lunes, 2 de abril de 2012

La generación dependiente

La generación mejor preparada de nuestra historia, ve con amargura cómo va transcurriendo su juventud, sin ninguna posibilidad de poner en práctica sus conocimientos, en su propio país, al ser cada vez más altas las tasas de desempleo, que los sitúan, con más de un 50%, a la cabeza de los parados en Europa.
El gran esfuerzo realizado por sus progenitores, que lucharon para que sus hijos pudieran llegar a la Universidad y obtener una formación académica, que acortara las distancias con la de los herederos de las clases pudientes, ha terminado por resultar absolutamente improductivo y condena a salarios de miseria, a los numerosos licenciados y doctores que durante años masificaron las aulas, en lo que constituye un fracaso sin precedentes, para las futuras aspiraciones de esta nación.
El daño que hizo la posibilidad de hacer dinero fácil mientras duró la burbuja inmobiliaria, pone aún en peor situación a los que decidieron abandonar sus estudios para dedicarse a trabajar en la obra, o en cualquiera de los muchos oficios directamente relacionados con ella, dejándolos ahora en una tesitura de difícil resolución, al no estar capacitados, en modo alguno, para ocupar los pocos puestos de trabajo que surgen y mucho menos, para salir al extranjero, donde se les exige una titulación que no tienen, para conseguir un contrato.
El hecho de que más de la mitad de nuestros jóvenes se encuentre sin opciones laborales, forzando a sus progenitores a un esfuerzo adicional para su manutención, cuando han llegado o están al borde del retiro, complica infinitamente el incierto futuro que nos aguarda y propicia un clima de descontento generalizado, casi incompatible con las reformas impuestas por el Gobierno Rajoy, que no auguran, precisamente, un mañana prometedor, ni a los padres ni a los hijos, dada la facilidad que se ha otorgado a los empresarios para el despido y la pobreza de salarios que se prevé, para los empleos de nueva creación.
Si en estos momentos se realizara una encuesta en el país, para averiguar el número exacto de titulados universitarios que se encuentran subempleados, o desempeñando funciones que nada tienen que ver con la profesión que eligieron, la nefasta perspectiva que aparecería ante nuestros ojos, podría quizá dar un enfoque diferente a esta crisis, moviendo a una gran parte de ciudadanos que aún conserva la ingenuidad de pensar que las cosas marchan mucho mejor, de lo que, realmente, se les dice.
Ingenieros, arquitectos, abogados, y toda una suerte de brillantes expedientes académicos, van sobreviviendo como dependientes de grandes superficies o supermercados, con sueldos que no llegan a ser, siquiera, mileuristas, y sin el menor atisbo de encontrar algo que, relacionado con su currículo personal, les coloque en una posición de vida digna, a pesar de haber invertido para intentarlo, un buen montante económico, destinado a ampliar sus conocimientos y toda una vida de sacrificio, propio y familiar, para ser estrellas en cualquier país del mundo, con posibilidades reales de trabajo.
Y aún así, una gran cantidad de ellos parece resignada a su suerte y asume una actitud conformista, claramente propiciada por los que propagan la idea de que estar empleado en estos momentos, es un tesoro por el que estar agradecido.
Pero la realidad, es que infinidad de cerebros locales están siendo desperdiciados en labores ínfimas, cuando podrían estar produciendo riqueza para la Nación, si se aprovecharan las posibilidades reales que cada uno de ellos tendría, colocado en el puesto que corresponde a su nivel intelectual, y no derivado a sectores directamente relacionados con el consumo, con los que nada tienen que ver, ni en nivel, ni en merecimientos.
Si llegan a transcurrir muchos años, sin que se solucione este gravísimo problema, España habrá perdido la mejor oportunidad de su historia de colocarse a la vanguardia mundial de la ciencia, la técnica, y otras áreas punteras para su propio desarrollo y habrá tirado por la borda toda la inversión que los gobiernos anteriores hicieron para conseguir equiparar a nuestros jóvenes, con los de otras naciones más afortunadas, que ya consiguieron un sitio de privilegio en el mundo, siempre alentados por sus compatriotas, y no relegados al silencio.
La iniciativa de los empleos de cuatrocientos euros que propone para los menores de treinta años el ejecutivo del Partido Popular, incide peligrosamente en terminar de enterrar a nuestros universitarios en una vorágine inaceptable de precariedad laboral, que nunca les permitirá aspirar a un futuro digno y deja abierta una puerta que lleva directamente a una situación permanente de dependencia, a esta juventud tan desperdiciada, a la que espera un destino tan triste.
Por ellos, que son parte de todos nosotros y que tienen derecho a desarrollar sus habilidades, del mismo modo en que lo pretendimos tener nosotros, es preciso entender como intolerable, cualquier medida que coarte la posibilidad de un futuro mejor.
Eso, se lo debemos los padres a los hijos y nuestros gobernantes nos lo deben a todos, desde el momento en que dependen de nuestros votos para ocupar el sitio que ocupan, aunque parece que se les ha olvidado quién los colocó donde están y cuál es su primera obligación con el pueblo, es decir, hacer lo mejor para las mayorías, de las que viven.


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