De pronto han pasado treinta años y ya no soy la joven revolucionaria que se ponía el mundo por montera y alzaba la voz por encima de los demás para denunciar cuántas acciones injustas se producían a mi alrededor.
El tiempo ha ejercido sobre mí una curiosa moderación que me hace reflexionar mucho más y me ha dado la precaución de investigar un poco, antes de hacerme abogada de causas perdidas.
Un poco de culpa tiene en esto, haberme tenido que ir acostumbrando a que las consecuencias de mis pasos ya no me atañen sólo a mí, sino también a los que forman parte de mi entorno más cercano y cuyo bienestar antepongo, por encima de rabietas personales y conflictos internos.
Y sin embargo, el poso de los ideales permanece intacto. Nada lo ha erosionado ni moldeado. Las canas, las arrugas, el cansancio, ha ido modificando únicamente mi aspecto físico, permitiéndome conservar el tesoro escondido de las creencias y la dignidad de no haber dado un paso atrás en los cimientos que construí para asentar sobre ellos mi vida.
He hecho labor de docencia y construido puentes de unión con mucha de la gente que se cruzó en mi camino, quizá porque la lucha que he procurado mantener a favor de la humanidad estaba ya anclada a sus destinos, aún antes de haber tenido ellos la percepción de formar parte de la idea de que era necesario batallar para alcanzar el bien común.
Esta moderación, que me ayuda a desterrar la virulencia de los extremismos, reconduciéndome hacia posturas mucho más sosegadas desde las que ser capaz al menos, de respetar a los que honestamente piensan de un modo diferente, creo que me ha enriquecido internamente permitiéndome avanzar en un mundo nada fácil de comprender, por su inclinación desmesurada hacia lo material, en detrimento de todo aquello que afecta verdaderamente a una humanidad desconcertada y amedrentada, que mira al futuro con incertidumbre y desasosiego.
Pertenezco a una generación sacrificada que ha conocido la pobreza en todos sus lúgubres aspectos y que ha hecho posible, con su abnegada entrega, iluminar la oscuridad en que se hallaba inmersa, posibilitando a los que llegaron después transitar con comodidad por un sendero menos escabroso. De esto estoy particularmente orgullosa, pues no era fácil cambiar lo que nos rodeaba cuando ni siquiera era posible hacerlo desde la libertad y nuestro único medio de comunicarnos era la profundidad del silencio.
Y sin embargo, he de decir para no faltar a la verdad, que la palabra ha sido precisamente, el vehículo que elegí para responder contundentemente a lo que consideraba injusto y que la vocación de utilizarla como medio de transformación, siempre me ha acompañado a lo largo del tiempo. He llegado hasta aquí con ella como compañera y ella es el aliento que me ayuda a soportar un poco mejor los vertiginosos cambios que se han producido en la tierra, en los últimos cincuenta años.
Mantener la ilusión de que es posible transformar nuestra realidad y despertar pensando que nada somos, sin la inestimable ayuda de los otros, podría definirse como una constante que me acompañará para siempre. La sorpresa de descubrir que no existe la soledad y creer en que la humanidad es, en esencia, valiente y generosa, ayuda a formar parte de ella sin que se produzcan cataclismos internos y permite abrir nuevos frentes desde los que seguir adelante con entusiasmo, sin ser contagiada del pesimismo generalizado que intenta alienar el pensamiento, con la brutalidad del fracaso.
Ayer, hoy y mañana, independientemente del tiempo transcurrido, afrontar la vida con intención de participar activamente en que las cosas sean como las queremos y no como se nos imponen, podría ser la clave de nuestra autenticidad y lo único necesario para ir moldeando los caminos.
Y en este preciso momento, creo firmemente que haber llegado a los sesenta es sólo relativo, porque sigo sabiendo perfectamente lo que no quiero, y esforzándome por conseguir lo que quiero, sin que me pesen los años en el alma, ni se hallan mermado mis fuerzas para combatir con firmeza, sin que me tiemble la voz, mientras que me queden palabras.

No hay comentarios:
Publicar un comentario