domingo, 3 de junio de 2012

No hay crisis en Palacio

Las Monarquías europeas parecen haberse confabulado para hacer evidente su profundo desprecio por una ciudadanía, a la que nunca tuvieron, en verdad, demasiado respeto.
Al vergonzoso incidente protagonizado hace apenas un mes por el rey de España, se une ahora la celebración de los sesenta años de reinado de Isabel II de Inglaterra, a sólo unos días del bautizo de la nieta de los Reyes de Suecia y algún que otro acto social, de los que ahora mismo no consigo acordarme.
No parecen haberse enterado los representantes de la realeza de que el mundo y en especial Europa, se hallan sumidos en una profunda crisis económica, que está llevando a los pueblos a padecer unas condiciones de vida ruinosas, sin que se tenga constancia de que las perspectivas de futuro vayan a cambiar de manera favorable.
Mientras los gobiernos de las Naciones se afanan por hacer recortes que permitan cuadrar los presupuestos, abundando por cierto en los gastos destinados a las prestaciones sociales, esta institución obsoleta, que permanece como un bastión del medioevo, en pleno siglo XXI, alardea inconscientemente de sus riquezas ante los ojos desesperados de los humildes, que se preguntan con cada vez más frecuencia, que interés hay en mantener viva este sistema, que no genera más que gastos a los presupuestos generales del Estado.
Los recortes no llegan desde luego a Palacio, y cada una de las celebraciones organizadas en honor de algún miembro de estas familias de privilegio, escarba en el bolsillo de los contribuyentes, haciendo aún más penoso el camino del sacrificio que se han visto obligados a seguir, forzados por las circunstancias adversas que se han derivado de la crisis de la avaricia.
Y sin embargo, esos mismos políticos que a diario emiten discursos reclamando a los ciudadanos una austeridad casi ascética, callan ignominiosamente ante este tipo de festejos, e incluso acuden a ellos como invitados, otorgando una aprobación tácita a los mismos, a pesar de saber que el precio que se paga por ellos, bien podría ir a parar a subsanar alguno de los múltiples problemas que nos azotan con tanta urgencia.
Pero las carencias sociales quedan relegadas a un segundo plano, cuando se trata de competir con las costumbres de la acomodada realeza y los gobiernos acuden sumisamente a su llamada, como una especie de Corte moderna, cegados por la ampulosidad del glamour y obnubilados por codearse con la nobleza, escapando por un día de su natural condición de plebeyos.
Y no hay pudor en lucir las joyas de la corona, las carrozas de oro, los vestidos de alta costura y las otras prendas que adornan, en cada evento, a las cabezas coronadas y a su prolífera descendencia. El lujo fluye aterrador por encima de la miseria de los “súbditos” , demostrando la absoluta despreocupación que por los problemas de los países tienen estas castas bien instaladas, que no están dispuestas a renunciar a nada, ni a prescindir de las prebendas que les otorgó la vida, por una mera cuestión de nacimiento.
Da igual que peligre la educación de los ciudadanos, la sanidad pública, o que la pesada losa de la deuda nos esté arrastrando hasta un abismo del que no volveremos a salir jamás. Las cuestiones de Estado no impiden el desarrollo normal de los acontecimientos aúlicos, ni ningún político se atreve a poner en entredicho la continuidad de la estirpe.
Condenados a padecer esta plaga parasitaria, los contribuyentes no tienen por menos que preguntarse si existe un techo que frene la irresponsabilidad manifiesta de la realeza. Cansados de sufragar gastos absolutamente superfluos, e indignados hasta la saciedad con la injusticia de no poder prescindir de esta institución, observan meticulosamente los movimientos que se van sucediendo a lo largo del periodo de crisis y se apean, cada vez en mayor número, del club de simpatizantes que toleraban a los monarcas, como una imagen simbólica de un pasado teóricamente muerto.
Y claman por la necesidad de plantearse la supervivencia de este tipo de Estado, en el que no pueden caber a la vez, los sacrificios de las clases trabajadoras y el despilfarro incontrolado de los Reyes.
No tardarán mucho en surgir voces a favor del restablecimiento de la República, que al menos no nos recuerda la terrible desigualdad que padecemos y en la que se puede cambiar al Presidente, si su comportamiento se convierte en una vergüenza nacional, o su política no es la adecuada, a los ojos de los votantes.




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