martes, 12 de junio de 2012

Maldita opacidad


Sucumbe bajo una espesa bruma la transparencia que tanto preconizaba el PP y el pueblo español camina sin bastón por la oscuridad de la desinformación que se le ofrece, en todos los temas que son sustanciales para su presente y su futuro, sin derecho a saber lo que ocurre en su propio país, ni a poder expresar libremente sus opiniones más mediáticas.

En esa vorágine de opacidad, el péndulo de la duda oscila sobre la cabeza del juez Divar, al que los conservadores aún apoyan en su versión sobre sus viajes a Marbella, sin que permitan siquiera que se abra una investigación sobre cómo sufragó los gastos originados por estos constantes desplazamientos, ni que se esclarezca si lo hizo a cargo de las cuentas del Estado, ni cuáles fueron las actividades que le llevaron con tanta frecuencia a tan controvertido destino y si tenían o no algo que ver con las estrictas obligaciones de su cargo.

Ahora quiere parecer que podrían cambiar las tornas sobre este asunto y que los reiterados ruegos de la oposición tal vez, sólo tal vez, podrían llegar a ser oídos por los organismos pertinentes.

Claro que desde ayer mismo, somos estrechamente vigilados por una troika europea, que probablemente no se halle en disposición de permitir ciertos desmanes casi rutinarios entre personajes de relevancia, ya que ahora el que podrían dilapidar, es su dinero.

No es que sepamos mucho acerca de estos rescatadores acechantes, ni del rescate en general, pues tampoco en esta cuestión tienen los españoles la suerte de haber sido claramente informados, pero la inteligencia natural de los individuos, que no es poca, suele acabar por descubrir los argumentos, por pocas pistas que de los casos se tengan.

No está la situación para andar creyendo en la palabra de los políticos, y menos aún en la de quien es en el momento actual la cabeza visible que nos representa, en el hipotético caso de que llegue a dignarse a darnos una explicación, que más que merecida es urgente para quienes desean tener una idea real de lo que ocurre, para hacer previsión de futuro, en estos tiempos de continuos recortes.

Pero hablando de política y justicia, el muro con que tropezamos tiene un grosor que no permite siquiera una rendija de luz que ilumine el sendero de la verdad, para poder obrar en consecuencia y las trabas y obstáculos con que nos encontramos son de una envergadura tal, que no queda la menor esperanza ni de que nuestro gobierno nos diga una sola verdad, ni de que nuestros jueces pongan coto a la delincuencia de guante blanco que ha llevado impunemente a la nación a esta situación de ruina.

Es verdad que los medios de comunicación se han convertido en reductos partidistas que bailan al son que se les dicta desde las sedes políticas, pero también es cierto que con la información que se les ofrece, no es posible otra cosa que la especulación y la cábala, ya que la transparencia brilla por su ausencia y la mentira se ha instalado a sus anchas entre nosotros, poniendo en duda nuestro talento y despreciando nuestra capacidad para entender, si se nos explican los temas.

La maldita opacidad es un oscuro manto que todo lo envuelve, mientras debajo de él todo es manipulado para que resulte con una apariencia capaz de convencer a los incautos de que la cosa va relativamente bien, a pesar del desastre.

Temas como los ya tratados, o como también el de Bankia, acabarán por diluirse en el olvido, disfrazados por manos artesanas de “pequeños asuntillos” que no merecen la consideración de ser expuestos.

Y mientras, sigue subiendo la prima de riesgo y el número de desempleados, habrá nuevos recortes y acabaremos por irnos todos al carajo, pero sin llegar a saber ningún dato sobre el rescate, si Dívar prevaricó o no, ni los nombres de los implicados hasta el cuello en la trama de Bankia.

¡Qué maravillosa Ley de Transparencia!



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