domingo, 8 de abril de 2012

Una Europa insaciable

Desde que el camino de los ciudadanos y el de la economía eligieron direcciones diametralmente opuestas, los efectos de una crisis, que empezó afectando sólo a los que habían tenido algo que ver con cuanto se relacionaba con la construcción, terminó envolviendo al grueso de los habitantes de los países y haciéndolos depender, desgraciadamente, de los dictámenes que exigían los poderosos.
Este viejo continente, que había sido hasta entonces referente de cultura y libertad para los nuevos mundos, se ha ido transformando paulatinamente, en un ente sin materia corpórea, que aprieta las tuercas a los gobernantes de las naciones, con una voracidad insaciable, que condena inevitablemente a las mayorías, a una situación futura de innegable pobreza.
El servilismo asumido por los políticos de todos los Estados, a favor de unas directrices estrechamente ligadas a un sistema capitalista feroz, va separándolos gradualmente de sus electores y deja en una situación puramente agónica a los regimenes democráticos, convirtiéndolos en esclavos de una nueva forma de dictadura, ejercida más bien, por entidades financieras, que por hombres visibles salidos directamente de las urnas.
En nuestro caso, los errores cometidos por el ejecutivo de Zapartero, que abrió puertas hasta entonces cerradas al intrusismo de las clases poderosas, ha dado paso a una connivencia consentida por el partido conservador en el poder, que en lugar de allanar obstáculos que suavicen la desastrosa subida del desempleo, posibilitando la creación de riqueza, ha dado en seguir al pie de la letra las órdenes de las instituciones mercantiles, estableciendo leyes y recortes, que no hacen otra cosa que empeorar la ya dificilísima existencia de los humildes.
No ha bastado con el endiosamiento ofrecido a la élite empresarial, que pone en sus manos el destino de millones de trabajadores y sus familias, sino que ahora se reclama también un cambio de dirección en los pilares mejor asentados de nuestra sociedad, como son la Educación y la Sanidad pública, consolidadas por años de duro trabajo, para el bien del pueblo.
La colonización encubierta que esta maniobra de una Europa insaciable está ejecutando sobre los sistemas políticos de muchos de sus socios, no deja de ser una conquista de innegables beneficios, para aquellos que en una posición de privilegio, detentan ahora las riendas del poder y que han cambiado la beligerancia ejercida por medio de las armas, por una sutilidad sibilina de guerra psicológica, que acaba por anular a los individuos, con su estrategia del miedo.
El empobrecimiento silencioso y tenaz de las sociedades, acabará por traer una sumisión atroz de las masas a la tiranía impuesta desde las altas esferas económicas, que anulará todo atisbo de dignidad vital, en todos y cada uno de nosotros, generando un tipo de humanidad, claramente dominada por una suerte de carceleros ideológicos, directamente dispuestos a rentabilizar sus métodos de persuasión, en favor de una nueva clase emergente, incorpórea y desconocida, que terminará haciéndose con el poder, sin que nadie conozca los límites de su afán expansionista.
Los grupos de ciudadanos que ya han comprendido lo que está ocurriendo, alzando sus voces en contra de una pérdida absoluta de su libertad y sus derechos, son aún, desgraciadamente, pocos, y en muchos casos, incomprendidos por sus propios compañeros de viaje, que esperan todavía una reacción de aquellos a los que otorgaron su confianza, a través de los votos.
Pero ya ha transcurrido demasiado tiempo y las soluciones que se prometieron durante las campañas electorales no acaban de hacerse realidad, ni se contempla una buena disposición en los elegidos, cuando se trata de cuestiones que puedan beneficiar al grueso de la población, aunque esto suponga abandonar el barco de una comunidad europea, asesina de sus congéneres.
La brutalidad de las medidas requeridas por esta Europa insaciable, hace necesario un despertar colectivo que establezca gruesas barreras, para impedir una degradación total del modo de vida de las mayorías y vuelva a colocar en su sitio a los que se han crecido, arropados por los éxitos conseguidos sobre las naciones del continente.
Porque si la totalidad de los trabajadores se niegan a generar beneficios para otros, directamente sacados de la explotación de los individuos, se rompe la cadena de desenfrenada producción que enriquece a unos cuantos, para que el beneficio de su trabajo sea repartido de una manera justa, entre los que la generan con su esfuerzo.
Para ello, habría que empezar por perder el miedo a quedarse en una indigencia, a la que nos están llevando poco a poco, sin nuestro consentimiento, abducidos por la palabrería de unos supuestos representantes, que carecen de la valentía necesaria para poner freno a una situación de extrema injusticia.
No puede ser más urgente la necesidad de una reacción colectiva, ni ha de hacerse esperar, si queremos salvarnos de un naufragio anunciado, que no tardará en llegar, si permitimos esta dominación absolutamente desfavorable para nuestros intereses.
Ya ni siquiera importa quién convoca las manifestaciones, o si los políticos y sindicalistas las encabezan o no. Las convocatorias sobrevienen ahora, espontáneamente de los individuos y han de ser entendidas como una defensa de la supervivencia general, frente a una aniquilación progresiva de su modo de vida.
Habrá que recordar a los poderosos, que nada son sin la colaboración consentida de los pobres y que el capitalismo, a la postre, precisa del trabajo de todos para ser efectivo.

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