderes concretos.

Los periodistas de raza que antes se implicaban en sus investigaciones de una manera personal y altruista, han evolucionado convirtiéndose en meros tertulianos que animan las comparsas de los foros televisivos, hasta el punto de hacer impensable que por su causa se fuerce la retirada de nadie que tenga un mínimo de poder y mucho menos aún, si se trata de un Presidente de Gobierno en activo, como era el caso del que antes se citaba.

Ha muerto la crítica constructiva y la profundización exhaustiva en las historias bajo sospecha y a todos se les nota en exceso de qué corriente provienen y a quién otorgan su voto en los periodos electorales.

La entrega total a los sucesos que se van desarrollando en los países, que en muchos casos sacuden como terremotos el pensamiento de la opinión pública, son a menudo tapados, nin guneados, maquillados y hasta vilmente desmentidos por unos profesionales, cuyas actuaciones denigran los principios fundamentales de su profesión y que los convierte en auténticos títeres en las manos de quienes a cambio les ofrecen una estabilidad en la que trabajar, sin el desasosiego de ser perseguidos por los implicados en las habituales corruptelas con las que convivimos a diario.

La única ventana que podría permanecer abierta para ejercer la libertad sin imposiciones de nadie, podría ser este medio tan criticado y ambivalente por el que asomarse a un mundo que ya no confía en ser informado con integridad desde ninguna otra parte, y menos aún, si hay algún tipo de oficialidad por medio, en la emisión de las noticias.

Y es tal la desconfianza que los ciudadanos demuestran en lo que les brinda la prensa, que cada vez son más los que se suman a esta forma individual de periodismo no remunerado, pero que se ofrece desde una lealtad incontestable al intento de esclarecer cuanto ocurre a nuestro alrededor y a contarlo sin la necesidad de rendir cuentas ante los que detentan el poder o la fama.

Y ya no hablamos de prensa rosa, en la que el material con el que se juega resulta ser verdaderamente intrascendente, sino de datos que afectan gravemente al devenir de los individuos y que a menudo son insidiosamente robados y escondidos para que su trascendencia no vaya más allá de los despachos en los que se trama el futuro del mundo.

Esta maravillosa profesión, que podría haber sido, con la tecnología moderna, una auténtica vanguardia que defendiera el derecho de los pueblos a conocer minuciosamente todo aquello que les atañe, se ha convertido en una alfombra roja sobre la que exhibir a las celebridades del momento, sin más fondo que una dosis de trasnochado glamour, que en nada ayuda a mejorar las condiciones políticas que se muevan dentro de un marco de legalidad y justicia, que son los principios fundamentales necesarios de cualquier sociedad decente.

Al recordar hoy el caso Watergate, muchos nos preguntamos con nostalgia si cabría alguna posibilidad de que aquello volviera a repetirse, e inmediatamente tenemos que contestarnos, visto lo visto, que no.



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